Olga Albaladejo, psicóloga: "No hablamos de niños 'malcriados', sino de menores que aún no han aprendido a gestionar la frustración porque los adultos han evitado marcar límites"

Olga Albaladejo, psicóloga: "No hablamos de niños 'malcriados', sino de menores que aún no han aprendido a gestionar la frustración porque los adultos han evitado marcar límites"

Hoy en día sigue siendo habitual oír hablar de niños consentidos o niños malcriados. Se trata de niños que, a ojos de personas ajenas al núcleo familiar, se muestran exigentes con sus adultos de referencia, parecen egoístas y da la sensación de que lloran o tienen rabietas por todo. ¿Qué se esconde, en realidad, detrás de este tipo de conductas en niños, ya sean estos pequeños o mayores? Lo aclara Olga Albaladejo Juárez, psicóloga experta en bienestar y salud integrativa (www.olgapsicologaycoach.com), quien manda un mensaje tranquilizador al asegurar que se trata de actitudes que se pueden revertir. Eso sí, es necesario un trabajo y una constancia importante por parte de los progenitores. La psicóloga detalla los pasos a seguir y los aspectos fundamentales a tener en cuenta en este proceso ‘regenerador’ que traerá paz a toda la familia.

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¿Cómo definirías a un niño 'consentido'? ¿Es adecuada esta terminología?

El término “niño consentido” es popular, pero poco preciso. Suele usarse para describir a un niño con baja tolerancia a la frustración, dificultad para aceptar límites y tendencia a exigir la gratificación inmediata de sus deseos.

Sin embargo, “consentido” puede sonar simplista o incluso culpabilizador. La mayoría de las veces no hablamos de niños “malcriados”, sino de menores que aún no han aprendido a gestionar la frustración porque los adultos —por afecto, cansancio o miedo al conflicto— han evitado marcar límites claros y sostenidos. Más que etiquetar al niño, conviene mirar el contexto educativo que lo moldea.

Una educación sin límites, lejos de ayudar al niño a desarrollar su capacidad de decisión, le vuelve inseguro y dificulta que desarrolle habilidades como la resiliencia y la resistencia a la frustración.

Olga Albaladejo, psicóloga

¿Qué patrones de conducta suelen tener estos niños?

Suelen mostrar: escasa tolerancia al “no”, rabietas o reacciones intensas ante la frustración, dificultad para esperar turnos o respetar normas, tendencia a culpar a otros cuando algo no sale como desean y actitudes autoritarias en casa, pero no necesariamente con otros adultos. Es interesante notar que muchos de estos niños se comportan de forma distinta según el entorno. En la escuela, donde las normas son claras y consistentes, pueden adaptarse mejor y esta diferencia revela el valor de la estructura coherente y predecible.

¿Por qué un niño puede llegar a verse como más consentido o más caprichoso? ¿Cuáles son las causas o los factores que suele haber detrás?

Las causas suelen ser múltiples:

-Estilos educativos permisivos o sobreprotectores. Cuando los padres ceden constantemente —por agotamiento o por evitar conflictos— el niño aprende que insistir funciona.

-Miedo a frustrar. Muchas familias han pasado de modelos autoritarios a modelos complacientes. En ese proceso, a veces se confunde proteger con evitar todo malestar.

-Falta de coherencia entre adultos. Si una figura dice “no” y otra revierte la decisión, el niño aprende a negociar hasta lograr lo que quiere.

-Cambios familiares o culpas no resueltas. El exceso de concesiones puede surgir como intento de compensar ausencias, separaciones o falta de tiempo.

-También influyen los factores temperamentales (niños más intensos o impulsivos), pero el temperamento no determina el resultado: lo que marca la diferencia es cómo se acompaña.

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¿Cuáles son las señales más claras de que un niño está siendo excesivamente complacido?

Señales frecuentes son: el niño toma decisiones propias de los adultos, la dinámica familiar gira en torno a evitar su enfado, los padres sienten miedo o agotamiento ante la idea de poner límites, las normas se modifican según el estado de ánimo del menor o no se asumen consecuencias por las conductas. Por ejemplo, si un niño decide cuándo se acuesta toda la familia porque “si no, se enfada”, hay un claro desequilibrio de roles.

