Los ayatolás mantienen su capacidad de fuego sobre el Estrecho de Ormuz
El volcán geopolítico en el que se ha convertido el Estrecho de Ormuz emite señales preocupantes. Irán, dueño de la llave de paso del petróleo, no piensa soltarla. Tras dos semanas de bombardeos inmisericordes por parte de Israel y Estados Unidos, ha sufrido enormes bajas en su ejército, su armada y su aviación, pero mantiene sus capacidades para seguir lanzando misiles balísticos y drones sobre el Golfo Pérsico. Aunque su número ha bajado desde los primeros días, una decisión lógica teniendo en cuenta que esta guerra puede durar más de lo esperado, sus proyectiles siguen alcanzando Israel, Bahrein, Qatar, Abu Dhabi, Kuwait, Omán o Dubai a diario, con 836 misiles balísticos y 2,568 drones en dos semanas.
Teherán incluso se ha permitido estrenar un nuevo ingenio no visto hasta ahora, el misil balístico Sejil, con 2.000 kilómetros de rango, 23 toneladas de peso y 20 metros de largo. Ayer lo lanzaron sobre Israel.
Mientras el mundo mira este lunes la apertura de los mercados, en el contexto de la mayor restricción de crudo desde la crisis del petróleo de 1973, tanto Washington como el resto de países occidentales buscan una solución al cierre forzoso de Ormuz, la palanca que el régimen de Irán mantiene para forzar a sus enemigos a aceptar su existencia. De momento, de 150 petroleros que atravesaban esa zona al día hace tan solo tres semanas, se ha pasado a menos de 100 en los últimos siete días, la mayoría vinculados a China o al propio Irán.
Para demostrar su poder, Teherán ha atacado a 16 grandes mercantes y ha prometido seguir haciéndolo con los que intenten la aventura del cruce sin su permiso. Pueden cumplir sus amenazas porque no necesitan demasiado. Los drones Shahed, protagonistas de la guerra de Ucrania, pueden lanzarse desde cualquier lugar sin llamar la atención, incluso desde una simple camioneta y a cientos de kilómetros. Un enjambre de varios drones es muy difícil de detener, pero con uno vale para dejar un petrolero en llamas.
Estados Unidos puede tener tres portaviones en la zona con los cazas más modernos del mundo, pero no puede derribar enjambres de decenas o cientos de esos drones ni destruir todas sus plataformas de lanzamiento. Irán lleva mucho tiempo planeando acciones como esta y preparándose para la nueva guerra de salvas, pero Estados Unidos y sus aliados llevan días improvisando una solución a un problema complejo. Entre las opciones que se barajan, puede estar la escolta de convoyes de petroleros, como se hacía en la Segunda Guerra Mundial desde EEUU hasta Gran Bretaña para eludir a los submarinos alemanes, pero esto no son Uboot sino drones de 20.000 euros manejados a cientos de kilómetros por chicos de 20 años.
Otra opción es el desembarco en las tres islas del Estrecho, Abu Musa, Gran Tunb y Pequeña Tunb, pertenecientes a Emiratos Árabes Unidos pero ocupadas por Irán desde la caída del Sha. Irán mantiene instalaciones militares, radares y posiciones de misiles en estas islas, lo que le permite vigilar y amenazar el tráfico marítimo. Pero toda misión aerotransportada o anfibia conlleva alto riesgo de bajas y una carga de impopularidad.
Pero incluso con escoltas, sería imposible acercarse a los 800 barcos semanales, que es la cifra habitual de paso. Los misiles balísticos iraníes, capaces de alcanzar buques desde cientos de kilómetros de distancia, vuelan a Mach 5 (cinco veces la velocidad del sonido), con lo que las defensas antiaéreas tienen tan solo unos segundos para derribarlos. Irán también está lanzando oleadas de guerra electrónica para confundir la navegación de los barcos, lo que podría provocar un accidente en alta mar.
