Los muertos de Trump
Los muertos de Donald Trump se miden por miles. No son los de Irán, Venezuela o los narcos ajusticiados en el mar -esos sí lucen bien en el discurso-. Son otros. Más discretos. Más incómodos. Son todas aquellas personas que han muerto -y morirán de aquí a 2030- como consecuencia de la terminación de los apoyos de USAID.
No hacen ruido. No votan. No aparecen en encuestas.
Desde pacientes de cáncer que habrían accedido a ensayos clínicos en busca de una última oportunidad para frenar la enfermedad, hasta comunidades enteras en África que dejarán de recibir lo mínimo indispensable para comer, lo que se recortó no fue presupuesto: fue margen de supervivencia.
Pero tranquilos: el ahorro no fue lo que se prometió. Los recortes no alcanzaron los billones de dólares que juró Elon Musk, ni eliminaron -ni siquiera redujeron- la deuda de Estados Unidos. Eso sí, el costo alguien tenía que pagarlo. Y ya sabemos quién.
La United States Agency for International Development, fundada en 1961, fue durante décadas el brazo humanitario más potente del mundo. En la segunda vuelta de Trump, su desmantelamiento no fue un accidente: fue una decisión. Se canceló cerca del 80% de sus programas y lo que quedó fue absorbido por el Departamento de Estado. Caridad subordinada a geopolítica. Ayuda con condiciones. O no ayuda.
“America First”, le llaman. Una forma elegante de decir: los demás después, si acaso.
Los fallecimientos derivados de estos recortes se miden en millones. La revista The Lancet estima que tan solo el año pasado murieron un millón 776 mil 539 personas a nivel global como consecuencia de estos ajustes. De ellas, 689 mil eran menores de cinco años. Ni siquiera alcanzaron a entender la consigna.
Pero lo verdaderamente inquietante no es el pasado, sino la inercia. Las proyecciones apuntan a más de 2.4 millones de muertes adicionales por año hacia 2030. Más de 14 millones de personas. Más de 4.5 millones de niños. Cifras suficientemente grandes como para volverse abstractas. Ese es, quizá, su mayor problema: que dejan de doler.
En África, el impacto ya no es proyección: es presente. El cese de fondos para programas de VIH/SIDA en 2025 no “ajustó” nada; desató una crisis. La interrupción de tratamientos antirretrovirales en países como Sudáfrica, Uganda, Nigeria, Lesoto, Zambia, Malaui y Kenia está provocando muertes que no tendrían por qué ocurrir.
Décadas de avances, revertidas en nombre de la eficiencia.
Porque cuando se corta el tratamiento, no solo se pierde el medicamento. Se pierde la prevención, la educación, la contención del contagio. Se pierde el sistema completo. Y en ese vacío, regresan las peores prácticas, las creencias más peligrosas, las soluciones desesperadas.
UNAIDS lo ha advertido con claridad: la falta de financiamiento podría provocar hasta 500 mil muertes adicionales solo en Sudáfrica. Pero claro, eso no cotiza en bolsa ni se mide en aprobación presidencial.
En paralelo, Estados Unidos decidió salir de la World Health Organization. Porque si algo estorba en una pandemia global es la coordinación internacional. A eso súmele un secretario de salud que desconfía de las vacunas. La ciencia, al parecer, también es negociable.
Y luego está el medio ambiente. La Environmental Protection Agency avanza en la eliminación de al menos 30 regulaciones clave. Aire más sucio, agua más contaminada, más emisiones. Más enfermedad. Más muertes. Se estima que al menos 30 mil personas podrían morir cada año en Estados Unidos por estas decisiones. Pero esas muertes tampoco votan en bloque.
Falta todavía lo que no se puede medir. Las investigaciones que se quedaron sin fondos. Los tratamientos que no se desarrollaron. Las curas que no llegaron. La innovación que simplemente dejó de ocurrir porque ya no era prioridad.
Las decisiones de Trump no solo se miden en discursos o en votos. Se miden en vidas que se acortan sin hacer ruido, en futuros que nunca se concretan, en oportunidades que se cancelan sin titular.
Los muertos de Trump se cuentan por millones. Y conste: ni siquiera estamos incluyendo a criminales, terroristas o narcotraficantes abatidos por su gobierno. Esos sí le sirven a la narrativa.
Los otros no.
Lo más inquietante es que esta cuenta no es retrospectiva. Es prospectiva. Apenas empieza. Porque si algo ha demostrado este modelo es que la política puede desentenderse de sus consecuencias… pero las consecuencias no se desentienden de la realidad.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
EEZ