Reinterpreta el paisaje mexicano

Reinterpreta el paisaje mexicano

En el universo de Óscar García Benítez (Cuernavaca, 1991), el paisaje no es únicamente una representación del entorno, “es una puerta, una ventana donde la memoria, la emoción y la imaginación dialogan hasta encontrar un punto de equilibrio entre lo real y lo fantástico”. Ahí, aparece uno de los elementos más distintivos de su obra: una nube que sonríe.

El artista ha construido un lenguaje propio que, aunque profundamente anclado en la tradición del paisaje mexicano, se permite cuestionarlo y expandirlo.

Su obra remite inevitablemente a José María Velasco, pero no desde la cita literal, sino desde una reinterpretación contemporánea que introduce humor, ironía y una sensibilidad emocional cercana.

“El paisaje fue una revelación. El momento ocurrió durante mi etapa universitaria, cuando me encontré de frente con la obra de Velasco en el Museo Nacional de Arte. Aquella experiencia marcó un antes y un después: eran como ventanitas por donde podías meter la mano. Desde entonces, la pintura se convirtió en el medio principal y en un espacio de exploración absoluta”, recuerda.

Aunque formalmente inició su formación como pintor en la preparatoria, la inquietud creativa estuvo presente desde la infancia, donde el dibujo fue, en sus palabras, un refugio frente a otras experiencias menos afortunadas, como los deportes.

Desde entonces, su práctica ha transitado por distintas disciplinas como la música, el diseño, la gráfica y la instalación, aunque siempre con la pintura como eje. “Esa exploración no ha sido gratuita, forma parte de una búsqueda constante por no limitarme, por no quedarme con las ganas. Porque no hay peor intento que el que no se hace”, afirma.

Su trabajo actual, sin embargo, parece haber encontrado una síntesis: las nubes, que, asegura, son formas cambiantes, universales y profundamente humanas que funcionan como símbolo y como puente. “Surgieron en un momento personal complejo, cuando decidí intervenir uno de sus paisajes con una carita sonriente, gesto que transformó la obra y mi relación con ella. Fue un acto de valentía”, recuerda.

El resultado, cuenta, conectó de inmediato con el público. “En ese gesto aparentemente simple se condensa una de mis convicciones más profundas, la pintura como espacio de libertad. Porque ¿qué sentido tiene ser artista si no vas a hacer lo que tú quieras?”, cuestiona.

Para García Benítez, la honestidad creativa es el único camino posible, incluso si eso implica atravesar incertidumbre o largos periodos de duda.

Asimismo, comparte que como muchos artistas de su generación ha enfrentado retos estructurales, la falta de estabilidad económica, la necesidad de alternar distintos trabajos y la constante búsqueda de visibilidad, no obstante, se considera afortunado por poder dedicarse de lleno a la práctica artística sin dejar de lado la docencia y otras vocaciones.

“Mi obra dialoga con el paisaje mexicano desde una perspectiva íntima y contemporánea diferente, quiero que en mis lienzos la naturaleza no solo se contemple, también se sienta, se cuestione y, a veces, sonría”, cuenta.

Recientemente formó parte de la XX Bienal Rufino Tamayo, un suceso que considera clave dentro de su trayectoria, ya que la considera en uno de los circuitos más relevantes del arte contemporáneo en el país.

“Ser seleccionado no solo implica visibilidad, sino también el reconocimiento de un jurado especializado, así como la consolidación de un lenguaje propio capaz de generar nuevas lecturas y conexiones emocionales con el espectador. Este tipo de plataformas fortalece su proyección nacional y te posiciona dentro de una generación que redefine las narrativas del arte contemporáneo mexicano”, concluye.

Por Azaneth Cruz

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