Carlos III, 'el miembro 23 del Gabinete Starmer': la gran sintonía entre el rey y el primer ministro laborista
Probablemente no gustara demasiado en Buckingham que al historiador y reconocido experto en la Monarquía británica Ed Owens se le ocurriera describir a Carlos III como "el miembro 23 del Gabinete Starmer", toda vez que con ello parecía cuestionarse la escrupulosa neutralidad apartidista en la que ha de moverse siempre el titular de la Corona. Pero la gracieta describe mejor que nada la estrechísima simbiosis que ha caracterizado la relación entre el rey y el ya primer ministro salienteKeir Starmer en el tiempo que ha durado su mandato. Si la química personal entre los dos ha sido evidente, más significativa aún ha resultado la conveniencia estratégica mutua que han desplegado desde que el laborista recibió del jefe de los Windsor el 5 de julio de 2024 el encargo de formar Gobierno. Así las cosas, al soberano debió de entristecerle ayer que el inquilino de Downing Street le comunicara, como es preceptivo, su decisión de dimitir poco antes de anunciarlo a la nación.
Aunque Starmer se caracterizó en su juventud por ser un reconocido abogado y activista de izquierdas, que profesaba un fuerte republicanismo y reivindicaba la abolición de la Monarquía, su llegada al poder ya hizo presagiar una buena sintonía entre el líder laborista y el sucesor de Isabel II. Y se ha cumplido con creces.
Starmer se convirtió en el tercer primer ministro del reinado de Carlos III. No le dio tiempo casi ni de conocer a la conservadora Liz Truss, la mandataria de los 45 días, aunque en el escaso tiempo que cohabitaron el entonces recién llegado al trono sufrió un fuerte desaire cuando ella le prohibió que acudiera a la Cumbre del Clima de Egipto, dando a entender que como jefe de Estado tenía que dejar de entrometerse en asuntos como éste que se habían convertido en su bandera como príncipe de Gales. Poco debió de importarle al rey perder de vista tan pronto a la inepta política. Rishi Sunak, su sustituto, mostró mucha más deferencia por la Monarquía. Pero, aunque inicialmente pareció encajar muy bien con los aires del nuevo reinado lo de tener en Downing Street a un premier de origen indio y que profesaba el hinduísmo, en línea con la multiculturalidad que tanto defiende el soberano, la falta de empatía de Sunak y su nula pericia para afrontar los escándalos que acumulaban los tories en medio del creciente descontento social por la crisis económica, llevaron al monarca a marcar convenientes distancias con él, sin contar que el final del mandato se vio inevitablemente marcado por la detección del cáncer al rey.
Starmer llegó al poder como un vendaval de aire fresco, aupado en una mayoría absolutísima que auguraba una era de profundo cambio -enseguida frustrado-. Pero, en lo que concernía a Palacio, el laborista llegaba para empezar convertido en todo un converso monárquico, que había sido aclamado por los suyos en un cónclave dominado por los sones del himno nacional y con los líderes laboristas entonando a pleno pulmón el Dios salve al rey, para horror del descabezado Jeremy Corbyn. Y, sobre todo, Starmer, pese a ser un político de izquierdas, tenía muchísimos más puntos en común con Carlos III que sus predecesores de derechas. Y es que era un secreto a voces que el monarca coincidía con la nueva agenda laborista en no pocas cuestiones: política medioambiental -una de las grandes preocupaciones del rey, en las que no encontraba suficiente apoyo por parte de los tories-, vivienda, relación del Reino Unido con la Unión Europea o inmigración.
De ahí que enseguida se forjara una sólida cooperación entre Buckingham y Downing Street, alimentada además por el feeling personal de los dos dirigentes. Al primer ministro le conmovió especialmente el pundonor y el sentido del deber que mostró el soberano, quien se empeñó en retomar con plenitud la agenda institucional menos de tres meses después de que comenzara el tratamiento de su enfermedad, en contra de la recomendación de los médicos.
Pero, casi más importante, la convulsa geopolítica ha marcado fuertemente el mandato de Starmer -ni que decir tiene que sobre todo por la vuelta de Trump a la Casa Blanca- y también la relación entre el Ejecutivo y la Corona, apoyándose el primero en la familia real para que le ayudara en las complejas relaciones internacionales como hacía mucho tiempo que no se veía en el Reino Unido. Para todos los gobiernos británicos, sin excepción, la extraordinaria diplomacia blanda de los Windsor ha sido siempre uno de sus más potentes arsenales en el ámbito exterior. Pero con Starmer en el poder a Carlos III le ha tocado hacer filigranas diplomáticas de tanto calado como echarse a los hombros la preservación de la relación especial entre el Reino Unido y Estados Unidos. No dudó el laborista en pedir a la Corona que extendiera el año pasado la invitación a Trump para que realizara una inédita visita de Estado a Londres -a pesar de que ya había hecho otra, con Isabel II como anfitriona- que rompía la tradición de Buckingham. De hecho, jamás se había visto una escena como la de febrero del año pasado de Starmer en el Despacho Oval entregando la carta de invitación real a un infantil Trump más hinchado que un pavo real. Y tampoco dudó el laborista en recurrir de nuevo a los buenos oficios del rey y enviarle el pasado mayo a Washington para que mediara ante la peor crisis bilateral del último medio siglo, a pesar de que la visita de los monarcas a EEUU estaba rodeada de trampas, suponía un desafío muy complicado para la Corona y contaba con el rechazo mayoritario de los ciudadanos británicos por coincidir con la guerra de Irán y los mayores insultos de Trump al Reino Unido. A la postre, todo hay que decirlo, la visita fue un brillante éxito para Carlos III, que dio algo de oxígeno a Downing Street.
Cuando en la caída en desgracia de Starmer ya sólo cabía contar los días para su defenestración, el primer ministro sí abusó de sus poderes en una jugada que puso en uno de esos aprietos a la Monarquía tan mal vistos en el sistema británico. Ocurrió el mes pasado; Starmer fijó la apertura del Parlamento y el solemne Discurso del Rey para una fecha con la que, en vano, intentó ganar tiempo en medio del cruce de navajas entre los laboristas para cobrarse su cabeza. Eso incomodó profundamente en Buckingham. Aunque seguramente el flemático Carlos III optaría por intercambiar mejores recuerdos en el inicio de su despedida ayer a su tercer primer ministro, a la espera ya del cuarto, Andy Burnham, apodado por cierto el rey del norte.