Alex Añó, el artesano que reinventa el vidrio soplado desde su taller de Sants: "Me interesa que una copa, un vaso o un jarrón tengan carácter propio, que transmitan algo aparte de su función"
El soplador Alejandro Añó Frohlich, más conocido por el nombre de su marca Alex Frosum, lleva años domesticando el fuego y transformado el vidrio de borosilicato en piezas únicas que van más allá de su función. Objetos cotidianos para la casa -como jarrones, vasos o copas- que adoptan llamativos colores y formas hasta convertirse en artículos de coleccionista. Desde su estudio de Sants, en Barcelona, el artista catalán ha hecho del soplete un instrumento para fabricar lujo. Más de tres décadas consagrado a este oficio, sus creaciones han revalorizado una artesanía caída en desuso. Hablamos con él sobre una técnica milenaria que descubrió siendo adolescente y de la que todavía hoy sigue profundamente enamorado.
- ¿Cómo descubriste tu pasión por el vidrio soplado?
Al terminar los estudios me sentía un poco perdido sobre qué camino tomar y empecé a mirar escuelas de arte y oficios. Así es cómo llegué a la Fundación Centro del Vidrio de Barcelona (FCVB). Era un espacio muy libre y creativo y, desde el primer momento, me atrapó. Allí entendí que el vidrio es algo mágico y desconocido para mí. ¡Fue un flechazo inmediato!
- ¿Recuerdas la primera pieza que hiciste?
Sí, recuerdo que experimentábamos con diferentes técnicas y, sobre todo, que en los comienzos dedicaba muchísimos días a perfeccionar una talla. Podíamos pasar meses volcados en la misma, lo que ahora me parece impensable.
- ¿Cuál es actualmente tu proceso de trabajo?
Combino dos ritmos. Por un lado, están los encargos y las pequeñas series que requieren disciplina y repetición; por otro, están los momentos de experimentación abierta, donde busco nuevas formas y juego con el azar. Necesito ese equilibrio entre la rutina que me proporciona cierta estabilidad y la novedad que mantiene viva la curiosidad por la profesión.
- ¿Por qué te decantaste por el soplete en vez de por la caña?
Para poder montar mi propio taller y por la intimidad y el detalle que ofrece. El soplado de caña se suele utilizar para piezas de grandes dimensiones, más monumentales, y la infraestructura que requiere es algo aparatosa, con lo que no es sostenible para un solo artesano.
- ¿Dónde encuentras la inspiración?
Principalmente en la naturaleza: en sus formas orgánicas y en la fragilidad y la fuerza que conviven en ella al mismo tiempo. También en el propio material, que a menudo me sorprende con resultados inesperados.
- ¿Cuáles dirías que son tus señas de identidad?
La búsqueda de un lenguaje contemporáneo a través de objetos utilitarios. Me interesa que una copa, un vaso o un jarrón tengan carácter propio, que transmitan algo aparte de su función. Diría que mis diseños son delicados, elegantes y poéticos, pero siempre con un trasfondo de innovación.
- ¿Por qué tus obras imprimen valor a un hogar o una mesa?
Porque son el resultado de un oficio que requiere tiempo y dedicación. Emocionan porque no son anónimas; llevan detrás la historia del artesano y de una tradición que ha sabido reinventarse, por lo que interactuar con ellas aporta una sensación especial. Su valor reside en cómo pueden transformar un gesto cotidiano, como tomar una copa de vino, en una experiencia distinta. Ese es, para mí, el auténtico lujo.
- ¿Qué nuevos proyectos tienes actualmente entre manos?
Desde 2023 trabajo con la escultora Cécile Ribas a través de Ribas Frosum, una firma que investiga el diálogo entre la cerámica y el vidrio soplado, concibiendo propuestas únicas y escultóricas. Es un proyecto que nos ilusiona mucho y que ya ha tenido reconocimiento en bienales de artesanía.
- ¿Tienes algún sueño por cumplir?
Muchos, por suerte. Me gustaría seguir explorando nuevas colaboraciones y participar en otras bienales y exposiciones y, en los personal, poder crear en un taller rodeado de naturaleza.




