David Toscana: Me interesa mucho la dignidad
Años atrás, David Toscana (Monterrey, 1961) leyó la historia de un ejército que fue cegado brutalmente. El dato lo guardó en su cabeza para después, para cuando esa imagen se volviera literatura. Así nació El ejército ciego (Premio Alfaguara, 2026) y arranca en el verano de 1014, después de la batalla de Clidio o Klyuch, cuando el emperador bizantino Basilio II ordenó quitarle los ojos a 14 mil 850 soldados búlgaros prisioneros y dejó a otros 150 tuertos para que condujeran a los demás de vuelta a su patria.
“Leí a un historiador que decía que esto no pertenecía a un historiador, sino a un novelista, eso me tentó un poco más; después averigüé, busqué, pregunté si algún búlgaro ya la había escrito, resultó que no y pensé que iba buscar la novela detrás de ese episodio. Poco a poco la fui descubriendo y vi que no iba a hablar de los 15 mil, sino de unos cuantos y descubrí que no quería hablar de una tragedia que ya estaba hecha y servida; pensé que como escritor no podía echarle más drama a lo que ya era dramático”, dice en entrevista el autor de obras como El último lector y El peso de vivir en la tierra.
Así, dice, el libro se arma con muchas historias y muchas voces porque la historia de los ciegos no estaba escrita y ahí había un marco para crear la propia leyenda de esos hombres, ya no era sólo el relato de la marcha de regreso, también la dispersión del grupo, los recuerdos, las pérdidas y los intentos de sobrevivir a una condición nueva. Y había también una ventana para las experiencias y el sentir, sentir con todo el peso del cuerpo y de la memoria.
“Me atrajo la idea de la experiencia. Nunca sabemos bien quién es el narrador, a veces cuenta el yo, a veces cuenta el nosotros y a veces cuenta él o ellos. Y, al final, el tono tenía que ser el de la leyenda, el relato de los eventos siempre tiene más libertad que el propio evento. Se puede inventar un poco, se puede jugar con lo que estás contando, lo dramático se puede convertir hasta en alegre y hay posibilidad de exagerar un poco, como en todos los relatos”, añade.
Pero no podían existir 15 mil personajes y aparecieron los hombres con oficios arquetípicos de la época como el herrero, el carpintero; pero también aquellos como el maestro sacaojos, encargado de vaciar las cuencas y luego de encajar canicas en los huecos de los soldados cegados; un guerrero lector, el criador de cerdos, el panadero, el ceramista o el copista.
“Los búlgaros no escribieron nada, nada, es muy difícil entrar a la época a través de los búlgaros, pero hay muchos historiadores medievales que escribían del año mil y los alrededores. Los bizantinos son los que escribieron la historia de Bulgaria. Búlgaros no lo escribieron, pero los bizantinos sí. La historia, por tratar de basarse en los hechos, siempre tiene una serie de dificultades, pero, en general, si uno quiere saber lo que está pasando, son mejores los libros que los noticieros”.
En El ejército ciego hay tragedia contada con ironía, con humor negro y, sobre todo, con dignidad porque, dice Toscana, hay en la derrota un poder que no conoce la victoria. “La frase que dice que la historia la escriben los ganadores no es tan certera. Nosotros hemos perdido en México muchas batallas, muchas guerras, y como quiera tenemos nuestra historia, el derrotado la ha escrito, y muchas veces la historia del derrotado tiene un poder grandísimo. Y a mí me interesa mucho la dignidad y aquí hay una dignidad con mucha fuerza, hay un momento donde los personajes empiezan a hablar de su superioridad precisamente porque son ciegos y su palabra toma fuerza”.
PAL