Milena González, psicóloga infantil: "No necesitamos muchas palabras para ayudar a nuestros hijos a reconocer sus emociones, necesitamos presencia y coherencia"
Si hay un tema fundamental en la crianza y la educación de los hijos desde sus cimientos, ese es el de las emociones. Entenderlas, ayudar a los niños a que sepan identificar qué es lo que están sintiendo en cada momento -especialmente en los de mayor intensidad- es clave no solo para su bienestar, pues sienta las bases de una sana salud mental. Sobre ello hemos hablado con la psicóloga infantil Milena González (@unamamapsicologa_ en Instagram), que acaba de publicar el libro ilustrado El emocionario de los Plantánimals (Editorial Sentir).
González explica cómo nombrar las emociones ayuda a los niños a comprenderse, regularse y construir un apego seguro. También indica cuándo empezar a transmitirles esta educación emocional (mucho antes de lo que solemos pensar) y cómo integrar el lenguaje emocional en la vida cotidiana sin convertirlo en una “clase”, sino en una forma de acompañar.
Además, Milena desmonta la idea de que existen emociones “malas” y nos invita a descubrir el talento que esconden incluso aquellas que resultan incómodas, como el miedo, la frustración o la tristeza. Recuerda que cada emoción tiene una función adaptativa y que no consiste en evitar aquellas más ‘desagradables’, sino en aprender a escucharlas.
Cuando un niño no entiende lo que siente, su cuerpo lo expresa generalmente a través de su comportamiento.
¿Por qué es necesario hablar a los niños de las emociones?
Porque las emociones ya están en ellos desde que nacen. No hablar de ellas no hace que desaparezcan; lo único que hace es que las vivan en soledad y sin herramientas. Cuando un niño no entiende lo que siente, su cuerpo lo expresa generalmente a través de su comportamiento: rabietas, bloqueos, irritabilidad, somatizaciones. En cambio, cuando aprende a poner nombre a lo que le siente, empieza a autorregularse a partir del acompañamiento y co-regulación de sus cuidadores.
Suelo decir que nombrar es ordenar. Y ordenar es empezar a darle sentido a lo que nos pasa y sentimos por dentro. Tengamos siempre presente que hablar de emociones no es algo "extra" que hacemos mientras criamos a nuestros hijos o educamos a nuestros alumnos, es prevención en salud mental y es construir un apego seguro.
¿Cómo y cuándo empezar a hacerlo?
Esta es la pregunta que más surge cuando hablamos de infancia y emociones. Y normalmente respondo lo mismo: podemos y conviene hacerlo desde el primer año de vida. Antes incluso de que hablen. ¿a que no esperamos a que nuestros hijos hablen para hablarles?. Lo hacemos mientras los bañamos, cuando los vestimos, al darles de comer. De igual forma podemos hablarles de su mundo emocional en nuestro día a día.
Podemos empezar por ejemplo, poniendo palabras a lo que vemos: "te sientes frustrado porque tu quería seguir jugando en el parque", "Te asustaste cuando el perro se acercó", "sentiste alegría de ver a la tía cuando llegó". No necesitamos muchas palabras para ayudar a nuestros hijos a reconocer sus emociones y familiarizarse con ellas, necesitamos presencia y coherencia. Lo importante no es hacer una "clase de emociones" o apuntarlos a una, sino integrar el lenguaje emocional en su día a día: en el parque, en la cena, después de un conflicto. Las emociones se educan viviéndolas acompañados.
Indicas en el libro que “cada emoción tiene un talento”. ¿Cuál es el talento de las emociones ‘malas’ o desagradables?
Aprendemos que cada emoción está «dotada» de un talento cuando aprendemos a verlas como funcionales y adaptativas en lugar de malas o negativas. Porque no hay emociones malas como tal, hay emociones como mencionas tú, que se sienten desagradables o incómodas. Pero todas tienen la función de ayudarnos a adaptarnos al momento, situación o contexto en el que estamos: el miedo nos mueve a protegernos ante el peligro; el enfado nos impulsa a poner límites: la tristeza nos ayuda a elaborar pérdidas; la frustración nos impulsa a buscar nuevas estrategias; la culpa nos conecta con la necesidad de reparación. Por tanto, el problema no es sentirlas, sino no saber gestionarlas. Cuando entendemos su talento, dejamos de luchar contra ellas y empezamos a escucharlas.
