Vivir con ansiedad

Vivir con ansiedad

Susana X (se omitió el nombre real a solicitud de la entrevistada), una académica jubilada de 68 años ha vivido con un trastorno de ansiedad desde niña y su historia refleja las graves consecuencias de la falta de diagnóstico y tratamiento temprano en la salud mental.

“Desde la infancia y hasta la vejez, la ansiedad puede convertirse en una compañera silenciosa y persistente si no se atiende a tiempo”, dice.  

 “Recuerdo que los primeros síntomas aparecieron en la escuela primaria, cuando el malestar físico comenzó a interferir con mi vida cotidiana. Me dolía mucho el estómago y me la pasaba mal… me salía de clases varias veces hasta que me tuvieron que llevar al doctor”, rememoró. 

En aquel entonces, sus padres no dimensionaron lo que ocurría y el pediatra no logró identificar con claridad el origen del problema. Fue hasta la adolescencia cuando recibió una primera aproximación diagnóstica. “Me mandaron con un psicoterapeuta y me dijeron que parecía que lo que tenía era mucha ansiedad”, relata. Sin embargo, el acompañamiento no fue suficiente para erradicar un padecimiento que se volvió crónico.

Ahora, ya jubilada, Galindo explica que la ansiedad sigue presente y se manifiesta principalmente a través del cuerpo. “Los síntomas que me atacan e interfieren con mis actividades diarias son el dolor de estómago, el dolor de piernas”.

Desde hace varios años asiste a psicoterapia de manera constante: “Voy con mi doctora una vez por semana… y me ha ayudado a poner un poquito más de palabras a toda mi somatización y a todas mis fobias”.

Durante su etapa como maestra de primaria, la ansiedad afectó seriamente su desempeño profesional. “Me ponía muy nerviosa cuando tenía que dar clase, me sudaban las manos, me daba taquicardia, incluso sentía náuseas y tenía que irme al baño a vomitar”, confesó. Para ello, tenía que hacer ejercicios de respiración y meditación antes de entrar al salón de clases.

Además de los ataques de ansiedad Susana señala que las fobias, especialmente relacionadas con el transporte y los viajes en avión, han sido otros de los grandes obstáculos en su vida. “Estoy llena de miedos, me tengo que subir a un avión y antes paso tres o cuatro noches sin dormir”.

Reconoce que esta situación afecta sus relaciones personales, ya que limita sus viajes y encuentros con la familia.

La académica emigró de México con la esperanza de que el cambio de entorno aliviara su ansiedad, pero ocurrió lo contrario. “Pensé que viajando se me iba a quitar y claro no se me ha quitado, al contrario, me he puesto peor”,. 

Actualmente, dijo, la psicoterapia en línea se ha convertido en una alternativa viable y una solución parcial.

A pesar de que su terapeuta le ha sugerido medicación, Susana se resiste. “Me da miedo la medicación, me da miedo la intimidad con un médico y que me diga que quizá estoy loco”, dice, reflejando el estigma que aún rodea a los trastornos mentales. También reconoce que el padecimiento ha afectado su autoestima: “Me da pena, me da vergüenza expresar lo que siento… siento mi autoestima muy baja”.

Desde su experiencia, lanza un mensaje claro a quienes atraviesan situaciones similares y a las familias de niños y adolescentes. “Lo que yo le diría a alguien que vive con ansiedad como yo es que busque ayuda y tratamiento lo antes posible. Sugiere que es fundamental diagnosticar a los niños y adolescentes a tiempo, porque un diagnóstico temprano podría prevenir que desarrollen toda la serie de síntomas, miedos, fobias y terrores que yo he vivido y que han hecho mi vida mucho más difícil”, finalizó. 

Su testimonio pone sobre la mesa la importancia del diagnóstico oportuno, el acompañamiento profesional y la necesidad de hablar abiertamente sobre el tema como un problema de salud que puede marcar toda una vida.

LUCHA SILENCIOSA

Alberta Lino tiene 38 años, es secretaria, está casada y es mamá de un niño de seis años. Desde pequeña supo que algo no estaba bien, relató que a los nueve años no sabía porque se peleaba constantemente con sus amistades y familiares, además de que siempre sentía inseguridad de su persona y sus acciones.

