El día en el que la diplomacia e influencia de China entró en la guerra de Irán
A principios de marzo, más de una semana después de que Estados Unidos e Israel lanzaran sus primeros ataques contra Irán, el enviado especial chino para asuntos de Oriente Próximo, Zhai Jun, arrancó una gira diplomática por los países del Golfo con un objetivo que en Pekín se describía en voz baja y con pragmatismo: contener daños. No se trataba tanto de apagar un incendio bélico como de evitar que las llamas alcanzaran los intereses estratégicos de China en la región, especialmente su dependencia energética y sus rutas comerciales. Fuentes diplomáticas chinas reconocían entonces que la prioridad inmediata era negociar con funcionarios iraníes el paso seguro de petroleros chinos por el Estrecho de Ormuz.
La primera parada de la gira de Zhai, un veterano diplomático de 71 años con carrera como embajador en Libia y Francia, fue Arabia Saudí. Mientras tanto, desde Pekín, el ministro de Exteriores, Wang Yi, desplegaba una intensa diplomacia telefónica con sus homólogos de Irán, Israel, Rusia, Omán y Emiratos Árabes Unidos. El mensaje oficial insistía en el papel de China como potencia responsable y promotora de estabilidad. Pero, en la práctica, el perfil era bajo. Pekín evitaba exponerse en exceso en un conflicto donde su influencia, especialmente sobre Irán, podía convertirse en un arma de doble filo: útil para presionar, pero arriesgada si fracasaba.
Aquel cálculo cambió el 31 de marzo. Ese día aterrizó en Pekín Ishaq Dar, ministro de Asuntos Exteriores de Pakistán, país que había irrumpido por sorpresa como eje central de la mediación entre Teherán y Washington. Todas las conversaciones y negociaciones indirectas estaban pasando por Islamabad, que buscaba una sincronización estratégica con China.
La visita de Dar a Pekín no fue protocolaria. Según algunos observadores, representaba un intento deliberado de Islamabad por evitar quedar encasillado como simple mensajero de Washington. El apoyo chino añadía densidad política a la mediación. Como señalaba la experta en relaciones internacionales Rabia Akhtar, de la Universidad de Lahore, el aval de Pekín aportaba "cobertura política, peso diplomático y una legitimidad asiática más amplia" en un momento en que la guerra alteraba no sólo la seguridad regional, sino también las cadenas de suministro globales.
En aquella visita, Dar y su homólogo chino, Wang Yi, anunciaron una iniciativa conjunta de cinco puntos para poner fin al conflicto. El documento, deliberadamente ambiguo, apelaba al cese inmediato de las hostilidades, la reanudación del diálogo y la reapertura del Estrecho de Ormuz. No contenía compromisos concretos, pero señalaba que Pekín estaba dispuesto a asumir un papel más visible.
La verdadera prueba llegó esta semana. Tras el ultimátum lanzado por Donald Trump a Irán, Pakistán intensificó su ofensiva diplomática trasladando a Teherán que Estados Unidos firmaría una tregua temporal a cambio de la reapertura de Ormuz. En cambio, según han contado funcionarios paquistaníes en las últimas horas, la República Islámica se mantenía reacia a comprometerse con el alto el fuego. En Teherán desconfiaban de Washington y sectores de la Guardia Revolucionaria, la principal fuerza militar, se oponían a negociar. Esta versión choca con la declarada más tarde por el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, quien aseguró que Irán había "suplicado" el alto el fuego.
Durante horas, el primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, y el jefe del ejército, Asim Munir, mantuvieron contactos simultáneos con ambos lados. Por un lado, con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, el vicepresidente, JD Vance, y el enviado especial a la región, Steve Witkoff. Por el otro, con el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, y el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi.
No hubo avances destacados hasta que, al final del día, entró en escena China mediante su representante Zhai Jun. Según cuentan a este periódico fuentes diplomáticas del gigante asiático, tras una reunión en Pekín con el embajador francés Bertrand Lortholary, Zhai, junto con otros altos funcionarios de su país, comenzó a presionar con insistencia a sus colegas de Teherán para que aceptaran un alto el fuego de dos semanas y también la propuesta paquistaní de celebrar las primeras negociaciones presenciales en Islamabad.
"Ha surgido un rayo de esperanza para el alto el fuego y las negociaciones", dijo entonces el líder paquistaní Sharif a su gabinete, según recoge una información en The Guardian. Pekín se había comprometido a actuar como garante de que Estados Unidos aceptara algunos de los 10 puntos propuestos por Irán (que incluyen el levantamiento de todas las sanciones y la liberación de los activos iraníes congelados), además de la seguridad de los representantes iraníes que participarán en unas negociaciones en Islamabad.
Finalmente, Trump anunció el alto el fuego bilateral, reconociendo el papel central de Pakistán en la mediación. Unas horas después, el propio presidente estadounidense metió a China en la ecuación al declarar que creía que Pekín había persuadido a Irán para que negociara.
Esto mismo confirmaron el miércoles funcionarios iraníes al New York Times. El embajador iraní en Pekín, Abdolreza Rahmani Fazli, aseguró también ayer jueves que su país había estado mantenido un diálogo y una cooperación estrecha con países amigos, especialmente con China.
A diferencia de Washington o Islamabad, Pekín podía hablar con Teherán desde una posición de gran influencia económica tangible. Desde la imposición de sanciones internacionales, China se ha convertido en el principal sostén económico de la República Islámica, absorbiendo aproximadamente el 90% de sus exportaciones de petróleo. A ello se suma el acuerdo de cooperación firmado en 2021, con una duración de 25 años, que incluye inversiones en sectores clave como infraestructuras, energía y telecomunicaciones. En plena guerra, ese entramado estaba en riesgo.
Durante semanas, analistas internacionales han subrayado la paradoja del régimen de Xi Jinping. Un conflicto prolongado debilitaba a Washington en un momento sensible, pero también ponía en riesgo el suministro energético de China. Al final, la respuesta de Pekín ha sido pragmática: intervenir discretamente.