Qué dice la psicología de las personas que mienten todo el tiempo
Imagina que alguien cercano te cuenta algo y, en ese momento, no dudas. Asientes, sigues la conversación, confías. Solo horas después, ya a solas, aparece una sensación difícil de explicar. No hay una prueba clara, pero algo no termina de encajar. Repasas frases, gestos, silencios, e incluso puede que llegues a interrogar a esa persona sobre un asunto que se te ha quedado rondando la cabeza, o que investigues por tu cuenta.
Esta incomodidad tardía, esa duda que emerge después de mantener algunas conversaciones es más común de lo que pensamos. Sin embargo, el primer instinto humano, antes de corroborar una información recibida, es confiar en el emisor. Así lo señala la psicoterapeuta y autora Alicia Ortiz Ruzafa (@aliciaortiz_psicologa) : "nos cuesta detectar cuándo nos mienten". Y añade que "las personas tenemos una tendencia cognitiva innata que nos lleva a asumir que los demás nos están diciendo la verdad". Es lo que denomina "sesgo de veracidad por defecto".
La confianza gana a la sospecha
Este sesgo, explica la especialista, tiene una función adaptativa. "El cerebro humano busca la eficiencia y por eso prioriza la rapidez y la facilidad a la hora de realizar sus operaciones cognitivas", comenta. Asumir honestidad ahorra energía mental. Por eso, detalla, "prefiere asumir que la mayoría de los mensajes que recibe de otros seres humanos son honestos pues así no tiene que detenerse a analizar minuciosamente la información recibida".
Desde este punto de vista, confiar no es ingenuidad, sino supervivencia social. Como señala, "para el cerebro es menos costoso pasar por alto las mentiras ocasionales que sospechar de todo el mundo". Además, según ella, "es muy útil porque permite que las relaciones interpersonales sean sostenibles, que haya cooperación y confianza mutua". Una base sin la cual viviríamos en alerta constante.
Sin embargo, que tendamos a creer lo que el otro no libera de mentir al resto. De hecho, la experta señala que "somos tremendamente vulnerables al engaño, especialmente si proviene de personas en las que confiamos tales como amigos, parejas, familiares o compañeros de trabajo". En esos casos, la traición no solo es cognitiva, sino emocional, porque rompe una expectativa básica de seguridad.
Cómo te sientes ante las mentiras constantes
Para empezar a detectar el engaño, explica Alicia Ortiz Ruzafa, se necesitan dos cosas. "Debemos hacernos conscientes de que nos pueden engañar y, por otro, la evidencia de la mentira ha de ser muy clara; de lo contrario, nuestra tendencia será la de confiar en la honestidad". Aun así, incluso sin pruebas, el cuerpo suele reaccionar: "Cuando percibimos que alguien nos está mintiendo, algo en el cuerpo se activa, algo no encaja y el cuerpo lo detecta incluso sin tener una prueba clara de ello".
Esa señal de alerta, la alarma en color naranja, aparece porque "la sensación de seguridad básica se quiebra y el cerebro activa respuestas fisiológicas involuntarias relacionadas con el estrés y el miedo", como explica la psicoterapeuta. Es decir, no es una reacción consciente, y puede llegar a manifestarse mediante señales como "aumento de la tensión muscular, aceleración del pulso, inquietud, malestar en el estómago, dificultad para relajarse", enumera la experta.
Desde la biología, tiene sentido. "El sistema nervioso simpático se pone en modo 'lucha-huida'", explica, "liberando adrenalina, cortisol y noradrenalina (todas las hormonas del estrés) pues interpreta la deshonestidad como un peligro real para la integridad personal". El cuerpo actúa como si hubiera una amenaza, aunque sea emocional.
A partir de ahí, cambia también la forma de pensar, y, aunque no queramos, comenzamos a repasar cada palabra en nuestra mente, o incluso, a hiper vigilar en exceso. Lo hacemos mediante patrones tan cotidianos y comunes como "un exhaustivo repaso de las conversaciones, buscando contradicciones que confirmen la mentira", cuenta Alicia Ortiz Ruzafa. Un comportamiento que, sin duda, "conlleva un desgaste físico y emocional para la persona engañada".
Cuando el engaño es repetido, el impacto se acumula, ya que el sistema nervioso simpático no logra desactivarse. A largo plazo, el cuerpo apaga lo que la mente no puede sostener, y, como detalla la especialista en salud mental, esto "puede conllevar problemas cardiovasculares y digestivos, estrés crónico, agotamiento, ansiedad o depresión".