Comienzas El emocionario de los Plantánimals con el aburrimiento. ¿Qué deberían aprender los niños del aburrimiento y acerca de cómo gestionarlo para sacarle todo el potencial que tiene?
Que el aburrimiento no es un enemigo, es un aliado para nuestro aprendizaje. Y en este aspecto, los adultos somos los primeros que deberíamos tener claro esto, ya que también somos los primeros a quienes se nos dificulta tolerar su aburrimiento y el nuestro. Cuando nuestro hijo nos dice "mamá/papá me aburro"; inmediatamente buscamos alguna actividad para intentar distraer eso que sienten. Y olvidamos que el aburrimiento es el espacio donde nace la creatividad. Es el momento en el que el cerebro deja de estar estimulado constantemente y empieza a imaginar.
Hoy muchos niños tienen agendas saturadas o pantallas que llenan cada hueco. Pero necesitamos espacios vacíos para que aparezca el juego simbólico, la iniciativa y la autonomía. Si un niño aprende a atravesar el aburrimiento sin que un adulto o una pantalla lo rescaten inmediatamente, está fortaleciendo su capacidad de autorregulación y creatividad.
Una de las emociones que más duele a los niños es la del rechazo. ¿Cómo ayudarles a hacer frente a esta emoción?
Duele porque los seres humanos tenemos la necesidad profunda de vincularnos; no es un lujo, es biología. Nacemos con esa necesidad grabada en nuestros genes. Por tanto, aunque no hay varitas mágicas para acompañar a nuestros hijos, sí hay algunos puntos que podemos considerar.
Primero, validar esa tristeza, decepción, dolor que siente a raíz del rechazo que ha experimentado. Tengamos presente que el rechazo activa las mismas áreas cerebrales que el dolor físico, por lo que no es "una tontería" lo que les ha pasado, requiere de la misma compasión y cuidado que brindamos cuando tiene una rodilla o cualquier parte de su cuerpo lastimada. Algo más que podemos hacer es ayudarles a separar que su valor no depende de que lo elijan o no: "Que alguien no te elija no significa que no valgas".
Y por último, facilitando espacios para compartir con nuevas amistades, con el objetivo de fortalecer su identidad fuera de esa situación concreta. Un niño con un autoconcepto sólido atraviesa mejor el rechazo porque no basa su valor en una única relación.
Sobre lo que más preocupa sobre esta emoción a los padres: ¿qué hacer para que dejen de sentirse o de ser rechazados?
No podemos evitar que alguna vez sean rechazados o se sientan así. Lo que sí podemos hacer es prepararlos desde antes hablando de situaciones que incluso nosotros mismos hemos vivido y lo que hemos aprendido de dichas situaciones. También es importante fomentar habilidades sociales. En ocasiones los niños viven experiencias de rechazo quizá porque mientras adquieren las habilidades para interactuar con sus amigos, algunos niños imponen sus reglas en los juegos y entonces los niños se alejan, otras veces se les dificulta acercarse para entablar una conversación o entrar a un juego.
Por tanto, nuestro acompañamiento es clave en la adquisición de herramientas sociales. También es importante enseñarles a elegir entornos seguros, fortalecer su autoestima. Y, muy importante, revisar en casa que no estén viviendo microrechazos constantes ya de parte nuestra o por sus hermanos si los tiene (comparaciones, etiquetas, críticas).
También hablas en el libro de muchas emociones agradables, como la simpatía. ¿Se puede fomentar a simpatía o es algo que 'viene de serie'?
