¿Dónde quedó el referente?
¿Qué es el referente en la actualidad? ¿Podemos decir que todavía existe un original de algo, lo real? El filósofo francés Jean Baudrillard abordó, en parte, esta cuestión hace algunas décadas en su libro Simulacros y simulación (1981). Pese a su relativa antigüedad frente a la aceleración del presente, el texto conserva su vigencia. La tesis principal del autor es que la sociedad vive en un estado de simulación, pero no en uno como el de Matrix, donde cabe la esperanza de algo más allá de ella, sino en uno en el que la presencia de imágenes, símbolos, datos e información ha tomado el control de nuestra relación con el entorno y deriva en lo que él llama hiperrealidad.
Esta surge cuando lo real se produce mediante simulacros, es decir, a partir de signos que ya no remiten a nada exterior a sí mismos y que no admiten comparación, porque ha desaparecido todo punto de referencia. Todo ello lleva a pensar en la inteligencia artificial generativa, en su uso cada vez más extendido y en el problema del referente. El libro de Baudrillard ya tendrá sus años, pero en este caso resulta útil para esta reflexión.
El papa León XIV publicó este lunes su primera encíclica, titulada Magnifica humanitas, entre cuyos planteamientos figura la preocupación del sumo pontífice por la IA y los riesgos que conlleva, como la falsa objetividad y las relaciones simuladas. En efecto, estos modelos de inteligencia artificial generativa han puesto de relieve la relación del ser humano con la realidad, cuestión que Baudrillard diagnosticaba antes de que existieran ChatGPT o Gemini. ¿Qué trae entonces la IA a esta era de la simulación y el simulacro?
Tal vez, desde la perspectiva del filósofo, la IA sea una añadidura más a estos sistemas de signos que producen lo real sin lo real. Y es que la relación con la IA es una relación simulada, una en la que el producto hecho por ella, sea una imagen o un escrito, sustituye a la realidad de modo que lo que hace la IA se vuelve lo real.
Nuestro entorno está cada vez más poblado de imágenes y textos generados por IA, lo cual conduce a otra cuestión, la del referente. Todavía abrigamos la esperanza de poder identificar qué es IA y qué no lo es, porque existe una supuesta e ilusoria referencia, una diferencia que nos tranquiliza al afirmar que algo es artificial. Ahora bien, ese referente no es una sustancia profunda que escape a la IA; al contrario, es la propia IA.
¿A qué me refiero? Cuando León XIV publicó su encíclica, comenzaron a aparecer medios que afirmaban que el documento se había redactado con IA. Pasaron el texto por detectores, y estos así lo indicaban. El problema es que tales detectores son a su vez IA y operan a partir de patrones que la propia IA genera al entrenarse con datos producidos por humanos. Pero aquello con lo que fue entrenada ya no existe, no en sentido literal, sino en cuanto que ya no opera como referente. La IA es su propio referente, pues si detectamos que algo es IA, es porque ella misma nos ha entrenado para decir lo que es y no es.
Esto, por supuesto, tiene implicaciones sobre su uso y proliferación. La encíclica del papa es una reacción a la IA, un fenómeno que genera preguntas cuyas respuestas no puedo dar por seguras: ¿hasta qué punto seguirá reforzando la hiperrealidad en la que de por sí ya nos encontramos? ¿Todavía podremos aferrarnos a la existencia de lo real cuando este viene dictado por la propia simulación? Sobre la segunda lo veo cada vez más difícil. No dudo que esto podrá sonar pesimista, pero, vaya la ironía, es una realidad que estamos presenciando.
POR IGNACIO ANAYA
COLABORADOR
@IGNACIOMINJ
MAAZ