Bajo la arena de Lop Nor, el desierto donde China esconde sus secretos nucleares
En el extremo oriental del Desierto del Taklamakán, donde el mapa se vuelve ocre y el horizonte se deshace en polvo, Lop Nor dejó de ser un lago salado y una nota al pie de la Ruta de la Seda para convertirse, en la década de 1960, en una pieza clave de la ambición atómica china. A partir de entonces fue literalmente borrado de los mapas corrientes y encapsulado bajo la lógica del secreto militar. Su perímetro vigilado -cientos de kilómetros de llanuras áridas, pistas de aterrizaje apenas perceptibles desde satélites y galerías subterráneas- se superpone a un territorio que también guarda yacimientos arqueológicos de antiguas caravanas que durante siglos atravesaron este corredor inhóspito de Asia Central.
Durante décadas, la prensa china apenas mencionaba este lugar, y los relatos de científicos o de soldados destinados allí eran censurados. Las tormentas de arena borran huellas en cuestión de horas y el paisaje, envuelto en una bruma amarillenta casi permanente, ha consolidado un aura de misterio en torno a un escenario que sigue siendo sinónimo de campo de pruebas nucleares y de uno de los capítulos más herméticos de la China contemporánea.
Lop Nor vuelve ahora a estar de actualidad. A principios de este mes, funcionarios estadounidenses dejaron caer que científicos chinos podrían haber llevado a cabo ensayos nucleares secretos en este enclave del desierto. Esta semana, un alto cargo del Departamento de Estado exhibió nuevos registros sísmicos para apuntalar la acusación: según Washington, en junio de 2020 Pekín habría realizado allí una "prueba nuclear de bajo rendimiento", cuidadosamente diseñada para pasar desapercibida.
Fue en Lop Nor donde China hizo estallar su primera bomba atómica en 1964, irrumpiendo en el club nuclear en plena Guerra Fría, y donde apenas 32 meses más tarde probó su primera bomba de hidrógeno, en una carrera vertiginosa por acortar distancias con Estados Unidos y la Unión Soviética. Entre 1964 y 1996, el país asiático llevó a cabo 45 ensayos nucleares en la zona, antes de sumarse a la moratoria internacional asociada al Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBT), que desde entonces marca el límite de lo permitido.
Desde hace años, analistas estadounidenses sostienen que, si China estuviera realizando ensayos prohibidos, estos no se parecerían a las explosiones espectaculares de la Guerra Fría, sino a operaciones mucho más discretas. La hipótesis más citada es la de las detonaciones en cavidades subterráneas. La idea es relativamente simple: al detonar el artefacto en una cámara subterránea de gran volumen, la onda expansiva pierde parte de su energía al expandirse en ese espacio vacío antes de transmitirse a la roca circundante, lo que reduce la señal sísmica que registran las estaciones de monitoreo a miles de kilómetros.
Izado de la bandera finlandesa, ayer, en la sede de la OTAN en Bruselas.
Galerías y pozos perforados
Si uno imagina cómo serían esos complejos, no se trataría tanto de búnkeres al estilo cinematográfico, sino de una red de galerías y pozos perforados profundamente en formaciones geológicas estables. En lugares como Lop Nor, el subsuelo desértico y la lejanía de grandes núcleos de población ofrecen condiciones óptimas. Los accesos, señalan algunos observadores internacionales, podrían consistir en túneles horizontales reforzados con hormigón y acero, donde equipos técnicos instalarían sensores, cableado y sistemas de sellado destinados a contener la presión y los gases tras la detonación. Después de una prueba, esas galerías suelen quedar inutilizadas o selladas, convirtiéndose en cicatrices invisibles bajo la arena.
Durante la Guerra Fría, tanto Estados Unidos en el polígono de Nevada Test Site como la Unión Soviética en Semipalatinsk exploraron métodos para contener o reducir la señal de ciertas pruebas nucleares subterráneas. La arquitectura de estos lugares, según describían informes técnicos, suele priorizar la compartimentación y la redundancia: puertas blindadas, cámaras intermedias y largos tramos de túnel que actúan como amortiguadores adicionales. En el exterior, la infraestructura visible (para los satélites extranjeros) suele ser mínima, con algunas instalaciones de superficie, antenas de comunicación, pistas de aterrizaje y carreteras que desaparecen entre las dunas.
El desafío para los sistemas internacionales de verificación es que, a escalas muy bajas de energía, distinguir entre una pequeña explosión, un derrumbe subterráneo o incluso ciertas actividades mineras puede ser muy complicado. Pero según Washington, una estación de monitoreo en Kazajistán registró el 22 de junio de 2020 un evento de magnitud 2,75 en las proximidades de Lop Nor. Christopher Yeaw, subsecretario de Estado de EEUU, aseguró el martes que su administración "tiene conocimiento de que China realizó una explosión nuclear ese día".
Los portavoces del Gobierno chino niegan haber realizado pruebas nucleares en los últimos años, defendiendo que la superpotencia asiática respeta la moratoria internacional asociada al CTBT. Aunque este tratado nunca llegó a entrar en vigor, Pekín y Washington sostienen que cumplen sus disposiciones 'de facto'.
El tratado prohíbe cualquier explosión nuclear con rendimiento energético, pero permite experimentos con material fisible que no produzcan una fuerte reacción nuclear. Los expertos señalan que esta línea divisoria es muy fina y, sobre todo, difícil de verificar cuando se trata de pequeñas explosiones.
Pekín sostiene, además, que su estrategia nuclear se rige por la llamada política de "no primer uso", un principio con el que se compromete a no emplear armas nucleares salvo en respuesta a un ataque de la misma naturaleza. Esa doctrina aparece reiterada en sus Libros Blancos de Defensa, donde el Gobierno chino afirma que no utilizará ni amenazará con utilizar armamento nuclear contra países que no sean potencias nucleares, y que su objetivo es mantener únicamente el nivel mínimo de capacidades necesario para garantizar la seguridad nacional.
Las cifras, sin embargo, reflejan una modernización acelerada de su armamento nuclear. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), China disponía en 2024 de alrededor de 600 ojivas nucleares, todavía muy por detrás de los arsenales de EEUU, con más de 3.700, y de Rusia, con unas 4.300. No obstante, el crecimiento ha sido notable: en 2012, cuando Xi Jinping llegó al poder, el país contaba con unas 240 ojivas. Si la tendencia actual se mantiene, estimaciones del Pentágono apuntan a que el arsenal chino podría alcanzar o incluso superar las 1.000 cabezas nucleares hacia 2030.
Alrededor de Lop Nor no solo se acumulan secretos militares. Mucho antes de que el lugar quedara asociado al programa nuclear chino, los exploradores occidentales del siglo XIX ya hablaban de un territorio inestable, donde los mapas dejaban de ser fiables porque el antiguo lago se secaba por completo durante gran parte del año. El explorador sueco Sven Hedin lo describió como un "lago errante".
Esa atmósfera de incertidumbre se volvió más sombría en el siglo XX. Uno de los episodios más citados en China es la desaparición en 1980 del científico Peng Jiamu, que participaba en una expedición científica en la región. Peng se alejó del campamento para buscar agua y nunca regresó. El caso alimentó rumores de todo tipo -desde accidentes en instalaciones militares cercanas hasta teorías alienígenas- y todavía hoy su nombre aparece en reportajes y documentales como símbolo de los enigmas de Lop Nor.