Niña consentida© Getty Images

¿Cómo de importante es poner límites a los niños desde que son pequeños?

Es fundamental. Los límites no son castigos: son estructura, y la estructura da seguridad. La psicología del desarrollo nos muestra que los niños necesitan un marco claro para regularse. Sin él, no se sienten más libres, sino desorientados. De hecho, la investigación en estilos parentales lleva décadas señalando que el modelo más saludable no es el autoritario ni el permisivo, sino el democrático: afecto con normas claras y consistentes. Es esa combinación la que favorece la autonomía y la regulación emocional.

Un “no” firme y sereno enseña que no todos los deseos pueden satisfacerse de inmediato. Aprender esto en la infancia protege de frustraciones mayores en la adolescencia y en la vida adulta.

Una educación sin límites, lejos de ayudar al niño a desarrollar su capacidad de decisión, le vuelve inseguro y dificulta que desarrolle habilidades como la resiliencia y la resistencia a la frustración porque la ausencia de estructura no le permite anticipar consecuencias ni construir autorregulación.

Los niños se adaptan cuando el entorno se muestra firme y predecible.

Olga Albaladejo, psicóloga

¿Cómo establecer en casa los límites de manera adecuada para evitar que los hijos desarrollen esa personalidad?

Tres claves básicas:

-Claridad. Pocas normas, pero claras, comprensibles y estables.

-Coherencia. Un límite no debe cambiar según el cansancio o el humor del adulto.

-Calidez. Poner límites no implica frialdad. Se puede validar la emoción sin ceder en la norma: “Entiendo que te enfade, pero hoy no toca”.

También es esencial distinguir entre necesidad y capricho. Las necesidades se atienden; los caprichos se gestionan con acompañamiento emocional.

Una vez que los padres se dan cuenta de que “se les ha ido de las manos”, ¿se puede revertir la situación?

Sí, se puede revertir, aunque requiere constancia y paciencia. Cuando los padres empiezan a poner límites tras años de permisividad, es normal que el comportamiento del niño empeore temporalmente: está probando si la nueva norma se mantiene.

En esta situación es importantísimo:

-Mantener la calma y no entrar en luchas de poder. Tu rol como padre o madre, tu lugar en la casa y en la familia no son discutibles, ni negociables.

-Acordar las normas entre los adultos antes de aplicarlas.

-Establecer consecuencias proporcionales y constantes.

El cambio no es inmediato, pero sí posible. Los niños se adaptan cuando el entorno se muestra firme y predecible y, lo que es más importante, así se sienten más seguros.

Niño consentido© Getty Images

¿Cómo lidiar con esta situación en la adolescencia de los hijos?

En la adolescencia el reto se intensifica porque aflora la búsqueda de identidad y autonomía. Un adolescente sin límites previos puede mostrarse desafiante o tener dificultades para tolerar la frustración. Y en esta etapa ya no hablamos solo de rabietas, sino de conductas que pueden afectar a su entorno social, académico o incluso digital. En esta etapa conviene:

-Negociar algunas normas, pero no todas.

-Diferenciar autonomía de ausencia de reglas.

-Mantener el respeto mutuo como base innegociable.

-Y, sobre todo, no evitar el conflicto: afrontarlo con respeto y presencia fortalece la relación mucho más que el silencio o la cesión constante.

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¿Cuándo es necesario acudir a un psicólogo?

Conviene buscar apoyo profesional cuando:

-El malestar familiar se vuelve constante.

-Aparecen conductas agresivas, físicas o verbales.

-El niño tiene dificultades relevantes en la escuela o con sus iguales.

-Los padres se sienten desbordados o sin recursos.

El trabajo psicológico no se limita al niño: abarca al conjunto familiar. A veces no se trata de “cambiar al menor”, sino de ajustar las dinámicas. Porque educar no es complacer ni imponer; es acompañar con amor, presencia… y límites.

Finalmente hemos de ser conscientes de que, en un mundo en el que hace falta pasar exámenes y tener carnés para casi todo, damos por hecho que ser padre o madre es un talento innato. No lo es, pero podemos aprenderlo. Por eso, acudir al psicólogo en busca de pautas, formarnos y leer son herramientas básicas para el bienestar de nuestros hijos y, por tanto, de nuestro entorno familiar.