El ahora o nunca del príncipe heredero de Irán: las masivas protestas contra el régimen de los ayatolás y la disrupción Trump dan alas a los monárquicos
La viuda del último sha de Persia, Farah Pahlavi, nunca ha cicatrizado la herida que les causó a los entonces soberanos iraníes la traición de quien creían un imprescindible aliado, Estados Unidos, y más en concreto su presidente en 1979, Jimmy Carter. El demócrata no sólo dejó caer al rey de reyes, grandilocuente título de quien ostenta la milenaria corona persa, cuando lo consideró un estorbo y facilitó el avance de la revolución islámica de Jomeini. Carter, además, dio trato de paria internacional a Mohamed Reza Pahlavi, sometiéndole a un calvario durante dos años de exilio errante a pesar de su grave estado de salud, y aun a punto estuvo en un momento dado de entregarlo al nuevo régimen de los ayatolás.
Pero, como dice el poema, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. Y, casi medio siglo después, Estados Unidos, o su Administración, en este caso la de Donald Trump, se mantiene como el gran actor global que quita y pone alfiles y reyes. Y el hijo de aquel Pahlavi, el príncipe heredero Reza Ciro, acaricia el sueño que lleva persiguiendo toda su vida, la de ver la caída de la República Islámica y quién sabe sin con ello de nuevo restaurado el Trono del Pavo Real en Teherán, gracias entre otras cosas al apoyo subterráneo que viene prestándole la Casa Blanca y al patrocinio indisimulado de Israel, el otro actor que está echando toda la carne en el asador ante las masivas protestas que se suceden desde finales de diciembre en las principales ciudades iraníes y que, tras la magnitud de las últimas noches, parece estar poniendo en serio aprieto a Jamenei y los suyos.
Si algo está consiguiendo el príncipe Reza Pahlavi, por lo pronto, es capitalizar todo el foco como figura más reconocida internacionalmente de la oposición al régimen de los ayatolás. Engrandecido, además, por el hecho de que en las concentraciones dentro de Irán, desafiando las prohibiciones de los ayatolás, menudean como nunca los símbolos monárquicos -en especial la bandera con el león imperial-, y se escuchan entre los manifestantes, la mayoría jóvenes, cantos que corean consignas como "¡viva el sha!" o "¡Pahlavi regresará!".
Resulta imposible en las actuales circunstancias establecer la verdadera magnitud del apoyo que la Monarquía, y en concreto el príncipe Reza, esté sumando entre los ciudadanos que protestan dentro de Irán, de una extraordinaria heterogeneidad. E incluso está comprobado que algunos vídeos e imágenes que circulan desde hace días en redes en los que se pide la caída de Jamenei y se aboga por el Trono están manipulados. Pero otros muchos sí son reales. E indican que, efectivamente, las consignas monárquicas están sirviendo como pegamento a algunos sectores al frente de la protesta como estandarte de resistencia y de demanda de cambio.
Llamamiento a una huelga general
En este contexto, Reza Pahlavi multiplica los mensajes a sus compatriotas. Ayer mismo, instó a los ciudadanos iraníes a mantener las protestas a lo largo de todo el fin de semana, tras las masivas concentraciones del jueves y el viernes, a la vez que pidió a los trabajadores que se sumen a una huelga general para aumentar la presión sobre las autoridades a las que considera ilegítimas. También aseguró que está preparando ya su regreso al país para cuando las condiciones lo permitan.
Medios estadounidenses sobre todo están redoblando la cobertura sobre cada paso del príncipe heredero persa. Y, por ejemplo, The Wall Street Journal destacaba su liderazgo ante la deriva de los acontecimientos. "Desde el exilio, el hijo del sha convocó a los iraníes a manifestarse contra el régimen el jueves y el viernes. Si se hubieran sumado pocas personas, el señor Pahlavi habría quedado expuesto como otro hablador más desde un lugar seguro en el extranjero. Pero el pueblo iraní respondió a su llamamiento", se podía leer en el influyente medio, atribuyendo al príncipe un gran protagonismo que ayuda a moldear un relato muy del gusto de, como mínimo, varios de los más estrechos colaboradores de Trump.
