Cuarteto Latinoamericano
En México no hay músico que no conozca al Cuarteto Latinoamericano, más aún, no hay compositor o intérprete, crítico o musicólogo, y público que no reconozca que la labor del ensamble de mexicanos, tres de ellos con raíces chilenas, es invaluable por su larguísima trayectoria difundiendo y trabajando en el rescate de música de compositores de América Latina, y, sobre todo, por dar vida a las obras que sin ellos muy probablemente no hubiéramos conocido jamás.
Javier Montiel (viola), Álvaro (violonchelo), Saúl (violín primero) y Arón Bitrán (violín segundo) se disuelven como grupo, pero seguirán en los escenarios como solistas y en las aulas como maestros, construyendo un legado vivo en las siguientes generaciones.
El nombre de sus últimos conciertos “La última y nos vamos” sabe a una nostálgica gratitud, pero quedan los discos, dos de ellos por los que fueron ganadores en dos ocasiones del Grammy Latino: en 2012 por Brasileiro: Works of Francisco Mignone y en 2016 por El hilo invisible, grabado junto con Jaramar. Y es que desde 1982 hasta este 9 de mayo en el Palacio de Bellas Artes habrán sumado 44 años de trayectoria, casi 50 años construidos sobre una única regla: la calidad artística.
El grupo reunió un cuerpo de grabaciones que incluye integrales de compositores como Revueltas, Chávez, Ponce, Villa-Lobos y Ginastera, varias de ellas primeras versiones disponibles. El trabajo no se limitó a grabar, sino a encontrar el material: en el caso de los 17 cuartetos de Villa-Lobos, la localización de partituras tomó entre 10 y 15 años, mientras que la grabación se resolvió en 6 o 7. De ese proceso salió un archivo cercano a 350 obras, hoy digitalizadas, además de una práctica constante de lectura de partituras que llegaban desde América Latina y que derivó en la circulación de piezas como Reflejos de la noche de Mario Lavista o Metro Chabacano de Javier Álvarez, así como en más de 100 obras escritas para el propio cuarteto.
Arón recibe a Cúpula para hablar de esta despedida. Sonríe, como siempre, con una calidez que acoge. Sus dos gatos pasean por ahí, él se sienta en un sillón y habla de esta brillante trayectoria.
¿Cómo lograron estar juntos 44 años?
Con mucha suerte, porque la salud nos ha acompañado mucho. Es casi un milagro que en 44 años nadie se haya enfermado grave, que hayamos estado sometidos a un ritmo de trabajo muy intenso, de viajes, de desvelos, de depresiones, y que estemos sanos, todavía tocando bien y con ganas.
Pero, hablando del tema artístico, yo diría que el secreto ha sido que cada concierto nos emociona y que nunca se vuelva rutina. Hemos tocado una pieza determinada, por decir el Cuarteto I de Ginastera, cientos de veces, pero cada vez es diferente por las condiciones acústicas, por el contexto del programa. Entonces no hay rutina posible.
Y al no haber rutina, cada concierto se vuelve un desafío, y si es un desafío, hay que estar con toda la atención. Y, por otro lado, ser muy críticos, muy autocríticos. Terminando un concierto, dejamos pasar unas horas y al siguiente ensayo inmediatamente evaluamos qué no nos gustó. Hay una autoexigencia, una autocrítica muy fuerte. Y, por otro lado, nos divertirnos; lo hacemos con mucho gusto, con mucho placer, porque eso es parte de que está vivo. Si no hay juego, si no hay diversión, puede uno caer en la rutina y ahí se acaba la emoción.
¿Recuerda ese inicio, cuando definieron irse de la ruta orquestal y enfrentarse a un camino más bien de música de cámara, en años en los que no había?
