La privacidad mental está en juego con el avance de los chips cerebrales, según José M. Muñoz, del Observatorio de Gobernanza de la Neurotecnología

La privacidad mental está en juego con el avance de los chips cerebrales, según José M. Muñoz, del Observatorio de Gobernanza de la Neurotecnología

La neurotecnología es un campo científico en plena expansión. Cálculos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) señalan que, entre 2013 y 2023, la inversión pública en este ámbito superó los 6,000 millones de dólares, mientras que la inversión privada alcanzó los 7,300 millones. Este impulso se tradujo en un aumento de 35 veces en las publicaciones científicas sobre neurociencia entre 2000 y 2021, así como en un crecimiento de 20 veces en las innovaciones registradas entre 2000 y 2020, de acuerdo con el número de patentes.

En sus inicios, las aplicaciones derivadas de la neurotecnología se diseñaron principalmente para atender necesidades clínicas, un sector que, por su naturaleza, debe cumplir estrictas normas y regulaciones. No obstante, estos sistemas se integran cada vez con mayor frecuencia en la vida cotidiana mediante su incorporación en dispositivos de consumo, como wearables o gafas inteligentes, orientados a optimizar funciones cognitivas o ejecutar aplicaciones capaces de medir variables como el estrés y la calidad del sueño.


Ilustración de un cerebro con chips y circuitos.
Adiós smartwatches: los wearables de nueva generación leen tu cerebro

Los relojes inteligentes son cool, pero ¿has pensado en la neurotecnología para llevarla puesta?


La ampliación de usos prácticos implica tantas oportunidades como riesgos. En entrevista con WIRED en Español, José Manuel Muñoz, director de Neurotecnología en el Centro Internacional de Neurociencia y Ética (CINET) de la Fundación Tatiana, explicó que, aunque esta disciplina tiene potencial para optimizar actividades en ámbitos como el trabajo, la educación, el ocio, la productividad, el transporte e incluso el sector militar, también conlleva amenazas importantes ante la ausencia de regulaciones claras y específicas fuera del entorno sanitario.

Todavía no está muy claro cómo regular la neurotecnología en prácticas más cotidianas. No existen mecanismos definidos para su control. Durante años hemos hablado de principios éticos y neuroderechos, pero ahora el reto es diseñar herramientas concretas de gobernanza que permitan llevar esos principios a la práctica”, precisó.

En este contexto, Muñoz sostiene que el gran valor del Observatorio de Gobernanza de la Neurotecnología (INEGOV) radica precisamente en atender ese vacío. Se trata de un proyecto con sede en Madrid y respaldado por el CINET cuyo objetivo es analizar tendencias regulatorias, identificar riesgos, detectar oportunidades y contribuir al desarrollo de marcos normativos frente al acelerado avance de las tecnologías de interfaz cerebro-computadora a escala global.

La iniciativa busca reunir dos o tres veces por año a los principales actores con capacidad de influir en el diseño de esquemas de gobernanza en torno a este sector emergente. “Pueden participar desde instituciones internacionales, representantes de la industria, científicos y miembros de la academia, hasta editores de revistas, pacientes y responsables de políticas públicas”, detalló Muñoz, también director de este organismo.

Según el especialista, cada encuentro abordará una temática concreta vinculada con la regulación de estas herramientas, con el propósito de elaborar documentos de consenso que funcionen como marcos orientativos. La meta es desarrollar mecanismos de gobernanza que permitan a los distintos actores tomar decisiones informadas desde una perspectiva multidisciplinaria.

Muñoz considera que estos espacios de diálogo y las propuestas que de ellos se desprendan son fundamentales para mitigar los posibles riesgos derivados de la expansión de la neurotecnología. A su juicio, la mayor amenaza está relacionada con el uso indebido de los llamados “neurodatos”.

“Los neurodatos constituyen información extremadamente sensible y cada vez hay más estudios que demuestran que pueden ser reidentificables, incluso cuando se anonimizan los datos de las personas propietarias”, explicó. Añadió que esta información neuronal puede revelar mecanismos inconscientes no controlados por el paciente o el usuario, lo que abre la puerta a usos no autorizados. “Es decir, puedo consentir que mis neurodatos se utilicen con un fin específico, pero podrían emplearse posteriormente para otro propósito que desconozco”, advirtió.

Las dos caras de los neurodatos

El experto ilustró este riesgo con ejemplos en entornos cotidianos. En el ámbito laboral, diversas empresas ya utilizan cascos con electrodos de electroencefalografía (EEG) para medir niveles de fatiga, productividad y posibles riesgos de salud mental, como el síndrome de burnout o la depresión entre sus empleados.

Aunque Muñoz reconoce que estas herramientas podrían mejorar de forma significativa la salud ocupacional al facilitar intervenciones preventivas y optimizar el desempeño tanto del trabajador como de la organización, también advierte que los datos cerebrales podrían emplearse para discriminar, justificar despidos sin consentimiento o terminar en manos de aseguradoras, lo que plantea serios desafíos a la privacidad mental.