Reza Pahlavi, de 65 años, reside desde hace décadas en un suburbio acomodado de Washington. Su sangre azul le ha otorgado siempre cierto protagonismo mediático, si bien nunca ha contado con un respaldo suficiente entre la oposición iraní en el exilio, aquejada entre otras cosas de una división tan profunda que hasta ahora no representaba desafío alguno para el Gobierno de los mulás en Teherán. El príncipe sigue siendo percibido con gran recelo por amplios sectores de la diáspora que le identifican con el peor recuerdo del reinado del sha -la prohibición de los partidos políticos en 1975 y la fortísima represión de la denostada policía secreta de la Corona, el temible Savak-.
Pero todo ha cambiado en la geopolítica mundial con el tsunami Trump, y, en concreto, la reconfiguración de Oriente Próximo es una realidad. Desde la caída del sha en 1979, nunca había estado tan debilitado el régimen de los ayatolás como ahora. La guerra de los 12 días con Israel del año pasado, culminada con los ataques de EEUU a las icónicas plantas nucleares iraníes, dejó a la República Islámica muy tocada. Y el malestar de la población ha rebosado todos los límites ante el agotamiento de un fracasado modelo económico y durísimas sanciones internacionales que han hecho que se desplome como nunca la moneda nacional, el rial iraní, mientras la hiperinflación general alcanzó en diciembre hasta el 42,2%, sumiendo a los iraníes en la desesperanza más absoluta.
Tras las masivas protestas dentro de Irán por la muerte en 2022 de la joven Mahsa Amini -la joven detenida y torturada brutalmente por la policía religiosa islámica por no usar su hiyab correctamente-, los monárquicos que respaldan en el exterior a Reza Pahlavi se acercaron a grupos de la oposición de centroizquierda con fuerte presencia en países europeos como Francia para crear la llamada Alianza para la democracia y la libertad en Irán (ADFI), una coalición que publicó la Carta Mahsa a modo de hoja de ruta para una transición hacia una democracia laica en Irán. Aquel proyecto fallido contó con el respaldo de figuras públicas tan reconocidas como la Premio Nobel Shirin Ebadi, abogada iraní que ha dedicado toda su vida a la lucha por los derechos humanos y la democracia en su patria. Ebadi lamentaba en fechas recientes que se habló de "coalición" demasiado pronto, pero insistía en que "sin unidad en las filas de la oposición, nunca se podrá derrocar a la República islámica".
Paso adelante del Heredero
Y ya con Trump de nuevo en la Casa Blanca, el pasado febrero, durante la Cumbre de Derechos Humanos y Democracia celebrada en Ginebra, Reza Pahlavi ofreció un discurso en el que proclamó que daba "un paso adelante para liderar el movimiento de transición" hacia la democracia en su patria, instando a la comunidad internacional, y en especial a los miembros del G-20, a actuar y a aplicar la "máxima presión" sobre Teherán.
El pretendiente al Trono de Teherán tiene estrechos lazos con grupos políticos conservadores israelíes, que se potenciaron en abril de 2023 durante la histórica visita que realizó a Jerusalén. Recibido con los máximos honores por las autoridades del Estado hebreo, se consideró su estancia en el país como un ejemplo de lo buenas que podrían volver a ser las relaciones entre Irán e Israel si se restaurara la milenaria Monarquía persa. Pahlavi incluso quiso orar ante el Muro de las Lamentaciones, recordando cómo hace 2.500 años el rey Ciro el Grande liberó al pueblo judío de su cautiverio y le ayudó a construir su Templo más sagrado. Y mantuvo encuentros al máximo nivel, entre otros con un solícito primer ministro Benjamin Netanyahu, que le trató como si ya fuera rey en ejercicio.
Medios israelíes como Haaretz y otras fuentes internacionales han publicado en los últimos meses informaciones sobre campañas de propaganda digital a gran escala para promover la restauración de la Monarquía en Irán, financiadas directamente por Israel. Las campañas de influencia en las redes con incesante bombardeo de mensajes en idioma persa han ido unidas a cuentas falsas en redes como X o Instagram y a la difusión muchas veces de vídeos e imágenes manipulados, que también habrían contribuido a reposicionar la figura de Reza Pahlavi. Algunas voces consideran que, sin embargo, todo ello ayuda al régimen de Jamenei en su narrativa de que EEUU e Israel quieren convertir a Irán en una Monarquía títere a su servicio.
