Pablo R. Coca, psicólogo, sobre cómo ayudar a los niños a manejar el enfado: "No se trata de hacer un interrogatorio, sino de generar un espacio tranquilo"
Los enfados no solo sirven para salir de una situación indeseada o incómoda. Son una vía de expresión para los niños cuando no tienen otras herramientas de regulación. Por tanto, hay que considerarlos normales en su desarrollo, aunque deben ser acompañados por el adulto sin estigmatizarlos. Un pequeño que se enfada no es un niño problemático, es un niño con emociones.
El niño pisaflores (Ed. Lunwerg) es la primera incursión en la literatura infantil del psicólogo sanitario Pablo R. Coca, conocido en redes sociales como @Occimorons, y con gran éxito en sus publicaciones entre el público adulto. Especializado en terapia familiar, duelo y crisis vitales, el autor ha querido acercarse al universo de los más pequeños tras su experiencia acompañando profesionalmente a niños y familias en momentos de enfado, miedo y cambio. Hemos charlado con él de lo que significan los enfados en el desarrollo infantil y de cuál es el papel esencial del adulto en relación a ellos.
Muchos niños, cuando se enfadan o pierden el control, no solo se desbordan emocionalmente, sino que además pueden sentir culpa o miedo a dejar de ser queridos
Los enfados en la edad infantil no solo nacen de algo que no gusta, también de experiencias como la soledad o el miedo. ¿Cómo podemos identificar lo que hay detrás del enfado de un niño?
Una de las claves es observar el contexto: qué ha pasado antes, si ha habido algún momento de rechazo, cambios en su rutina o situaciones que puedan haberle hecho sentir inseguro o solo. A menudo, el enfado es la punta del iceberg de algo que los peques no han sabido poner en palabras, o en dibujos como a mí me gusta decir. También es útil fijarnos en la intensidad de la reacción. Cuando es desproporcionada para lo que ha ocurrido, quizá haya una acumulación emocional previa.
En este proceso, el papel del adulto es fundamental: poner palabras a lo que el niño todavía no puede nombrar. Frases como “quizá te has sentido solo” o “puede que eso te haya dado miedo” no buscan que el niño se calme enseguida, pero sí validan y le ayudan a poder ir nombrando aquello que le pasa.
Esta es precisamente la idea que he querido plasmar en mi cuento El niño pisaflores. Carlitos no pisa flores porque sí, sino porque siente muchas cosas que no sabe cómo manejar y acaba explotando. A través del encuentro con Flor, empieza a entender que lo que le pasa tiene sentido y, sobre todo, que no tiene que poder solo con ello.
Los enfados son parte del proceso de crecimiento y el objetivo no es eliminarlos, ¿cómo acompañar al niño mientras está enfadado?
Así es. El enfado forma parte del desarrollo emocional y no deberíamos intentar eliminarlo, sino comprenderlo y acompañarlo. Hay un momento en El niño pisaflores que refleja muy bien esta idea: cuando Carlitos le pregunta a Flor si es un niño malo por enfadarse, y ella le responde que no, que es un niño que siente… y que sentir las emociones es algo maravilloso. Esto es clave porque no es raro encontrarme en terapia a pacientes que no saben expresar sus enfados porque algún día los eliminaron de su vida.
El reto no está en que dejen de enfadarse, sino en que, con nuestra ayuda, poco a poco aprendan a manejar ese enfado de una forma más calmada. Y ahí es donde aparece lo difícil: el enfado nos activa, nos incomoda y, muchas veces, nos genera rechazo. Por eso tendemos a querer eliminarlo cuanto antes, lo que hace que acompañar en ese momento sea algo especialmente complejo. Sin embargo, es importante recordar que el niño aún no tiene los recursos para calmarse por sí solo. Está aprendiendo. Y en ese proceso, necesita apoyarse en nuestra calma para poder regularse.
En el cuento hay una frase que resume muy bien esta idea. Flor le dice a Carlitos: “Mi calma te ayuda a encontrar tu calma”. Esa es la clave del acompañamiento emocional. No se trata de controlar su enfado, sino de prestarle nuestra calma mientras aprende a construir la suya.
¿Hay que reflexionar de alguna manera con el niño después del enfado?
Por supuesto. Pero es importante elegir bien el momento. Muchas veces intentamos que el niño razone o reflexione justo cuando está desbordado, y eso suele tener el efecto contrario: aumenta su frustración porque siente que no estamos comprendiendo lo que le pasa.
Cuando el niño vuelve a la calma, es cuando realmente se abre una oportunidad para hablar. No se trata de hacer un interrogatorio, sino de generar un espacio tranquilo donde pueda empezar a entender lo que ha sentido. En muchos casos, ni siquiera sabrá explicar por qué se ha enfadado, y eso también es parte del proceso. Es ahí donde el adulto puede ayudar poniendo palabras a lo que ha podido pasar, pero también es interesante ofrecer otras vías de expresión. El dibujo, por ejemplo, es una herramienta muy valiosa para que los niños puedan expresar emociones que todavía no saben nombrar. Como psicólogo a mí me gusta mucho usar esta vía. En El niño pisaflores, Carlitos encuentra ese espacio seguro en Flor cuando le reconoce que ella también se enfada y se muestra vulnerable.
En el cuento, Flor le recuerda a Carlitos que "quien te quiere te seguirá queriendo aunque te enfades". ¿Cómo hacer saber a tus hijos que su enfado no tiene nada que ver con el amor que sientes hacia ellos?