Se debe un poco a la historia de, por un lado, la familia Bitrán, que hacíamos música de cámara en familia, los hermanos, desde niños, con mi padre, con mi madre, que eran músicos. Y en el lado de la familia de Javier Montiel también, sus dos padres, músicos profesionales. Siempre se cantó en coro, siempre se tocó. Entonces, cuando terminamos nuestras respectivas carreras, nos imaginábamos mucho más una vida como músicos de cámara que ingresar a una orquesta o intentar una carrera de solista. Y a partir de esa fantasía de poder vivir de esto, lo fuimos construyendo. Como bien dices, en su momento era muy difícil, era casi una aventura bastante difícil de lograr, porque no tienes la seguridad económica que te da una orquesta. Afortunadamente hemos demostrado que ha sido posible, y creo que en ese sentido mucha gente ha intentado, y espero que sigan intentando, emularnos y poder hacer un grupo de cámara de tiempo completo, independiente y estable.

¿Y en su momento se sintió como renunciar a algo?
Implicó renunciar a los trabajos en orquesta, pero fue una renuncia que hicimos con gusto, porque estábamos en pos de una meta bonita. No se vivió como una renuncia. En los aspectos personales sí ha implicado renuncias. Tanto Álvaro como yo nos perdimos los nacimientos de nuestros primeros hijos por andar de gira, por ejemplo. Después, a partir de los segundos hijos, ya no volvió a ocurrir porque planificamos mejor, pero nos hemos perdido muchos momentos importantes familiares, sobre todo graduaciones. Hemos hecho maniobras complejísimas para poder estar presentes para la familia lo más posible, pero no ha sido fácil. En ese sentido sí. En lo artístico todo ha sido ganancia, ha sido maravilloso.
¿En qué momento se dieron cuenta de que el cuarteto empezaba a dejar de ser un ensamble para convertirse en un referente?
Eso lo dicen ustedes, yo no. Yo sigo siendo un músico de un cuarteto que me hace muy feliz. Pero sí empezamos a ver que se habla de nuestras grabaciones, que los jóvenes músicos ya conocen nuestro trabajo como referencia. No te podría decir un momento específico, pero creo que a partir de que la discografía creció mucho, eso fue importante. Hemos hecho las primeras grabaciones integrales de compositores importantes de América cuya obra de cuarteto no se había grabado: Revueltas, Chávez, Ponce, Halffter, Enríquez, Lavista, Gabriela Ortiz, etcétera. Ese cuerpo de grabaciones se ha transformado en un referente, porque permitió que el público conociera estas obras y que los jóvenes intérpretes pudieran interesarse en tocarlas.
¿Cómo lograron que esta identidad colectiva les permitiera al mismo tiempo conservar una individualidad artística?
Esa es la maravilla del cuarteto de cuerdas, que son cuatro voces que tienen que sonar como una, pero a la vez es una voz que tiene que sonar como cuatro individuos. Siempre hay tensiones, esta tensión dialéctica de que cada vez va a ser diferente, porque los cuatro individuos estamos diferentes. Yo creo que si se trabajan los elementos básicos técnicos, es decir, afinación, ensamble, balance, sonido, las cosas que construyen el sonido, a partir de ahí es muy fácil dejar que las personalidades sean libres e interactúen, porque ya no estamos discutiendo si la afinación está bien o está mal, estamos discutiendo el sentido interpretativo de una obra. Y ahí no hay una verdad: las cuatro son verdades. Entonces hay muchas tensiones que enriquecen la música. Hay que uniformar en los aspectos técnicos, pero hay que dejar libertad en los aspectos de personalidad y de expresión.
Todo vínculo genera esfuerzo, tensión, ganancias y pérdidas…
Quizás el hecho de que tres de los cuatro somos hermanos nos daba una cierta garantía de estabilidad, sabiendo que yo nunca voy a romper con mis hermanos. Podemos discutir fuertísimo, incluso en la música, en términos artísticos los ensayos son muy intensos, a veces con discrepancias muy profundas, pero con esa sensación de que no voy a romper, porque son mis hermanos, y Javier es como un hermano más, nos conocemos desde la adolescencia. Eso le da al grupo una estabilidad que otros no tienen. Muchos cuartetos terminan colapsando no por discrepancias artísticas, sino por imposibilidades personales. Y hay varios secretos que hemos ido descubriendo; primero, aprender a criticar siempre constructivamente. Si tu crítica no es constructiva, mejor no la expreses. Y la contraparte, aprender a escuchar una crítica tomándola bien, sabiendo que no lo hacen por enojo, sino porque quieren que mejores. Si aceptas estas dos premisas, es posible tener enfrentamientos intensos, pero siempre dentro de un marco de mejora.
