La esperanza desde la lucidez; el mensaje que deja León XIV
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Hace tres semanas, reflexionando sobre Magnifica humanitas, constataba en estas páginas que su interés trascendía el ámbito religioso. El argumento no se agota en la dimensión confesional; es civilizatorio: ¿qué quiere decir defender la dignidad humana en una época en que la persona ya no sólo se enfrenta a las añagazas tradicionales del poder político, económico o militar, sino también a inéditas formas de reducción nacidas de la técnica, el dato o la pertenencia? Pues bien, el discurso pronunciado por León XIV ante las Cortes Generales permite completar aquella reflexión, al plantear la decisiva cuestión del juicio. La encíclica gira en torno a la dignidad humana ante las mutaciones que contemplamos; la intervención en el Congreso añade la interrogación basilar de la vida pública: ¿qué condiciones necesita una sociedad para no extraviar la dignidad entre premura, polarización, técnica y pérdida de discernimiento?
Transitamos tiempos paradójicos. Nunca habíamos acumulado tanto conocimiento, tanto genio tecnológico, tanta información sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Sin embargo, nos resulta especialmente difícil diferenciar lo importante de lo accesorio, lo perdurable de lo efímero, la transformación profunda de la conmoción pasajera. Sabemos más, pero nos guiamos peor. Y la paradoja atraviesa el núcleo de las inquietudes contemporáneas. La inteligencia artificial multiplica capacidades cuya magnitud apenas comenzamos a aprehender. La comunicación instantánea acerca los sucesos hasta mudarlos en presencia persistente. La conversación pública se desarrolla bajo una presión constante por reaccionar antes de entender. Disponemos de más instrumentos; no está claro que dispongamos de más criterio.
La Escuela de Salamanca comparece en el alegato de León XIV porque allí, cuando el mundo se ensanchó de golpe, un grupo de pensadores españoles percibieron cómo la ampliación del poder obliga a abordar sus límites; cómo la fuerza no se legitima por su eficacia; cómo el dominio no basta para fundar derecho. El reto no era qué podía hacerse, sino qué debía hacerse. Cinco siglos después, la misma pregunta regresa al adelantarse la capacidad humana a la conciencia moral que la contiene. El nuevo mundo ya no asoma al otro lado de los océanos. Se descubre en los laboratorios, en las minas de datos, en la IA, en la biotecnología y en las infraestructuras digitales que organizan nuestra existencia.
En 2018, en su seminal artículo How the Enlightenment Ends publicado en The Atlantic, Henry Kissinger escribió que la Ilustración había partido de intuiciones filosóficas, posteriormente difundidas por tecnologías rompedoras. Nuestra era, advertía, parece recorrer el camino inverso; ha producido una tecnología potencialmente avasalladora que sigue buscando una filosofía capaz de encauzarla. La observación conserva plena vigencia; el conocimiento no alcanza a orientar los fines. Hemos extendido nuestro poder de acción más deprisa de lo que hemos aprendido a estructurar su significado. La técnica responde con creciente precisión al desafío de cómo hacer las cosas. Resulta menos útil cuando trata de encajar para qué hacerlas. Esa distancia entre capacidad y sentido no es sólo tecnológica. Es política, cultural y moral.
La sobreabundancia de información tampoco implica mayor asimilación. La velocidad de comunicación no garantiza discernimiento. La disponibilidad permanente de datos puede incluso dificultar la aptitud para jerarquizar, establecer prioridades, deslindar lo que merece atención inmediata de aquello que determina el fondo de los acontecimientos. Una sociedad puede gozar de información exhaustiva y comprender poco. Puede estar conectada a cada crisis y carecer de una idea clara de su lugar en el conjunto.
El discurso ante el Parlamento debe leerse, pues, como apelación al discernimiento; a cultivar la facultad de distinguir cuando el exceso de información, la proliferación técnica y el ruido público amenazan con embotar el entendimiento; a reconocer los límites y resistir la tentación de identificar capacidad con legitimidad, poder con razón e innovación con progreso. Una sociedad precisa más que procedimientos, datos o instrumentos para gobernarse. Precisa juicio.
Desde esta perspectiva cobra especial relieve la llamada de León XIV a "desarmar el lenguaje". Podría parecer una exhortación menor en medio de guerras, migraciones, crisis institucional y rearme. No lo es. El lenguaje no es un adorno de la convivencia, es una de sus condiciones. Las palabras ordenan la realidad o la deforman; crean ámbitos de encuentro o los clausuran; permiten el desacuerdo o lo convierten en enemiga radical.
La advertencia importa a España. Nuestra esfera pública se ha acostumbrado a una aspereza que muchos confunden con firmeza. Pero la firmeza no exige desprecio. La discrepancia no requiere humillación. Una democracia no necesita unanimidad, pero sí confianza en que la palabra todavía puede servir para algo más que herir, excitar o movilizar. Cuando el lenguaje público degenera, no sólo se empobrece el tono, se empobrece también la inteligencia política.
En ello reside una de las valiosas aportaciones del papa Prevost en su visita a España. No brindó una respuesta cerrada a los desafíos de nuestro tiempo, sino una exhortación a recuperar las condiciones del juicio en un colectivo que parece haber perdido confianza en él. Ninguna sociedad puede sostenerse sin una idea del hombre y sin una palabra pública que abra espacio al discernimiento. Cuando una comunidad deja de separar información y conocimiento, capacidad y sabiduría, poder y legitimidad, corre el albur de extraviarse. Puede innovar sin orientarse, legislar sin preguntarse suficientemente por lo que protege, transmitir sin comprender, reaccionar sin juzgar.
Y es ahí donde surge la esperanza.
No como optimismo blando ni como refugio sentimental frente a un mundo incierto. Tampoco como una invitación a ignorar los riesgos que nos rodean. La esperanza que predica León XIV nace de una lucidez sin concesiones al engaño. Primero viene el reconocimiento de la realidad: una época de transformaciones profundas, tensiones geopolíticas crecientes, corrupción de la palabra pública y evoluciones tecnológicas que alteran la trama misma de la vida social y política. Después viene el juicio: la capacidad de ordenar esas transformaciones, comprender sus implicaciones y distinguir entre lo que fortalece la condición humana y lo que la degrada.
Así, la esperanza, lejos de ser una alternativa a la lucidez, es la forma que ésta adopta cuando se niega a convertirse en resignación. No suaviza la realidad; la torna habitable porque la mira sin abdicar. No promete que el mundo vaya a ordenarse por sí solo; exige que nos preguntemos qué ha de custodiarse cuando todo cambia demasiado deprisa.
León XIV ha dejado en Madrid también un mensaje político: una sociedad conserva futuro cuando sabe distinguir entre lo que puede hacer y lo que debe preservar.