Esta es una de las ideas más importantes en la infancia y he querido reflejarla en esa doble página del cuento: que el vínculo no se rompe por lo que sienten, ya sea enfado, tristeza, miedo o vergüenza. Muchos niños, cuando se enfadan o pierden el control, no solo se desbordan emocionalmente, sino que además pueden sentir culpa o miedo a dejar de ser queridos.
A veces, sin darnos cuenta, utilizamos frases como “si sigues así, me voy a enfadar contigo” o “ya no te quiero cuando te portas así”. Aunque nacen del propio desborde del adulto, pueden transmitir la idea de que el amor depende de cómo se comporten, y eso genera mucha inseguridad. Por eso, es fundamental que el niño reciba un mensaje claro y repetido: que puede enfadarse, equivocarse o sentirse mal… y que, aun así, seguimos ahí. Pero esto va más allá de las palabras. Nuestra actitud también comunica. Si dejamos de hablarle sin explicación, el mensaje puede resultar confuso o incluso doloroso.
Si como adultos necesitamos un momento para calmarnos, es importante explicitarlo: hacerle saber que nos hemos desbordado, que necesitamos un tiempo, pero que el vínculo sigue intacto. De esta forma, también les enseñamos a gestionar sus propios momentos de intensidad emocional. Y que nos enfademos con nuestros hijos/as, no significa que dejemos de quererlos, significa que nosotros también nos enfadamos.
Cuando se enfadan, los niños se desregulan y necesitan una presencia adulta que les ayude a regularse, pero esto no siempre se da. Si los padres pierden los nervios ante el enfado, ¿cómo reparar esa situación?
Esto es algo que trabajo constantemente con las familias en terapia. Me gusta decir que, como adultos, no podemos pretender no perder los nervios. No lo sabemos todo, hay situaciones complejas, vivimos con prisa, con mucha carga mental… A veces, el contexto no ayuda y acabamos desbordándonos. Por eso, más que buscar hacerlo perfecto, es fundamental aprender a reparar cuando nos equivoquemos.
Reparar implica volver a acercarnos al niño cuando hemos recuperado la calma y poder poner palabras a lo ocurrido. Por ejemplo: “Antes me he enfadado mucho y te he hablado de una forma que no me gusta. Lo siento”. Porque, si no lo hacemos, ¿cómo van a aprender ellos a reparar? Los niños no aprenden solo de lo que les decimos, sino de lo que ven. Si sus adultos de referencia no reparan, difícilmente podrán integrar esa habilidad.
Carlitos se pregunta en el cuento "si no es un niño malo por enfadarse". A menudo, se identifica a los niños más calmados como buenos, y a los que manifiestan muchas emociones como más difíciles o incluso de peor comportamiento. ¿Qué efecto tiene en ellos estas etiquetas?
Esta pregunta es clave. En terapia se ve con mucha claridad cómo estas etiquetas van calando en los niños, especialmente en aquellos que se enfadan más o que expresan sus emociones con mayor intensidad. Incluso puede pasar, como comentaba antes, que el niño deje de enfadarse, no porque aprende a calmarse, sino porque deja de sentir esa emoción con los problemas que eso puede conllevar. Además, esto no solo ocurre en consulta. Estos días he estado en distintas ciudades presentando y firmando el cuento y, mientras dibujaba a Carlitos y lo dedicaba, he escuchado a familias referirse a sus hijos como “es muy difícil”, “tiene mucho carácter” o “siempre la lía”. Y, justo después, veía cómo ese niño o esa niña bajaba la cabeza.
Este es el claro ejemplo de que los niños las escuchan, las sienten y pueden acabar construyendo su identidad a partir de ellas. Empiezan a pensarse como “el problemático”, “el que siempre se enfada” o “el que no tiene remedio”, y eso influye directamente en su autoestima y en su forma de relacionarse. Cuando etiquetamos, dejamos de ver lo que hay detrás de la conducta. Ya no miramos qué le está pasando, sino que damos por hecho que “es así”. Y eso limita mucho la posibilidad de acompañar y de cambio.
En El niño pisaflores, Carlitos se hace precisamente esa pregunta: si es un niño malo por enfadarse. Y ahí es donde es fundamental que los niños entiendan que sentir no nos define como buenos o malos. Sentir es algo maravilloso y que, a veces, necesitamos ayuda para manejar nuestras emociones.
Aunque Flor le propone distintos métodos para calmarse, como la respiración, no siempre da resultado y Carlitos acaba comprobando que contar a sus padres lo que le pasa le ayuda. ¿Cómo pueden ganarse los padres esa confianza y hasta qué punto insistir para que te cuenten lo que les sucede?
Ese es el mensaje final que he querido transmitir con este cuento, que los niños y niñas entiendan que, a veces, lo que les enfada es algo demasiado grande que no pueden manejar ellos solos, por mucho que sepan cómo respirar para volver a la calma. De ahí que ponga en el centro la importancia de pedir ayuda. De la importancia de la corregulación.
La confianza no se construye en el momento en el que les pedimos que nos cuenten qué les pasa, sino mucho antes: en cómo reaccionamos a sus emociones, en si validamos lo que sienten o lo minimizamos, en si sienten que pueden hablar sin miedo a una reprimenda inmediata. El cuento contiene una guía donde hablo de todo esto.
Por eso, más que insistir, es importante estar disponibles. A veces, cuanto más presionamos con preguntas, más se cierran. En cambio, cuando generamos un clima de calma, de escucha y de respeto, es más probable que encuentren su propio momento para hablar.
Y hay algo fundamental: hacerles saber que no tienen que poder solos con lo que sienten. En El niño pisaflores, Carlitos descubre precisamente eso: que hay emociones que necesitan ser compartidas para que se hagan más pequeñitas. Porque pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino un aprendizaje emocional clave que les acompañará toda la vida.