No siempre se llega a un acuerdo, muchas veces llegamos al concierto sin haber encontrado una solución para un problema específico, y en ese momento lo que se hace es, bueno, te relajas, y la música misma te va a dictar una solución. Nunca vas a tocar contra un compañero en un concierto.
Porque al final se ponen al servicio de la música.
Exacto. No somos compositores, estamos tocando la música que alguien compuso. Se trata de hacerle justicia máxima al compositor y dejar los egos de lado, que es muy difícil.
En esta discografía amplísima, ¿cómo decidían qué grabar?
Te confieso que la construcción de nuestra discografía ha sido bastante aleatoria, o sea, empezamos grabando música europea, Grieg, Ravel, Debussy, porque es como se construye un grupo, tocando el repertorio clásico europeo, y a partir de ahí empezaron a surgir proyectos, a veces por invitaciones de instituciones, por ejemplo, en el 85 Voz Viva de México nos invitó a hacer los cuatro cuartetos de Revueltas, fue un LP todavía importante, y ahí nos dimos cuenta de que había mucha música latinoamericana muy importante para grabar; empezamos a investigar y grabamos primero muchos de los clásicos latinoamericanos, que no estaban grabados, integral de Villalobos, Ponce, Ginastera, etc. A partir de ahí, muchas veces los proyectos han sido porque alguna institución, compañía disquera o compositor nos presenta un proyecto, otros son proyectos nuestros.
Con el cierre del ciclo, ¿les queda algún pendiente?
No. Nunca funcionamos con metas de ese tipo. La carrera fue aleatoria. Estamos muy contentos con lo logrado. No sentimos que falte algo.

¿Y la docencia?
Ahora será más intensa. Hemos dado clase siempre, pero con menos viajes podremos comprometernos más.
¿Qué le gustaría que comprendieran las nuevas generaciones?
Si de algo sirve nuestro ejemplo, yo creo que tiene que ser en el sentido de no comprometer la calidad artística nunca, y eso solamente se logra con muchas horas de talacha. Creo que todos mis alumnos están conscientes de que hay que dedicar muchas horas al instrumento, son instrumentos muy difíciles. Y creo que para que un músico sea interesante debe tener vivencias personales ricas. No puede ser alguien que lo único que le interesa es su violincito y nada más.
A mis alumnos les insisto que tienen que leer, comer bien, viajar si pueden, tienen que enamorarse, tienen que pelearse. Todo eso va dando herramientas para comunicar vivencias humanas, si no las has vivido ni las sientes, son artificiales. Estás imitando gestos, pero no vienen desde adentro.
¿La decisión de terminar fue por cansancio?
Sí, más que por salud. La rutina de viajes es muy demandante a nuestra edad. Queremos parar antes de que se note un deterioro. Estamos en buen momento.
¿Cómo viven esta etapa final?
Con emoción, no con angustia. Cada concierto es uno menos, pero lo vivimos con intensidad. No sé qué pase por dentro de la mente de mis colegas, no se da que platiquemos, pero estamos todos, yo creo que conmovidos, con la conciencia de que es el ciclo final, ¿no? Viviéndolo al máximo.
¿Con qué se queda?
Con el privilegio de haber vivido de lo que me gusta, de haber viajado, tocado, conocido gente. Ha sido mucho más de lo que imaginé, aprendí tanto y de tantos. Ha sido un viaje fantástico.
Por Alida Piñón
EEZ