Ambos planes, el de la escolta o el del desembarco pueden llevar semanas, incluso meses, y su puesta en marcha no garantiza el éxito. Para el profesor Robert A. Pape, el especialista en conflictos de la Universidad de Chicago, "el presidente Donald Trump está intensificando la guerra contra Irán con la creencia de que una mayor fuerza producirá la victoria. La historia sugiere lo contrario. Cuando el estado más fuerte que inició una guerra sigue escalando el conflicto, a menudo cae en lo que yo llamo la 'Trampa de la Escalada'. La fase más peligrosa de la guerra rara vez es el comienzo. Es la fase intermedia, cuando los líderes creen que retroceder sería una señal de debilidad y la escalada se vuelve más fácil que detenerse".
A dos horas en coche del extremo sur del Estrecho de Ormuz, los residentes en el futurista emirato de Dubai disfrutaron ayer de un día sin alertas en sus teléfonos, pero con una sensación que augura que lo peor aún no ha llegado. "Al principio dije que iba a quedarme y que nadie me sacaría de aquí, pero pasan los días y ya no lo tengo tan claro», dice John, un irlandés pelirrojo que se dedica al mundo de los inmuebles. "Nuestra inversión ha caído un 30% en unos días y aún puede desplomarse más", comenta con fatalismo.
En el cielo, la fuerza aérea de Emiratos, casi desconocida hace unos días para el resto del país, es hoy admirada por sus ciudadanos gracias a su trabajo patrullando el cielo 24 horas siete días de la semana a bordo de sus F16. También se escuchan sus helicópteros Apache en vuelo sobre la lujosa marina de la ciudad. El emirato está en alerta por las amenazas de Irán de destruir los puertos, pistas de aterrizaje e instalaciones que ellos consideren relacionadas con EEUU. Es un mensaje muy inquietante.
El estado, en cambio, bracea para ofrecer una imagen de normalidad que no es tal. En este momento, la aerolínea Emirates está recuperando casi el 60% de los vuelos y estima estar al 100% en los próximos días, pero para que esos aviones no lleguen semivacíos debe pasar algo más: que la guerra se acabe. Estados Unidos está presionando a sus aliados europeos a enviar buques a Ormuz para abrir la ruta, pero el enfado de Bruselas es mayúsculo. La Administración Trump, que ningunea a la UE con gozosa frecuencia y que no consultó con ninguna cancillería su operación conjunta con Netanyahu, y la misma que levantó las sanciones al petróleo ruso en alta mar en contra del consenso del G6, pide ahora ayuda a los 27. Los ministros de Asuntos Exteriores europeos se reúnen hoy con una misión naval en la agenda. Se trata de debatir una posible ampliación de la misión naval Aspides al Estrecho.
Por su parte, Israel, que fue el gran promotor de este conflicto contra su gran enemigo iraní, sigue con su agenda de combatir a Hizbulá en el Líbano pero mira con indiferencia lo que sucede en el Golfo, un problema colateral que no es suyo sino de Donald Trump. Hasta la milicia palestina Hamas, en un movimiento inédito, pidió ayer a Irán que dejara de atacar a los emiratos del Golfo, algo impensable a estas alturas.
El analista Shanaka Anslem, especialista en mercados energéticos, asegura que «el flujo de petróleo del estrecho de Ormuz se ha desplomado de 19,5 millones de barriles diarios a 0,5 millones. El mayor punto de estrangulamiento energético del planeta no está cerrado por una armada, sino por una hoja de cálculo. Siete importantes compañías de seguros cancelaron la cobertura de riesgo de guerra para el Golfo Pérsico a partir del 5 de marzo y las primas para la cobertura de viaje restante se dispararon entre un 300% y un 1.000%. Nadie la contrata porque la prima presupone la presencia de minas, y las minas están en el lecho marino. Y sin seguro, ningún barco puede navegar».
Chris Wright, secretario de Energía de los Estados Unidos, quiso calmar a los mercados con un mensaje de calma: "La guerra sólo durará unas semanas más". Pero el mensaje de semanas no suena demasiado tranquilizador. Nadie en esa Administración ha elaborado algo que en ciencia militar se llama «teoría de la victoria», o sea, marco conceptual que explica cómo una guerra puede ganarse: qué condiciones deben cumplirse, qué acciones deben realizarse y qué operaciones obligarán al enemigo a rendirse. Trump ha esgrimido cinco objetivos distintos.