Antonio Ríos, psicoterapeuta, sobre la presión de grupo en la adolescencia: "Actúan por temor a que los dejen aparte, no los llamen o no los integren"

Antonio Ríos, psicoterapeuta, sobre la presión de grupo en la adolescencia: "Actúan por temor a que los dejen aparte, no los llamen o no los integren"

En casi todas las casas con adolescentes se escucha la misma cantinela: “Todos lo hacen”. Es el comodín, el escudo y, a veces, la puerta de entrada a conflictos que descolocan a los padres. Pero detrás de esa frase no hay rebeldía gratuita, sino una necesidad profunda de pertenecer, de no quedarse atrás, de sentirse parte del grupo. ¿Por qué esta idea tiene tanta fuerza en la adolescencia y cómo pueden los padres acompañarla sin perder la calma? Sobre todo ello hemos tenido la ocasión de hablar con Antonio Ríos, médico psicoterapeuta especializado en terapia familiar y de pareja, autor de La travesía de la adolescencia.

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Grupo de adolescentes felices en la calle© Getty Images/Maskot

¿Cómo definiría la presión de grupo en la adolescencia y cuál es su diferencia con la presión social normal entre iguales?

La presión de grupo en la adolescencia se define como la influencia psicológica y emocional que ejercen los amigos, los compañeros del instituto o el grupo social sobre un adolescente, llevándolo a modificar sus conductas, pensamientos, actitudes, valores y formas de ver la vida. Modifican su comportamiento hasta el punto de llegar a hacer cosas que por sí solos no harían. Por eso hay muchos padres que se asombran y dicen: "Mi hijo esto nunca lo haría, mi hija no es así, tiene otros valores y otros criterios". Sin embargo, ocurre; la presión psicológica y emocional es tal que terminan cambiando.

La característica fundamental de la presión de grupo en esta etapa es esa: modifica la conducta, los valores, el pensamiento, la forma de actuar y de vestir. Se diferencia de la presión social normal entre iguales en que, generalmente, fuera de la adolescencia esta presión no altera la conducta de manera profunda. Los adultos podemos tener discrepancias u opiniones diferentes, pero no modificamos nuestra conducta o, si lo hacemos, es de forma esporádica para adaptarnos a una situación o a un grupo concreto, pero no cambia nuestra esencia.

¿Por qué los adolescentes son especialmente sensibles a lo que hacen o piensan sus amigos?

Fundamentalmente porque la amistad es una de las experiencias clave en la adolescencia. Es la primera vez que experimentan el vínculo de la amistad por elección. En la infancia también hay amigos, pero están condicionados por el contexto: van a la misma actividad extraescolar, los padres se conocen, se relacionan o quedan entre ellos. Sin embargo, en la preadolescencia y en la adolescencia es donde se eligen mutuamente: son elegidos y eligen.

Esto provoca un fuerte sentimiento de pertenencia: "Pertenezco a este grupo, esta es mi mejor amiga, somos un grupo de amigos que nos buscamos por igualdad". Es decir, coinciden quienes comparten un deporte, un hobby, etcétera. Ese sentimiento de pertenencia provocado por la libre elección es lo que da lugar a la lealtad, un valor nuclear y central en la adolescencia. Por lealtad al grupo y a los amigos no se delatan ni descubren las cosas de los demás. Los niños, sin embargo, suelen ser chivatos. El adolescente no, porque surge esa lealtad hacia la gente que lo ha elegido, siendo esta una de las experiencias vitales que obligatoriamente tienen que vivir. Esta lealtad se asocia directamente con la presión de grupo, ya que al ser fieles y leales al colectivo, se ven condicionados, a veces, a modificar sus hábitos, costumbres, valores y conductas.

Los niños suelen ser chivatos. El adolescente no, porque surge esa lealtad hacia la gente que lo ha elegido, siendo esta una de las experiencias vitales que obligatoriamente tienen que vivir

Antonio Ríos, médico psicoterapeuta

¿Hasta qué punto el miedo a quedarse fuera explica que muchos jóvenes hagan cosas que realmente no quieren hacer?

Es determinante. Es el factor mayor y más importante, no solo en adolescentes, sino también en adultos; pero en la adolescencia resulta clave. El miedo es una emoción que surge y te lleva a pensar que te pueden excluir. Actúan por temor a que los dejen aparte, a que no cuenten con ellos, a que no los llamen, no los integren o no los inviten. Este miedo viene asociado a un pensamiento anticipatorio que se activa con la expresión "¿Y si...?": "¿Andará bien la cosa o no me llamarán? ¿Y si me dejan de lado?".

El miedo a la exclusión hace que vistan de una manera que por sí mismos no elegirían, que utilicen un lenguaje con términos soeces o vulgares que solos no usarían, que se maquillen, se adornen o adopten hábitos y costumbres que de otro modo rechazarían. Todo se une: el sentimiento de pertenencia, la lealtad al amigo que lo eligió y el miedo a la exclusión. El miedo es, sin duda, la emoción clave en todo este proceso.

¿Qué papel juega la búsqueda de la identidad y la necesidad de encajar?

Es un factor totalmente identificativo. La búsqueda de la identidad es uno de los procesos centrales de la adolescencia, por no decir el central, y conlleva otros procesos simultáneos. El adolescente siente que ha dejado de ser niño o niña, percibe que ya no es lo que fue durante los diez u once años anteriores y empieza a experimentar sensaciones, sentimientos, emociones, pensamientos y necesidades que antes no sentía.

