Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses
“Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses.” La frase, atribuida a John Foster Dulles —Secretario de Estado de Eisenhower y hermano de Allen Welsh Dulles, fundador de la CIA—, sintetiza con precisión quirúrgica la lógica que ha guiado la política imperial estadounidense a lo largo de su historia. Recordarla hoy no es un ejercicio retórico: es una necesidad para evitar confusiones respecto al verdadero contenido de nuestra relación con Washington.
La política norteamericana contemporánea despliega múltiples frentes en el mundo, pero su motor central es inequívoco: contener el ascenso de China y preservar su hegemonía militar, comercial y económica en medio de una guerra estratégica que redefine el orden global.
En la reciente cumbre entre el dragón chino y el tío Sam, Xi Jinping recurrió a Tucídides, quien advertía que entre una potencia dominante y otra emergente el desenlace natural es la guerra, evocando el conflicto entre Esparta y Atenas. La cita no fue casual: encierra una advertencia y, al mismo tiempo, la insinuación de un eventual reparto del poder mundial, como el que se pactó en Yalta al término de la Segunda Guerra Mundial entre Stalin, Roosevelt y Churchill.
No nos confundamos: el presidente Trump no pretende mejorar ni la democracia mexicana ni la política social distributiva; le interesa continuar con un dominio económico aprovechando nuestros vastos y ricos recursos naturales. El ejemplo más claro de esta actitud es su relación con Venezuela, donde dejó intacta a la misma clase política a cambio del petróleo. Parecía que el desarrollo de la globalización había equilibrado y disminuido la tensión entre nuestros dos países. Sin embargo, la política cambió, y en este mundo nuevo la globalización neoliberal parece haber fracasado y, en cambio, surge una estrategia de regionalización que, si la sabemos aprovechar, puede ser beneficiosa para nuestra futura prosperidad y crecimiento económico.
Dentro del país, la polarización se ha agudizado con el caso penal que involucra la solicitud de extradición del gobernador con licencia Rocha Moya y sus nueve coacusados. La entrega voluntaria de dos exfuncionarios clave del gobierno de Sinaloa ha tensado aún más el escenario.
La presidenta Sheinbaum debe recuperar la serenidad y evitar convertir en casus belli la defensa de quienes probablemente sí hayan tenido vínculos con el cártel de Sinaloa. Es momento de mantener la cabeza fría, la misma que le permitió construir una comunicación eficaz con el presidente Trump.
Los objetivos de ambos mandatarios están ligados a la conservación del poder: en Estados Unidos, del Partido Republicano; en México, de Morena. Pero la política de Estado exige una visión más amplia, anclada en la historia y en el destino nacional. Por ello, hacia adentro, la presidenta debe convocar a la unidad, respetando las diferencias con críticos y opositores; hacia afuera, debe defender con firmeza, integridad y patriotismo al país que representa.
A nadie beneficia el escenario de confusión y desorientación que surge cuando se exacerban tensiones internas alimentadas por odios irracionales. Existen valores fundamentales y denominadores comunes que deben llevarnos a pensar en México, en su grandeza y en su destino.
POR ALFREDO RÍOS CAMARENA
CATEDRÁTICO DE DERECHO EN LA UNAM
MAAZ