Destellos jacarandas

Destellos jacarandas

Las disputas deportivas germinan pasiones: encontradas o amalgamadas. Quizás, el escenario que más disfruto es justamente eso: observar los destellos que iluminan la unión fraternal entre personas de dos o más naciones. Que conjuren, más allá de sus diferencias, la sinfonía de coincidencias y cercanías que es el cántico de una amistad transfronteriza.

Los torneos deportivos, como esta justa futbolera, tienen también un saldo positivo: superar el fulgor de la competitividad para reforzar los lazos, visibles, históricos, detallados y etéreos que unen a dos naciones. Verdadera diplomacia popular. Gestos de cordialidad que permanecen en el tiempo. Germinados y cosechados desde la espontánea animosidad compartida.

Después del triunfo de la selección japonesa en la ciudad de Monterrey y el desembocado apoyo de la afición mexicana por la escuadra nipona, los lazos que existen entre estas dos naciones se reavivaron: solidaridad deportiva observada en otras competencias volvió a coronar a nuestra historia fraternal común.

Muchos destellos son los que ilustran la amistad entre esas dos naciones: desde los pequeños detalles que adornan hasta la congruencia valiente que inspira. Por ejemplo, cada primavera, año con año nuestras calles se pintan de jacarandas. Destellos purpúreos que iluminan nuestra ciudad y que forjan la fisionomía urbana gracias a la sagacidad de Tatsugoro Matsumoto.

Cuando se quiso conmemorar la amistad México-Japón con una plétora de árboles de cerezo, fue la aguda visión botánica de Matsumoto la que propuso al presidente Álvaro Obregón sustituir los cerezos por jacarandas.

Desde entonces los tiempos de jacarandas son el lienzo lila que conmemora la amistad entre dos naciones, y quiero pensar que son también un homenaje silencioso y vistoso a la valentía y congruencia de Kumaichi Horiguchi, diplomático japonés, que en la decena trágica de 1913 en México, mostrara al mundo el rostro de una diplomacia valiente y heroica.

Ante el recrudecimiento de los combates en la capital, más de treinta integrantes de la familia del presidente Madero -incluyendo a los padres, hermanas y sobrinos del mandatario- buscaron refugio en la sede diplomática japonesa. Demostrando una gran generosidad y apegándose al principio de honor de no abandonar a quien busca auxilio, Horiguchi les cedió sus propias habitaciones privadas y las de sus hijos para garantizar su resguardo y comodidad.

El asedio no solo se midió en pólvora, sino en el frío desprecio de un régimen usurpador que buscaba quebrar el espíritu de la legación nipona. Aquel aciago 14 de febrero de 1913, la marea de la traición golpeó las puertas del refugio cuando los fusiles golpistas de Victoriano Huerta rodearon el santuario, exigiendo la entrega de los refugiados mexicanos.

Fue en ese instante de cenizas y metralla cuando Kumaichi Horiguchi esculpió su leyenda: con valor silente cruzó el umbral, envolvió su cuerpo con la seda majestuosa de la bandera del Sol Naciente y, erguido frente a las bocas de los cañones, advirtió que profanar aquel suelo soberano desataría una tempestad de escala internacional.

Al caer la noche, bajo el presagio del asalto, la hermandad de dos mundos forjó un escudo inquebrantable. Cerca de cuarenta hombres de la comunidad japonesa, fundiendo en los compases del viento el frío destello de sus katanas ancestrales con el rigor de los rifles, montaron una mística guardia perimetral en la penumbra. Defensa y valentía que sometieron al salvajismo cruento de Huerta.

En medio de la oscuridad de la Decena Trágica, aquellos hombres custodiaron con su propio aliento el honor del asilo. Generosidad y la valentía japonesa salvó a la familia del presidente Francisco I. Madero del destino que él sufrió. Congruencia y valentía en tiempos de furia, como parte del legado fraternal que une a dos naciones. Congruencia y valentía que mucho enseña en estos tiempos modernos de salvajismo e intolerancia.

POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ 
MINISTRO EN RETIRO DE SCJN

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