Ocho años después
L a oposición mexicana no perdió solamente una elección. Perdió algo mucho más profundo: identidad, claridad y conexión emocional con millones de ciudadanos. Mientras Morena entendió que la política moderna también se construye desde la narrativa, la emoción y la percepción de cercanía, gran parte de la oposición decidió refugiarse en la crítica permanente como única estrategia.
Y ahí comenzó su crisis. Durante años, PAN, PRI y lo que quedó del PRD dejaron de defender ideas claras para perseguir encuestas, tendencias y cálculos electorales. El miedo a asumirse como una oposición de derecha, liberal o conservadora terminó convirtiéndolos en fuerzas ambiguas, incapaces de transmitir convicciones.
En política, cuando nadie entiende qué representas, eventualmente dejas de representar algo. Pero quizás el error más grave fue otro: creer que la ciudadanía quería escuchar enojo las 24 horas del día. La oposición cayó en una lógica donde todo lo que hace el gobierno está mal por definición. Y cuando un actor político es incapaz de reconocer un solo acierto de su adversario, deja de parecer objetivo y comienza a parecer resentido.
Millones de mexicanos pueden estar preocupados por la inseguridad, por el sistema de salud o por la polarización del país. Pero al mismo tiempo, muchos sienten que hubo avances en apoyos sociales, aumento al salario mínimo o visibilidad hacia sectores históricamente ignorados. Negar por completo esa percepción social no acerca votantes; los aleja.
Porque la gente no quiere oposiciones que le digan que todo lo que percibe es falso. Quiere alternativas serias que entiendan la realidad completa. Ahí aparece una ruta distinta: la crítica constructiva. Una oposición capaz de cuestionar con firmeza, pero también de reconocer los aciertos que mantienen al oficialismo con altos niveles de aprobación. Porque cuando todo se critica, incluso aquello que funciona, la oposición deja de parecer objetiva y comienza a parecer incapaz de entender al país que pretende gobernar.
Existen casos interesantes. Damián Zepeda, del PAN, mantiene una postura crítica fuerte frente al gobierno, pero también ha reconocido errores históricos de su propio partido y ha validado algunos aciertos de la administración actual. Eso le permite construir una imagen menos visceral y más seria ante sectores que simpatizan con Morena.
Algo similar ocurre con Laura Ballesteros, de MC, quien desde una agenda urbana y de movilidad ha logrado mantener posiciones críticas sin caer en la descalificación automática. Su tono menos confrontativo permite que votantes cercanos al oficialismo no la rechacen de entrada.
Y en otro estilo, Enrique de la Madrid, con una larga historia priista y hoy desde una trinchera más ciudadana, ha buscado posicionarse desde una visión técnica y moderada, intentando construir credibilidad más allá de la crítica constante. Hoy, además, el tiempo comienza a jugar en contra. Estamos a escasos cien días de que la oposición tenga que empezar a definir qué tipo de perfiles quiere mandar a competir rumbo a la siguiente elección.
De un lado, podrían apostar por candidatos de oposición dura, concentrados en confrontar cada decisión oficial. Del otro, podrían surgir perfiles que intenten conquistar parte del electorado de Morena a través de una crítica más objetiva, más empática y menos emocional.
FUERA DEL GUION: No es menor —y probablemente sea un acierto político— que la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo impulse una nueva reforma electoral para intentar cerrar el paso a la infiltración del crimen organizado en candidaturas y cargos públicos. Es, en muchos sentidos, la externalidad positiva del efecto Rubén Rocha.
También sería suicida para cualquier fuerza política resistirse de entrada a discutirla. Pero igual de grave sería cancelar el debate abierto y negar las aportaciones que la oposición pueda poner sobre la mesa. Una reforma de ese tamaño requiere legitimidad política, no solamente mayoría legislativa
POR RODRIGO JIMÉNEZ SOLOMON
COLABORADOR
@RODRIGOSOLOMON
MAAZ