Sí, absolutamente. Aunque hay un temperamento de base, como es el caso del rasgo del temperamento llamado "estado de ánimo predominante" que facilitará o no el que nuestros hijos sean simpáticos con los demás. Para entender este rasgo quiero que te imagines una línea horizontal y en un extremo ubiques la tendencia seria/analítica y en la otra la tendencia positiva/curiosidad. Los niños que por temperamento vienen cableados con la tendencia innata de mostrarse curiosos, alegres y en general con lo que llamaríamos un "buen ánimo" pueden tener más facilidad a la hora de mostrarse simpáticos con los demás.
Si, por el contrario, el niño por temperamento tiende a más a relacionarse y reaccionar desde una actitud más seria, analítica e incluso manifestando queja, podría costarle más mostrarse simpático de forma natural en sus relaciones. No obstante, independientemente de nuestro temperamento y el de nuestros hijos, la simpatía se entrena a través del ejemplo. Los niños aprenden viendo cómo tratamos a los demás. También se cultiva trabajando la empatía, es decir enseñarles a mirar al otro, a interpretar señales sociales, a respetar turnos, a reparar si se equivocan.
¿Cómo recomendarías a los padres y a las madres leer y trabajar con sus hijos cada una de las emociones que vienen en tu libro?
Sin prisas. Sin convertirlo en deberes. Es un libro para volver a él muchas veces, como un diccionario emocional. Recomiendo:
- Leer una emoción cuando esté presente en la vida real, pero sobre todo cuando todos se sientan disponibles y dispuestos para aprender. No saques el libro cuando el niño está en plena rabieta para hablarle del enfado o la rabia. Recordemos que para aprender cualquier cosa tenemos que estar receptivos y cuando estamos "secuestrados" por una emoción de defensa como estas no hay apertura para el aprendizaje. Por tanto, dejemos enfriar las emociones y cuando todos nos sintamos listos hablamos de lo que sea necesario abordar.
- Hacer las actividades propuestas por cada emoción. Hay varias actividades, es importante hacerlas al ritmo y gusto del gusto del niño, incluso permitirle modificar la actividad si quiere.
- Conversar más que explicar.
- Compartir también las emociones del adulto.
No es un libro para que el niño cambie, es un libro para que la familia crezca junta.
¿De qué manera podemos desarrollar la inteligencia emocional de los niños en el día a día desde que son pequeños?
Es difícil plasmar en un párrafo algo tan profundo como esto. No obstante, creo que hay tres aspectos o pilares que debemos tener presente:
- Nombrar y legitimar lo que sienten, aunque para nosotros la razón por la que siente esa emoción específica parezca algo nimio.
- Sintonizar con su estado emocional antes de corregir.
- Enseñar estrategias de regulación (respiración, pausa, movimiento, conversación).
Todo esto lo explico en el libro. Pero además algo fundamental es que nosotros, como adultos, debemos trabajar nuestras propias emociones. No podemos enseñar regulación si nosotros nos desregulamos constantemente sin reparar.
Las emociones se educan viviéndolas acompañados.
Cuando hablas de la culpa, dices que “sentir culpa no significa que seas malo; significa que te importa”. ¿Cómo transmitir esta idea a los niños?
Ayudándoles a separar conducta de identidad. Transitar del "eres malo", a "eso que hiciste hizo daño". La "culpa sana" que en realidad es responsabilidad, aparece cuando el niño entiende el impacto de su acción y desea reparar. Si convertimos la culpa en vergüenza y crítica ("por qué eres así"), bloqueamos el aprendizaje. Cuando nuestros hijos se equivocan deben tener la certeza de que han cometido un error, no de que ellos son el error. Podríamos decirles algo como: "Lo que pasó no estuvo bien, pero tú sigues siendo valioso. Vamos a pensar en qué hacer para reparar".
¿Por qué es tan importante ayudarles a afrontar la culpa?
Porque la culpa bien acompañada desarrolla conciencia moral, empatía y responsabilidad. Pero si no se gestiona, si se avergüenza o se critica constantemente al niño cuando comete un error, puede convertirse en autoexigencia extrema, ansiedad o vergüenza crónica. Aprender a pedir perdón, a reparar y a perdonarse a uno mismo es una habilidad emocional clave para la vida adulta.