Estos últimos días, en la guerra de lo simbólico, la plataforma X, de Elon Musk, ha actualizado el emoji de la bandera de Irán para reemplazar el diseño oficial actual de la República Islámica por el histórico símbolo del León y el Sol. El León y el Sol es un emblema antiguo de Persia, utilizado bajo la Monarquía, hasta 1979.
La cercanía a Israel o el hecho de que no condenara los ataques de EEUU cuestionan su hipotético papel en una era nueva. Pahlavi se defiende al asegurar que su propósito es que los iraníes adopten una Constitución que garantice la integridad territorial de Irán, una democracia secular y la consagración de "todos los principios de los derechos humanos", incluida la protección contra la discriminación por motivos de sexualidad, religión u origen étnico. Y se cuida de abogar abiertamente por la restauración monárquica. Él se ofrece como una figura preparada para encabezar una transición en el enorme país centroasiático, con un plan democratizador para los primeros 100 días tras el hipotético descabezamiento de los ayatolás que ya ha presentado a sus seguidores, y siempre subraya que el futuro sistema en un Irán libre y democrático sólo pueden decidirlo los iraníes.
Interlocución privilegiada con Marco Rubio
El príncipe tiene una interlocución privilegiada con figuras tan prominentes de la Administración republicana como el secretario de Estado, Marco Rubio. Siempre ha tenido hilo directo con la élite política, empresarial y mediática de EEUU. Pero en los últimos años, en especial desde el anterior mandato de Trump, han florecido organizaciones como Iranian Americans for Liberty, dedicadas a hacer lobby a favor de un cambio de estrategia hacia Irán y en defensa del establecimiento de una Monarquía constitucional. Esta y otra plataforma están, además, muy bien relacionadas con partidos conservadores israelíes. Fundadores de grupos como Iran Revival -todos de la misma ideología- han realizado donaciones en las últimas campañas a candidatos republicanos, tal como airearon en su momento los medios estadounidenses, y el mismo príncipe Reza apoyó a algún aspirante del partido de Trump como Joe Kaufman mientras recababa apoyos para el Congreso.
Pero para Pahlavi constituyó una enorme decepción el inesperado giro de guion de Trump cuando, tras la Operación Martillo de EEUU contra instalaciones fundamentales del régimen iraní, sorprendió con su disposición a reanudar un diálogo interpuesto con Teherán para alcanzar un acuerdo nuclear. El príncipe se mostró radicalmente en contra de que la Casa Blanca recuperara los cauces diplomáticos en su relación con Teherán y lo vio como una nueva estratagema de los mulás para ganar tiempo y recuperar fuerzas cuando más contra las cuerdas se encontraba.
La inmensa mayoría de los casi 92 millones de iraníes que hoy viven en el país han nacido en fechas posteriores a la caída de la Monarquía -casi la mitad de la población tiene, de hecho, menos de 35 años-. La opinión generalizada sobre la institución ha estado siempre muy condicionada por la ferocidad con la que todos los altavoces de la República islámica hablan del reinado del sha. Y, dado que la censura y el férreo control de los medios han sido casi ineludibles todas estas décadas, es presumible que buena parte de los iraníes tengan una imagen negativa de los Pahlavi, algo que el propio Donald Trump parece asumir. Así, el viernes, tras elogiar al hijo del sha como "buena persona", el inquilino de la Casa Blanca aseguró que no ve "apropiado" mantener una reunión con él en estos momentos y que cree que es tiempo en el que deben "dejar que todos salgan a ver quién sale", en referencia a las posibles figuras con posibilidades de encabezar una posible transición.
Como puntos fuertes, Pahlavi cuenta con el hecho de que no hay otro líder opositor con tanta visibilidad en medio de la división intestina de grupos antigubernamentales, y en ese clima él se reivindica a sí mismo como una figura representativa para la reconciliación nacional. Y también con el hecho de que la proliferación de canales dirigidos desde la diáspora y que sortean la censura de Teherán ha llevado sobre todo en los últimos años a que muchos ciudadanos se hayan acercado a toda clase de espacios audiovisuales que proyectan una imagen idealizada del pasado monárquico que ha prendido en ciertos sectores. Los mismos que hoy reivindican que la bandera imperial y los Pahlavi son sinónimo de gloria, de una sociedad avanzada y secular y de orgullo nacional, en contraposición con lo que representa el régimen de los mulás. Lo único que está claro es que para Reza Pahlavi es seguramente ahora o nunca.