Marc Rodríguez, psicólogo, sobre los llamados 'padres quitanieves': "Intentan apartar del camino de su hijo cualquier dificultad antes incluso de que aparezca"

Marc Rodríguez, psicólogo, sobre los llamados 'padres quitanieves': "Intentan apartar del camino de su hijo cualquier dificultad antes incluso de que aparezca"

Cada vez más padres avanzan por delante de sus hijos intentando que nada duela, que nada falle, que nada les roce. Apartan problemas, corrigen antes de tiempo, negocian por ellos y amortiguan cualquier tropiezo como si el mundo fuera demasiado duro para sus pequeños. Son lo que ya se conoce como 'padres quitanieves'. Tal y como nos explica Marc Rodríguez, psicólogo especialista en Inteligencia Emocional (@rodriemocion), lo hacen con la mejor intención del mundo, pero no son conscientes de la consecuencia: niños que crecen sin entrenar la frustración, sin equivocarse, sin descubrir que pueden sostenerse solos. Sobre todo ello hemos tenido la ocasión de hablar con el experto.

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Marc Rodríguez, psicólogo especialista en inteligencia emocional © Marc Rodríguez
Marc Rodríguez, psicólogo especialista en inteligencia emocional

¿Qué comportamientos definen hoy a un padre o madre “quitanieves”?

Un padre o madre “quitanieves” es aquel que, con toda la buena intención del mundo, intenta apartar del camino de su hijo cualquier dificultad antes incluso de que aparezca. No solo acompaña: se adelanta, resuelve, evita, suaviza, negocia, justifica y elimina obstáculos para que el niño no sufra, no se frustre o no se equivoque.

Lo vemos en situaciones muy cotidianas: hacerle los deberes o corregírselos en exceso para que no entregue algo imperfecto, hablar con el profesor por cualquier nota baja, intervenir inmediatamente si tiene un conflicto con un amigo, evitarle tareas domésticas porque “ya tendrá tiempo”, o no permitir que experimente consecuencias normales, como llegar tarde, olvidarse algo o aburrirse.

La diferencia con acompañar es que aquí el adulto no está al lado del niño para ayudarle a desarrollar recursos, sino delante de él quitándole la vida real de en medio.

¿Por qué crees que este estilo educativo ha aumentado en la última década?

Creo que ha aumentado por una mezcla de factores. Por un lado, hay una mayor conciencia emocional, algo que es positivo. Hoy entendemos mucho mejor que los niños tienen emociones, que hay que escucharles, validarles y no educar desde el miedo o la imposición. El problema aparece cuando confundimos validar una emoción con evitar cualquier malestar.

También influye mucho la presión social. Los padres sienten que tienen que hacerlo todo bien: estimular, proteger, educar, acompañar, estar presentes, no traumatizar, no fallar… Y en ese intento de ser “buenos padres”, a veces acaban haciendo demasiado.

Además, vivimos en una cultura muy orientada a la inmediatez y al rendimiento. Queremos que los niños estén bien rápido, que no sufran, que no suspendan, que no se aburran, que no se queden fuera, que no lo pasen mal. Pero crecer implica precisamente atravesar pequeñas dosis de incomodidad, frustración y error.

Lo vemos en situaciones muy cotidianas: hacerle los deberes o corregírselos en exceso para que no entregue algo imperfecto, hablar con el profesor por cualquier nota baja, intervenir inmediatamente si tiene un conflicto con un amigo...

Marc Rodríguez, psicólogo

¿Cómo afecta a la autonomía y a la tolerancia a la frustración que los padres resuelvan todo antes de que ocurra?

Afecta mucho, porque la autonomía no se aprende escuchando discursos sobre autonomía, se aprende practicándola. Un niño no desarrolla confianza porque le digamos “tú puedes”, sino porque vive experiencias en las que comprueba que puede.

Cuando los padres resuelven todo antes de que ocurra, el mensaje implícito que recibe el niño es: “La vida es demasiado difícil para ti” o “tú solo no vas a poder”. Aunque el padre no lo diga, el niño lo capta.

Y con la frustración pasa algo parecido. Si cada vez que aparece una dificultad alguien la elimina, el niño no entrena su capacidad de esperar, tolerar, equivocarse, buscar alternativas o reparar. Es como si nunca le dejáramos usar un músculo y luego esperáramos que tuviera fuerza.

Un ejemplo muy sencillo: si un niño se olvida la merienda y siempre se la llevamos corriendo al colegio, aprende que olvidarse no tiene consecuencias. Si alguna vez tiene que pasar esa incomodidad, dentro de un marco seguro, aprende algo mucho más valioso: “La próxima vez tengo que prepararme mejor”.

¿Qué consecuencias tiene en la capacidad del niño para manejar emociones difíciles?

La consecuencia principal es que el niño puede crecer con muy poca tolerancia al malestar. Emociones como tristeza, rabia, vergüenza, aburrimiento, decepción o miedo forman parte de la vida. No son fallos del sistema; son parte del sistema.

Si un niño no aprende a atravesarlas acompañado, puede acabar interpretando cualquier emoción incómoda como algo peligroso o insoportable. Y entonces aparecen respuestas como evitar, explotar, bloquearse o depender siempre de otro adulto para regularse.

Desde la inteligencia emocional, no se trata de evitar emociones difíciles, sino de enseñar a reconocerlas, ponerles nombre, entender qué nos quieren decir y decidir qué hacemos con ellas. Un niño que nunca se frustra no es un niño emocionalmente fuerte; es un niño poco entrenado para la vida real.

madre e hija haciendo la cama juntas© Getty Images/PhotoAlto

¿Qué señales muestran que unos padres están “allanando” demasiado el camino?

