A la guerra sin fusil

A la guerra sin fusil

Durante años, en México se ha intentado exorcizar la palabra “guerra” del debate público. Se nos dijo que hablar de guerra normalizaba la militarización, pero detrás de esa prudencia semántica también hubo conveniencia política: evitar reconocer la dimensión del conflicto para no rendir cuentas por casi dos décadas de despliegue militar.

Los hechos del pasado domingo 22 de febrero, tras la captura de Nemesio Oseguera, volvieron a plantear la pregunta incómoda: ¿estamos en guerra?

Formalmente, no. El Estado mexicano no la ha declarado ni ha fijado objetivos políticos claros que busquen alcanzar por la vía militar. Pero reducir lo que ocurre a “criminalidad desbordada” es una forma de negación ya insostenible. Lo que vive México es un conflicto armado interno y asimétrico: con milicias armadas, disputas territoriales, demostraciones coordinadas de fuerza y sustitución de autoridad. No es delincuencia: se trata de soberanía territorial en disputa.

Negarse a nombrar esa realidad es una forma de evasión que nos ha privado de reflexiones fundamentales: ¿cuál es hoy la misión real de nuestras Fuerzas Armadas: administrar la violencia o derrotar a enemigos internos? ¿Se busca contención, disuasión, control territorial o victoria? ¿Cuáles son las herramientas adecuadas para alcanzar ese objetivo? ¿Qué tipo de doctrina, entrenamiento y equipamiento requieren?

México lleva dos décadas sosteniendo una campaña militar de gran alcance y, sin embargo, pareciera que no existen lecciones aprendidas. Para una muestra las escenas recientes de emboscadas contra la Guardia Nacional y el Ejército atribuidas al “Cártel Jalisco Nueva Generación”.

Circulan videos donde las armas de los soldados se encasquillan en pleno enfrentamiento. Armamento orgullosamente producido en México, pero que pareciera que nadie se pregunta si es el adecuado. Por otro lado, ante los ataques contra instalaciones de la Guardia Nacional donde murieron elementos hay circunstancias que revelan fallas de reacción inmediata. ¿Por qué no estaban preparados para este escenario? ¿Dónde estuvo la coordinación con el Ejército? ¿El despliegue de las bases responde a criterios operativos o administrativos?

En adelante deberíamos estar discutiendo con seriedad cuáles son las superioridades estratégicas reales del Estado frente a estos grupos. Una es evidente: la aérea. ¿Cuánto se está invirtiendo en modernizar la flota de helicópteros? ¿Cuál es la estrategia frente al uso creciente de drones explosivos por parte de organizaciones criminales? ¿Estamos anticipando la evolución tecnológica del adversario?

El problema empieza por las leyes. Si los convoyes emboscados no contaban con drones que les permitieran neutralizar a los atacantes no es porque no quieran comprarlos. Es porque el diseño normativo no está alineado con la realidad operativa. Si en la norma no se reconoce al enemigo interno, ¿por qué se justificaría la compra y uso de este tipo de herramientas letales?

Estamos mandando a la guerra a soldados sin fusil, sin misión y sin norma. Y a todo esto se suma otro factor que profundiza el extravío: la desfiguración del carácter de nuestras Fuerzas Armadas. Hoy el mando militar divide su atención entre enfrentar grupos armados en Badiraguato y administrar aduanas. El recurso estratégico más importante del Estado desperdiciado en aventuras burocráticas.

El problema no es que Claudia Sheinbaum continúe con la campaña militar que inició Calderón. El problema es que lo siga haciendo con las mismas carencias de antes: legales, operativas y tecnológicas; con fuerzas armadas rezagadas, desfiguradas e incluso comprometidas. Así, seguiremos en una guerra tan innombrada como interminable.

POR CARLOS MATIENZO

DIRECTOR DE DATAINT

@CMATIENZO

MAAZ