Por qué hay personas que mienten con frecuencia
Pero ¿qué ocurre en quienes mienten constantemente? Aquí, Alicia Ortiz Ruzafa introduce un matiz importante. "La psicología parte de la idea de que mentir es una conducta humana frecuente, adaptativa, crucial en la evolución de la especie humana y que denota habilidades cognitivas avanzadas". Mentir, en sí mismo, no es patológico.
De hecho, como explica la experta, "la mayoría de las personas recurren a pequeñas mentiras en la vida cotidiana". Estas mentiras cumplen funciones concretas: "evita conflictos y castigos, ayuda a salir de situaciones comprometidas, proyecta una imagen más positiva de nosotros mismos", o permite "no hacer daño a alguien en concreto" o "obtener algún tipo de beneficio económico o personal", como detalla Alicia Ortiz Ruzafa.
El problema surge cuando deja de ser algo puntual y se convierte en algo persistente. En esos casos, "suele haber dificultades emocionales de fondo, y puede significar una defensa frente a la vergüenza de sentirse insuficiente". No se trata tanto de engañar al otro como de protegerse a uno mismo y de querer encajar con el resto.
Pero esta no es la única explicación, pues también puede pasar que una persona mienta constantemente porque le resulta "difícil tolerar la propia vulnerabilidad" o reflejar "una falta de integración de la identidad donde la persona funciona desde distintas partes sin coherencia entre ellas". De hecho, en consulta, estas dinámicas suelen ir acompañadas de inseguridad profunda y suele darse en personas con "autoestima frágil y necesidad de proteger la propia imagen", "miedo intenso al rechazo o al conflicto" o "dificultad para asumir errores o responsabilidades".
Aún hay más. Este patrón también es común entre aquellos que buscan constantemente una "validación o admiración" y la "tendencia a evitar el malestar inmediato, aunque eso genere problemas a largo plazo", según explica la psicoterapeuta.
Aunque en manuales como el DSM-5 "la mentira aparece asociada a algunos trastornos de personalidad", Alicia Ortiz Ruzafa subraya que "no toda persona que miente de manera habitual tiene un trastorno". En muchos casos, aclara, "hablamos de estrategias desadaptativas para manejar inseguridad, vergüenza o miedo". Y remarca que "muchas veces, la mentira constante no busca dañar al otro, sino proteger una identidad que la persona siente vulnerable".
Pautas para dejar de mentir constantemente
Si quien miente quiere cambiar, el proceso exige valentía. "Dejar de mentir requiere autoconciencia, coraje y, muy a menudo, ayuda profesional", afirma la psicoterapeuta. El primer paso, explica, es "reconocer que tenemos un patrón de conducta disfuncional sin justificarlo ni minimizarlo". Algo complejo, porque "el autoengaño nos hace no detectar que estamos mintiendo".
Por eso, recomienda empezar con preguntas directas. "¿En qué situaciones siento la necesidad de mentir? ¿Al servicio de qué está la mentira? ¿Para qué estoy mintiendo? ¿Qué intento evitar, proteger o conseguir?". También propone identificar la emoción previa. "Suele ser útil identificar la emoción que aparece justo antes de mentir: miedo al conflicto, vergüenza, inseguridad, necesidad de aprobación".
La experta recuerda que, aunque alivie momentáneamente, "la mentira muchas veces es una forma rápida de reducir ese malestar, pero a medio plazo aumenta la ansiedad y deteriora los vínculos". Frente a eso, enumera estrategias concretas como "encontrar a alguien de confianza a quién poder confesarle cuándo mentimos", "empezar a decir la verdad en situaciones pequeñas" o "aprender a tolerar la incomodidad que genera reconocer un error".
También señala la importancia de "trabajar la autoestima para que no dependa de una imagen idealizada" y "desarrollar habilidades de comunicación asertiva para expresar desacuerdos o límites sin tener que recurrir al engaño". En muchos casos, concluye, es clave "entender qué necesidad profunda está por debajo de la conducta de mentir acudiendo a terapia psicológica".
El objetivo final no es la perfección moral, sino algo más profundo. "Comprender y aceptar que, a medio y largo plazo, mostrarnos imperfectos es menos costoso que vivir con un falso '– Self 'continuamente". Como resume Alicia Ortiz Ruzafa, "dejar de mentir de forma habitual no es solo una cuestión moral, sino un proceso de mayor responsabilidad y autenticidad".