En la escuela las cosas tampoco fueron fáciles. Su rendimiento académico no era el mejor, reprobaba materias y eso entristecía a su mamá, quien decidió llevarla a psicoterapia. Ahí comenzó a aprender a controlarse un poco más, lo suficiente para poder terminar la primaria. Sin embargo, al llegar a la secundaria, Alberta empezó a notar un aumento importante en su ansiedad y cambios bruscos de humor. 

“Me sentía muy mal, muy irritable. Fue en esa etapa cuando tuve mi primera menstruación, un proceso que se volvió especialmente difícil: durante esos días la ansiedad se intensifica. Tras acudir al ginecólogo, me diagnosticaron un mioma y tuve que ser operada. Después de eso, aumente considerablemente de peso y el miedo comenzó a acompañarme de forma constante”, relató.

Durante la preparatoria, lejos de encontrar alivio, su situación se agravó. Alberta señaló que en esa época vivía con sobrepeso, se mordía las uñas hasta lastimarse (consecuencia de la ansiedad) y, en su desesperación por sentirse mejor, comenzó a recurrir al consumo alcohol como una forma de escape. 

Era una lucha silenciosa que se intensificaba día con día.

A los 19 años, Alberta Lino conoció al hombre que más tarde se convertiría en su esposo. Al principio de la relación todo parecía sacado de una historia de amor, pero con el paso del tiempo el romance se fue apagando, regresaron algunos episodios de ansiedad, lo que llevó a una dolorosa distancia.

La soledad emocional comenzó a crecer en ella hasta desbordarse en ataques de pánico, episodios en los que el miedo la paralizaba y que su vida pendía de un hilo. 

“Sentía que me faltaba el aire, que me iba a morir. A veces me quedaba tirada en la cama o en el suelo, sin ánimos, y yo sola tenía que tranquilizarme para poder levantarme”, expresó conmovida.

Estas crisis la llevaron de nuevo a psicoterapia. Su psicóloga le recomendó también acudir con un psiquiatra, quien le recetó ansiolíticos y un antidepresivo para recuperar el autocontrol. 

“Cuando pasaba por esas crisis me lesionaba la piel, arrojaba objetos, estaba todo el tiempo de malas, gritaba y eso ocasionaba discusiones frecuentemente con mi esposo”, señaló.

Cuando llegó a terapia, fue diagnosticada con un trastorno de ansiedad mayor, una condición que llegó a hacerla dudar incluso de su estabilidad mental. Al tiempo se embarazó de su hijo, quien actualmente tiene seis años. 

 “Pensé que el embarazo podría ayudarme a sentirme mejor, pero ocurrió lo contrario. Viví una gestación llena de estrés y, tras el nacimiento de mi hijo, la ansiedad continuó presente. No pude amamantar a mi bebé debido a mi estado emocional y a los medicamentos que tomaba”, narró. 

A pesar de todo, el bebé llegó al mundo sano, y Alberta confiesa que lo ama profundamente. Pero junto con ese amor inmenso apareció un nuevo temor, según Lino, vive con una preocupación, atrapada en el miedo constante de no ser suficiente como madre.

“Siento que me equivoco, que no hago las cosas bien. A veces hasta pienso que es mejor dejarlo solo que tenerlo conmigo, porque temo que mi ansiedad le afecte”.

Actualmente, Alberta continúa en psicoterapia, toma su tratamiento, hace ejercicio cuando puede y encuentra consuelo en la fe de Dios. Cuenta que a veces acude a la iglesia para rezar y pedir fortaleza. Sin embargo, la ansiedad ha afectado sus relaciones personales: tiene pocos amigos y suele aislarse porque siente que los demás no pueden entender lo que vive.

A pesar de todo, Alberta ha aprendido a mirarse con mayor honestidad. Al preguntar qué mensaje daría a otras personas que viven con ansiedad, ella respondió tajante. 

“Que se atiendan lo antes posible, que acepten cuando tienen un trastorno de ansiedad. Yo aprendí que no es culpa de los demás. A veces uno viene un poco descompuesto, pero siempre existen herramientas para recomponerse”.

Su testimonio visibiliza una lucha silenciosa que a diario atraviesan miles de personas, que incluso desconocen lo que tienen.

Alberta Lino continúa su camino de recuperación recordándose cada día que pedir ayuda también es un acto de valentía.

PAL