Europa se rearma ante la duda de Estados Unidos

Europa se rearma ante la duda de Estados Unidos

Europa está entrando en una nueva fase estratégica y Alemania actúa como su principal termómetro. La reciente introducción de mecanismos formales para registrar estancias prolongadas en el extranjero de ciudadanos en edad militar no es un ajuste técnico, sino una señal política clara. Berlín empieza a abandonar el modelo de posguerra basado en externalizar la seguridad y confiar en la interdependencia económica como garante de estabilidad.

Durante décadas, Alemania encarnó una anomalía funcional: una potencia económica que delegaba su defensa. Bajo el paraguas de la OTAN y el liderazgo de Estados Unidos, se consolidó como “potencia civil”, donde el comercio sustituía a la coerción. Ese paradigma no sólo definió a Alemania, sino que estructuró a la Unión Europea. Hoy no ha desaparecido, pero sí está siendo erosionado con rapidez.

La guerra en Ucrania no sólo reconfiguró el mapa de seguridad europeo, también desmontó una premisa central de la globalización: que la interdependencia económica podía neutralizar la geopolítica. Alemania fue el caso más claro de esa apuesta fallida. Su dependencia energética de Rusia no fue una anomalía, sino la expresión coherente de un modelo que asumía que la racionalidad económica prevalecería en un entorno regido por el poder.

En este contexto, las medidas actuales no buscan restringir libertades, sino recuperar capacidades. La trazabilidad del capital humano, saber dónde están los ciudadanos en edad militar, no implica movilización inmediata, pero sí preserva una capacidad creíble de respuesta. Se trata de una forma de disuasión integrada en la normalidad democrática. Europa no regresa al pasado; está incorporando la seguridad como dimensión estructural sin recurrir, por ahora, a coerción visible.

Alemania no está sola. Polonia acelera su rearme, los países bálticos operan en alerta permanente y Francia explora nuevas fórmulas de servicio nacional. Sin embargo, el factor decisivo ya no se encuentra únicamente en el este de Europa, sino en la creciente incertidumbre sobre la fiabilidad de Estados Unidos como garante último de la seguridad europea.

Esa incertidumbre ha dejado de ser teórica. En los últimos días, Trump ha planteado la posibilidad de que Estados Unidos abandone la OTAN, en medio de tensiones con sus aliados por la guerra con Irán. Aunque no existe una decisión formal, el sólo planteamiento introduce una duda estratégica de fondo, la garantía de seguridad transatlántica deja de percibirse como automática.

Y en geopolítica, la duda es suficiente. No es necesario abandonar formalmente una alianza para debilitarla, basta con convertir el compromiso en condicional. Cuando la seguridad deja de ser un supuesto estable, la respuesta lógica es reforzar capacidades propias. Eso es exactamente lo que empieza a hacer Europa.

El continente no está sustituyendo el paraguas atlántico, pero sí está internalizando el coste de que ese paraguas ya no puede darse por garantizado. Lo que emerge no es una ruptura inmediata, sino una transición silenciosa hacia una mayor autonomía estratégica.

No se trata de un ajuste coyuntural, sino de una reconfiguración estructural. La estabilidad no es permanente, depende de capacidades reales. Alemania lo ha entendido y está actuando en consecuencia. Europa, en definitiva, ya no se define por lo que evitó ser tras la Guerra Fría, sino por lo que necesita convertirse en un mundo más incierto. En esa transformación no sólo se juega su futuro, sino el equilibrio de poder del siglo XXI.

POR MÓNICA LABORDA

Consultora, conferencista y catedrática, Doctora en Relaciones Internacionales e Integración Europea

@molaborda

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