Una señal bastante clara es cuando el adulto se angustia más que el propio niño ante cualquier dificultad. Por ejemplo, el niño tiene un pequeño problema con un compañero y el padre ya quiere escribir al colegio, llamar a la otra familia o intervenir antes de que el niño haya podido explicar, pensar o intentar resolver.

Otra señal es cuando se evitan sistemáticamente las consecuencias. Si el niño no estudia, pero buscamos excusas; si trata mal a alguien, pero lo justificamos; si se olvida algo, pero siempre lo solucionamos; si se aburre, pero le entretenemos de inmediato… ahí estamos quitando oportunidades de aprendizaje.

También ocurre cuando los padres viven los errores de los hijos como si fueran fracasos propios. Una mala nota, una discusión, un suspenso o una decepción no siempre son señales de alarma. Muchas veces son material educativo de primera calidad.

¿Estamos educando a niños que no toleran equivocarse porque nunca se les permite fallar?

En algunos casos, sí. Y no porque los padres quieran hacer daño, sino precisamente porque quieren evitarlo. Pero el error es una parte fundamental del aprendizaje. Nadie aprende a montar en bicicleta sin tambalearse un poco.

El problema es que hemos convertido el fallo en algo demasiado dramático. A veces parece que equivocarse sea una amenaza a la autoestima del niño, cuando en realidad puede ser una vía para fortalecerla, siempre que el adulto acompañe bien.

Un niño que puede fallar y sigue sintiéndose querido aprende algo muy importante: “Mi valor no depende de hacerlo todo perfecto”. En cambio, un niño al que se le evita todo error puede desarrollar mucho miedo a decepcionar, a probar cosas nuevas o a no estar a la altura.

¿Qué ocurre cuando estos niños llegan a la adolescencia y deben enfrentarse solos a la vida?

La adolescencia es una etapa en la que la vida empieza a pedir más autonomía: decidir, organizarse, tolerar el rechazo, gestionar presión social, asumir consecuencias, resolver conflictos y construir identidad. Si hasta ese momento el adulto ha ido limpiando el camino, el adolescente puede sentirse muy perdido.

A veces vemos adolescentes con muchas capacidades, pero con poca seguridad interna. Les cuesta decidir, se frustran rápido, evitan situaciones nuevas o reaccionan con mucha intensidad cuando algo no sale como esperaban.

También puede aparecer una dependencia excesiva de la opinión de los padres o, al contrario, una rebeldía muy fuerte. Porque el adolescente necesita separarse, pero no siempre tiene herramientas para hacerlo de forma sana.

Es como si de repente les pidiéramos conducir solos, pero durante años no les hubiéramos dejado ni tocar el volante.

Acompañar no significa abandonar. Significa estar cerca, pero no invadir. Es dar la mano cuando hace falta, pero no cargar al niño en brazos todo el camino

Marc Rodríguez, psicólogo

¿En qué tipo de adultos suelen convertirse estos niños?

No me gusta generalizar, porque cada niño tiene su historia y también influyen muchos otros factores. Pero sí podemos ver ciertos patrones. Pueden convertirse en adultos con baja tolerancia a la frustración, dificultad para tomar decisiones, miedo al error o necesidad constante de validación externa.

También pueden tener problemas para asumir responsabilidades. No porque sean incapaces, sino porque han aprendido que cuando algo se complica, alguien suele intervenir.

En el mundo adulto esto se puede traducir en dificultades laborales, problemas para gestionar críticas, relaciones de pareja dependientes o una sensación de inseguridad ante los retos normales de la vida.

El objetivo de la educación no es que los hijos nunca sufran, sino que desarrollen recursos para poder sostenerse cuando la vida inevitablemente les incomode.

¿Dónde está la línea entre acompañar y sobreproteger?

La línea está en preguntarnos: “¿Estoy ayudando a mi hijo a desarrollar recursos o estoy sustituyéndole?”. Acompañar es estar disponible, escuchar, orientar, dar seguridad y ayudarle a pensar. Sobreproteger es hacer por él lo que ya podría empezar a hacer por sí mismo.

Por ejemplo, si un niño tiene un conflicto con un amigo, acompañar sería decir: “Entiendo que te haya dolido. ¿Qué crees que podrías decirle? ¿Quieres que pensemos juntos cómo hacerlo?”. Sobreproteger sería llamar directamente a la otra familia para resolverlo entre adultos sin que el niño participe.

Acompañar no significa abandonar. Significa estar cerca, pero no invadir. Es dar la mano cuando hace falta, pero no cargar al niño en brazos todo el camino.

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¿Qué mensaje te gustaría transmitir a los padres que, sin querer, están actuando como “quitanieves”?

Les diría, primero, que no se culpen. La mayoría de padres que sobreprotegen lo hacen desde el amor, no desde la negligencia. Quieren evitar sufrimiento, y eso es profundamente humano.

Pero también les diría que amar no siempre es facilitar. A veces amar es permitir que el hijo se equivoque en algo pequeño para que no se rompa ante algo grande. Es dejar que se frustre un poco, que espere, que repare, que pida perdón, que vuelva a intentarlo.

Nuestros hijos no necesitan una vida sin obstáculos. Necesitan adultos que les enseñen a caminar con confianza cuando aparecen. Porque al final, educar no es quitarles todos los baches del camino, sino ayudarles a desarrollar piernas fuertes para recorrerlo.