Ahí comienza la búsqueda de "quién soy yo". Es el proceso nuclear. El adolescente sabe lo que no es: no es un niño. Por eso se quejan tanto a los padres y les dicen: "No me hables como a un niño, que ya no lo soy". Discuten por eso, porque al no sentirse niños, entran en una crisis de identidad para descubrir cómo son, cómo visten, qué música, deportes o hobbies les gustan.

En esta necesidad de búsqueda y de encontrarse consigo mismos, les resulta imprescindible hallar a iguales, a personas similares a ellos. Esto los ayuda a identificarse y a concretar su identidad. Buscan a esos iguales en los gustos musicales, los deportes, la forma de vestir, el ritmo de vida, los horarios y los hábitos (tanto saludables como no saludables). Encontrar a sus iguales les ayuda en ese proceso de encajar: "Yo encajo aquí, me identifico con este grupo, soy de este grupo", lo cual les permite consolidar su identidad.

chicas adolescentes haciéndose un selfie en la calle© Getty Images

¿Qué errores cometen los padres cuando intentan contrarrestar la presión de grupo?

Desde mi experiencia profesional de más de 35 años trabajando con familias y adolescentes, considero que el principal error de los padres es creer que el adolescente no debe sucumbir a la presión de grupo y que tiene que mantenerse fiel a sus principios y valores. De hecho, a veces en la consulta me dicen: "Es que no tiene personalidad". Yo les respondo que sí la tiene, pero que todavía no está madura ni consolidada.

Justamente en la adolescencia es donde eclosiona esa personalidad que viene desde el nacimiento —porque tiene una base genética—, se abre y dice: "Este soy yo". Sin embargo, tiene que ir concretándola y consolidándola mediante un proceso de búsqueda y de autoafirmación del yo. La personalidad no está madura en esta etapa. En cambio, en la primera juventud (entre los 19 y los 25 años) ya se ha consolidado, lo que les permite hacer cosas diferentes al grupo, negarse a ir a un sitio si no quieren o no hacer lo que no les apetece.

El error más grande de los padres es verlos altos, grandes y mayores, o escucharles un discurso maduro a los 15, 16 o 17 años, y creer que ya tienen la personalidad consolidada. No es así. Emocionalmente son muy vulnerables porque es la primera vez que eligen y son elegidos por amigos, y es la primera vez que sienten el peso de la pertenencia y la lealtad. Cuando esto entra en contradicción con sus valores, costumbres o conductas, la presión de grupo suele pesar más. No ocurre por falta de personalidad, sino porque esta no está madura todavía para actuar al margen de lo que el grupo diga.

¿Qué señales indican que un adolescente está cediendo a la presión de grupo en contra de su propio criterio?

Según mi experiencia clínica, esto se expresa sobre todo a través de cambios que los padres detectan con claridad: cambios de hábitos, de conducta, de horarios, de higiene, de vestimenta y en la forma de relacionarse con el padre o la madre. Los padres se ponen nerviosos al darse cuenta de que estos giros coinciden con un cambio en el grupo de amigos y ven la repercusión directa en su hijo o hija. Fundamentalmente, las señales son alteraciones de conducta y valores asociadas a nuevas amistades.

Luego existen otros signos menos evidentes: se retraen, reducen la comunicación familiar, se acentúa la conducta de mentira habitual en la adolescencia, no comentan a dónde van, qué hacen o con quién están, y se defienden inmediatamente ante cualquier cuestionamiento de los padres. Lo hacen dando un gran valor a lo que están viviendo, afirmando que ahora son más felices, que están más contentos y que su vida tiene más sentido, ponderando y valorando positivamente esos cambios.

Ante esto, los padres se quedan con cierta incertidumbre porque los oyen y se creen que eso es verdad. Sin embargo, lo que realmente hay que medir es cómo repercuten esos cambios en su vida general: a nivel social, familiar, escolar y en la vida cotidiana. Si no hay una repercusión negativa, está bien. Pero si afecta negativamente a estas áreas, es el momento de que los padres se sienten a reflexionar antes de hablar con el adolescente para valorar qué alternativas se pueden encontrar.

Considero que el principal error de los padres es creer que el adolescente no debe sucumbir a la presión de grupo y que tiene que mantenerse fiel a sus principios y valores.

Antonio Ríos, médico psicoterapeuta

¿Qué herramientas concretas pueden aprender para decir «no» sin sentirse culpables o ridículos?

Hay varias herramientas, algunas más teóricas y otras más prácticas. Primero, considero fundamental que el adolescente escuche hablar de esto a un adulto. Si se lo dicen los padres, le darán menos valor debido a su propio proceso de autoafirmación ("Yo soy mayor y lo que dices tú no me interesa"). Por ello, si se lo dice un tutor, una tutora, un entrenador o entrenadora o una tía o un tío que tenga cierta ascendencia sobre ellos, tendrá mucha más repercusión y le harán más caso. Los jóvenes deben saber de antemano que cuando salgan a la calle o vayan de fiesta, van a experimentar la presión de grupo y que esto puede perturbarlos. Hablar de la presión de grupo es tan importante como hablar de sexo, drogas, alcohol o violencia. En la consulta yo lo abordo con ellos y se lo expongo con una claridad meridiana.

Luego están las estrategias de entrenamiento psicológico que realizamos en consulta, como fomentar la asertividad (aprender a decir que no), trabajar la autoestima, validarlos mucho y ayudarles a desarrollar el pensamiento crítico para que se cuestionen el porqué de sus actos y pensamientos.

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Esta continuidad genera lo que ahora llaman FOMO (Fear of Missing Out), el miedo o la fobia a perderse algo. Sienten que no se lo pueden perder, lo que los obliga a revisar el móvil constantemente para ver qué hacen sus amigos o dónde están. Incluso si se van de viaje, necesitan mantener una comunicación constante para no quedar excluidos.

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