Adiós al Latinoamericano
Hace poco menos de tres meses, antes de entrar a una función de teatro en la que actuaba su hija Ana, coincidí con Arón Bitrán, el segundo violín del legendario Cuarteto Latinoamericano. Apenas nos dimos la mano, apareció su sonrisa tan particularmente afable y me soltó una frase que me dejó sin palabras: “Iván, anota la fecha: 9 de mayo en Bellas Artes”.
Había algo de naturalidad y familiaridad en el tono, entendí a qué se refería inmediatamente y de todos modos no supe cómo responder. Había leído noticias los últimos meses sobre alguna gira en Italia y otros conciertos en la costa oeste de Estados Unidos, que se anunciaban ya como la última oportunidad de escucharlos en aquellos sitios. Hacía tiempo quizá yo mismo me lo había preguntado y en mi cabeza había imaginado fechas. El Cuarteto Latinoamericano no iba a existir para siempre y de todos modos la frase me dejó un vacío al cual he tardado semanas en reaccionar.
A la mañana siguiente lo comenté con amistades muy cercanas, dentro del ámbito musical, y no hubo quien no repitiera el silencio. Conforme se fueron haciendo públicos los últimos conciertos en México, el vacío, el sentimiento de nostalgia, y de agradecimiento también, lo he sentido ya entre toda la comunidad: músicas y músicos, profesionales, estudiantes, en el público, entre periodistas, bailarines, gente de teatro o literatura también.

El Latinoamericano no es solo un grupo más de un repertorio particular para quienes escuchamos cuartetos de cuerdas, no es solo un grupo longevo que logró la inimaginable trayectoria de 44 años; eso, en música de cámara, es prácticamente inalcanzable en cualquier lugar del mundo, y en México probablemente vuelva a ser imposible. Ha sido el acompañante musical y la educación sonora, la inspiración y la pedagogía; el descubrimiento, la divulgación y el resguardo de nuestro repertorio. Su legado es patrimonio inmaterial de nuestro país y su influencia, ícono de la cultura latinoamericana toda.
Es curioso que la respuesta inmediata haya sido el silencio helado. Pero hablando con otras amistades que o no están o no son de México, quienes no se toparon con esa conmoción inmediata sino que supieron acudir a la nostalgia pura o a la tristeza sin rubor, me di cuenta de que al menos en mi caso, el choque venía, por un lado, de un lugar imaginario y absurdo en el que el crítico no puede dejar de serlo por un momento para abrazar su historia; y por otro, donde creo que coincidimos la mayoría, de haberlos dado por sentado: cuando nací, el Cuarteto ya estaba ahí, cuando descubrí la música, el Cuarteto me visitaba, cuando estudié la música, me acompañó, y cuando la critiqué, me dejó estar. Pero después de este verano, el Cuarteto no estará más.

Cuando era niño, los escuché en múltiples ocasiones en los festivales de música de cámara que se hacían en Zacatecas. Fui conociendo el repertorio, su repertorio, y fui identificando cuál les quedaba mejor, en cuál se les veía más cómodos, a cuál acudían con su pasión particular, con qué compañías artísticas podían hacerme volar, fueran otros instrumentistas, fuera Eugenia León o Jaramar. Conocí los cuartetos de Chávez y Lavista (que escribió para ellos), pero también los de Ginastera y Villa-Lobos (que grabaron completos). Y me fascinaba cada que en la televisión aparecía el videoclip que habían hecho del Metro Chabacano de Javier Álvarez.
Un poco más grande, como estudiante, acudí a una típica academia de verano en Canadá. Yo iba al curso de clarinete pero ellos eran los encargados ese año del de música de cámara. Me colé bastantes veces a sus clases. No solo aprendí de verles explicar incansablemente el Primer trio para piano de Schubert. En esa ocasión, en medio de las montañas del monte Orford, fue sobre todo Álvaro, el chelista, quien entre “esas comidas horribles como las de todos los festivales”, me ofreció generosamente anécdotas y aprendizajes del medio, la música y la vida profesional. Han sido pedagogos y mentores generosos: su influencia cubre lo mismo al Arcano y al Aldebarán, al QArte de Colombia, al White y a La Catrina. Enseñaron como residentes en la Carnegie Mellon University, pero también en cursos, academias y seminarios de todo el continente; y en cada respuesta a cada estudiante que como yo en 2005 me acerqué tímidamente.

Egresado de la escuela, decidí dedicarme a la crítica, a una revista musical, y el Cuarteto, como era de esperarse, me acompañó en ese camino. Hacía yo las veces de editor, crítico y entrevistador, y debo a su comunicación entendimiento y quizá paciencia para comprender la separación y ecuanimidad de cada uno de los momentos. Fueron de los primeros artistas que accedieron a darme una entrevista extensa. No hubo desencuentros cuando las opiniones estéticas de crítico y artista fueron en direcciones contrarias. E incluso conté con la presencia esporádica pero fértil de Álvaro en su faceta de narrador espléndido.
La ocasión, sí, amerita abrazar el sesgo cariñoso de la historia personal para acompañar cualquier reflexión sobre la trayectoria comenzada aquel 22 de marzo de 1982 en Radio UNAM por los hermanos Arón y Álvaro junto al violista Javier Montiel y el también legendario violinista Jorge Risi, cuyo lugar fue ocupado poco después por otro de los hermanos, Saúl. Una historia que en los escenarios termina en unos días, pero cuyo legado a través de cada nuevo grupo que surge, cada grabación que se reproduce y cada partitura dedicada a ellos que se revisita permanece.
*Crítico y comentarista cultural
En la agenda: Este 9 de mayo en el Palacio de Bellas Artes, a las 19:00 horas, será la despedida oficial. El 28 de junio cierran con la Orquesta Juvenil Universitaria “Eduardo Mata” de la UNAM; interpretarán una versión preparada para el cuarteto, para el pianista Rodolfo Ritter y la orquesta, de las Estaciones Porteñas de Piazzolla en el Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes a las 13:30 horas.
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Por Iván Martínez
Crítico musical
EEZ