Xi Jinping se mantiene al margen del conflicto en Oriente Próximo y capitaliza el belicismo de Trump como otra gran oportunidad estratégica para China

Xi Jinping se mantiene al margen del conflicto en Oriente Próximo y capitaliza el belicismo de Trump como otra gran oportunidad estratégica para China

En uno de los programas informativos de la cadena estatal de China, mientras daban la noticia de la muerte del líder supremo iraní Ali Jamenei en los ataques de Estados Unidos e Israel, uno de los analistas locales con los que conectaban en directo tiró del mantra que repite cada vez más la diplomacia china: Pekín no provoca guerras, no exporta revoluciones y no se entromete en los asuntos internos de otros países.

"En un mundo fatigado por un Donald Trump que convierte cada crisis internacional en un pulso personal, China se comporta como el adulto en la sala de las superpotencias", defendía un editorial del Diario del Pueblo, el periódico oficial del Partido Comunista.

Durante los primeros dos días del conflicto, Pekín mantuvo un perfil bajo, limitándose a escuetos comunicados en los que instaba al cese inmediato de las operaciones militares. El ministro de Exteriores chino, Wang Yi, elevó el tono este lunes durante una conversación con su homólogo iraní, asegurando que su país "valora la amistad tradicional" con Teherán y que "apoya a Irán en la defensa de su soberanía, seguridad e integridad territorial".

Wang inició una ronda de conversaciones con otros ministros de Rusia, Qatar y Francia, a los que expresó que la prioridad urgente debe ser "evitar que el conflicto se extienda aún más". En paralelo, Pekín mueve ficha junto a Moscú en el Consejo de Seguridad de la ONU para promover condenas formales tras los ataques a Irán.

"China ve a Irán como un activo, no un aliado, lo que conduce ahora a una reacción calibrada y retórica", comenta Daniel Russel, ex funcionario de alto rango del Departamento de Estado de EEUU, que trabaja como analista en el think tank Asia Society Policy Institute. "A los líderes chinos no les importa ver a Washington estancado en Oriente Próximo o América Latina en lugar de centrarse en Asia, pero el llamamiento de Trump a la movilización del pueblo iraní toca una fibra sensible. El Partido Comunista Chino es profundamente alérgico a cualquier atisbo de revolución popular", continua Russel, quien predice que Pekín reforzará ahora su alineación con Vladimir Putin.

Un análisis similar hace el profesor de Relaciones Internacionales Derek Grossman, del Centro para el Estudio del Futuro Económico Global, otro think tank con sede en Dubai. "Desde la perspectiva de China, un conflicto sostenido entre Irán y EEUU mantendría a Washington centrado en Oriente Próximo. Esta dinámica concentraría la atención militar y política estadounidense en esa región, lo que podría dar a Pekín mayor margen de maniobra en el Indo-Pacífico, en particular en lo que respecta a la presión coercitiva sobre Taiwan", opina.

La guerra en Oriente Próximo ha pillado a los líderes chinos preparando su reunión parlamentaria anual, que arranca el jueves, y también está planteando interrogantes sobre el viaje de Trump a China, previsto del 31 de marzo al 2 de abril. Lo que en principio se concebía como una visita centrada en comercio amenaza con quedar eclipsada -o pospuesta- por la escalada militar en el Golfo y sus derivadas energéticas. La tradicional posición de apoyo de Pekín a Teherán añade una capa adicional de fricción de cara a esa reunión entre Trump y Xi.

Desde que las sanciones internacionales golpearon la economía de Irán, China ha sido un salvavidas para la República Islámica. La segunda potencia mundial ha asumido un papel esencial al comprar cerca del 90% de las exportaciones de petróleo iraní, lo que representaba una inyección vital para el régimen de los ayatolás. Además, más allá del ámbito energético, ambos países firmaron en 2021 una "asociación estratégica integral" de 25 años, con una inversión china estimada de hasta 400.000 millones de dólares en infraestructuras y telecomunicaciones.

Pekín ha ido moviendo también ficha para reducir el aislamiento político internacional de Irán integrando a este país en foros bajo su órbita, como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghai. Teherán, por su parte, ha buscado durante mucho tiempo construir lazos militares más estrechos. Pero ahí el Gobierno de Xi trazaba una línea roja, evitando suministros de armamento directo que pudieran desencadenar sanciones secundarias o tensar en exceso su relación con Washington y con las monarquías del Golfo. Aunque eso no significaba neutralidad absoluta.

Las empresas chinas han enviado a Irán componentes industriales y tecnologías de doble uso susceptibles de emplearse en programas de drones y misiles. Es la ambigüedad calculada de siempre: apoyo para mantener viva la interesada asociación, pero sin asumir el coste político de convertirse en su arsenal oficial.

Con Irán, al igual que ha ocurrido con Venezuela y con Rusia, China ha sabido sacar partido de las sanciones occidentales, aprovechando los descuentos para asegurarse volúmenes masivos de crudo. Según la consultora energética Kpler, en 2025 China importó alrededor de 1,38 millones de barriles diarios de crudo iraní, el 13,4% de todas sus compras marítimas. Un petróleo que llega de forma constante a través de la llamada flota fantasma, barcos que cambian de bandera, apagan sus transpondedores o realizan trasvases en alta mar para esquivar controles y sanciones.

Con el actual conflicto, la principal preocupación de Pekín no es perder unos cientos de miles de barriles iraníes, sino que una escalada militar de mayor envergadura bloquee de manera prolongada el estrecho de Ormuz, la arteria por la que circula cerca del 20% del petróleo mundial. Por ese embudo transita no solo el crudo iraní, sino también el de Arabia Saudí, Emiratos, Kuwait o Irak, todos esenciales para la economía china.

Pese a la incertidumbre que sacude el mercado energético, funcionarios chinos aseguran en privado que, cuanto más se empantane Washington en frentes abiertos en Oriente Próximo, mayor margen tendrá China seguir posicionándose como un socio económico indispensable, que es el terreno de juego prioritario para el régimen de Xi, donde cree tener ventaja frente a un Trump distraído con la guerra.

China presume de mantener siempre abiertas todas las puertas: hace negocios con Arabia Saudí y con Irán; con Israel y con los palestinos; con Rusia y con la Unión Europea. Su jugada es presentarse como un actor neutral, que no supedita inversiones a reformas políticas ni convierte los derechos humanos en condición contractual, mientras cierra acuerdos energéticos a largo plazo con Riad, de cooperación tecnológica con Emiratos Árabes Unidos, proyectos portuarios en Egipto y corredores logísticos que conectan Asia con el Mediterráneo.

Desde hace años, diplomáticos y analistas repiten la misma idea: en Oriente Próximo, cada bombardeo estadounidense y cada nueva espiral de tensión abren una oportunidad para Pekín, que despliega una diplomacia que habla el lenguaje del desarrollo y la estabilidad, no el de la disuasión militar.