Coda a un aniversario en Kyiv

Coda a un aniversario en Kyiv

Kyiv no es hoy una ciudad. Son, al menos, tres.

Está el Kyiv de los ausentes. De quienes huyeron en febrero de 2022 y hoy viven -o sobreviven- en Berlín, Varsovia o Valencia. De los niños que han aprendido otro idioma, historia y cultura, antes de saber si regresarán. Y el de quienes, en las últimas semanas, abandonan temporalmente la capital para guarecerse lejos, cuando los cortes eléctricos se multiplican y los teléfonos se cargan en tiendas de campaña de la Cruz Roja. Es una ciudad demográficamente suspendida, cuyo futuro se dirime tanto en el frente como en la virtualidad del retorno.

Está el Kyiv de Maidán. De la memoria de los caídos -retratos plastificados y banderas clavadas en el frío-. De la Rada, los ministerios, los heroicos e ingeniosos militares, la actividad de gobierno que ni las sirenas detiene. Es la ciudad de la soberanía afirmada, la que no afronta la guerra como mera disputa territorial, sino que araña cada día, desde un empeño titánico, el derecho a existir como sujeto político independiente.

Y está, por fin, la ciudad de los forasteros. Diplomáticos, expertos, enviados especiales, periodistas, que se hacen notar; y un submundo presentido de espías y mercaderes. En los hoteles internacionales en torno a la Catedral de Santa Sofía circula una leyenda urbana sobre la "seguridad" de esa cuadrícula: ningún misil ruso se arriesgaría a dañar un símbolo del pasado compartido. En esa ciudad se habla de garantías, de calendarios, de formatos de negociación. El término "victoria" se ha esfumado del vocabulario, reemplazado machaconamente por "acabar", bajo la presión americana de cerrar el expediente.

Las tres ciudades conviven, pero desde andaduras divergentes. Y la gran incógnita es cuál será la química determinante del horizonte del país.

Cuatro años después de la invasión a sangre y fuego, el núcleo del conflicto se mantiene. No es una guerra por kilómetros cuadrados. Es una guerra de objetivos políticos incompatibles. Ucrania combate por su supervivencia soberana y su anclaje occidental. Rusia combate para impedirlo y revisar el orden europeo surgido tras 1991. Esas dos ambiciones no encajan juntas en un compromiso estable con el Putin de hoy quien, pese al total quebranto doméstico, marea la perdiz en la mediación Witkoff, sin moverse un ápice de sus aspiraciones maximalistas.

El tiempo se ha convertido en arma privilegiada. Moscú, superado el espejismo inicial de progresión rápida hasta Kyiv y la entronización de un régimen avasallado, apuesta a que el agotamiento ucraniano y el desgaste del apoyo occidental precederán a cualquier colapso propio. Ucrania resiste, adapta, innova tácticamente; pero su autonomía depende de flujos externos que no controla. La guerra ya no se mide en avances espectaculares, sino en tejido industrial, resiliencia ciudadana, continuidad política. Y fondos, en un contexto de extenuación financiera que nadie sabe cómo se remontará en los próximos meses.

La fatiga es real. El viajero la palpa. En encuestas recientes, una mayoría de ucranianos se muestra favorable a una paz negociada. Pero esa disposición no equivale a capitulación. Lo que la sociedad parece anhelar no es la dignidad, sino cómo protegerla: parar la guerra con garantías creíbles que eviten su reedición, sin reconocimiento de jure de la rapiña rusa resultante. La diferencia es categórica.

En paralelo, el lenguaje diplomático ha mutado. La guerra empieza a describirse como problema de costes, no de principios; como contienda que reclama clausura, no arquitectura. La evolución trasciende la semántica. Cuando el conflicto se reduce a una ecuación de sufrimiento inmediato, se estrecha la visión y se justifica la transacción.

Europa observa desde un lugar incómodo. Sabe que, pese al incremento exponencial de su participación, está lejos de poder sustituir la contribución americana si Washington disminuye de golpe su implicación. Tampoco se sienta a la mesa de conversaciones. Donald Trump quiere conducir el proceso a un formato particular, concentrado y personalista, donde la diplomacia institucional queda desplazada por una lógica transaccional. En ese esquema, el margen europeo es mínimo, no por desinterés, sino por diseño. Y es difícil para la UE ejecutar una alternativa más allá de las sanciones.

En la Unión crecen las voces que presentan la duración de la guerra como error occidental y evocan supuestas oportunidades perdidas en 2022. Ese relato reduce la complejidad estratégica a una cuestión de voluntad negociadora. Ignorar la agresión que Putin quería aniquiladora, emponzoña el ambiente. El apoyo en la calle, clave desde 2022, pende de distintos hilos, todos ellos frágiles.

Mientras, en Kyiv se percibe con claridad que, si la entrada en la OTAN no se contempla, la única garantía concebible -imperfecta, indirecta, pero real- es la accesión a la Unión Europea. De ahí la urgencia con la que se despachan propuestas de incorporación impracticables: principios de 2027.

El calendario europeo no obedece a la lógica de la guerra. La adhesión exige unanimidad, ratificaciones nacionales y, en varios Estados, referendos confirmatorios. Y ningún método imaginativo orilla estos requisitos. Ni siquiera el actualmente en boga -adhesión inversa- que plantea otorgar membresía plena de partida con negociación subsiguiente y progresiva hasta completar sin fecha los 35 capítulos.

La redistribución de recursos, ausente hasta ahora de la conversación, transformará la aritmética presupuestaria de la Unión. Los episodios de oposición al grano ucraniano en Polonia (evidenciada ya en 2023) fueron un anticipo menor. El día que Ucrania entre en el reparto de la Política Agrícola Común, de los fondos estructurales y de cohesión, la discusión será de otra envergadura, en amplitud y asertividad. No técnica, sino profundamente emocional. Y ningún artificio jurídico escamoteará este debate.

Además, esa decisión deberá tomarse con una Ucrania que ya se da por mutilada territorialmente y demandando una costosa reconstrucción masiva. La comparación habitual con Chipre tiene límites obvios: tamaño, peso económico, destrucción, naturaleza del conflicto. Tampoco es asimilable a la República Federal alemana. Integrar a Ucrania no será un gesto simbólico; supondrá una redefinición de la Unión.

Para Kyiv, ese paso es existencial. No por romanticismo europeo, sino por cálculo estratégico. La pertenencia a la UE no sustituye a la OTAN, pero altera sustantivamente el entorno de seguridad. Vincula la estabilidad del país a la estabilidad del conjunto continental.

La guerra puede abordar una pausa, con el alcance que dicte la correlación de fuerzas. Las negociaciones pueden producir un alto el fuego o un arreglo táctico. Pero nada de eso resolverá por sí solo el nodo central: si Ucrania conseguirá consolidar su elección por Bruselas y Occidente que constriña la probabilidad de otra agresión, o si quedará expuesta a nuevos ciclos de presión, al vaivén de los vientos políticos.

Cuatro años después del arranque de una operación ideada por el Kremlin para arrasar, el aniversario no es solo conmemoración. Es evaluación. No basta con preguntar en qué punto está la guerra. Hay que preguntarse en qué punto está Europa respecto a Ucrania -y respecto a sí misma-.

La coda a este aniversario es, así, recordatorio: el desenlace no surgirá exclusivamente del campo de batalla, sino de la coherencia entre las palabras que se pronuncian en las conferencias o en los canutazos de prensa de los mandatarios políticos y las acciones de las capitales. Entre el alivio del cierre y la búsqueda de un orden duradero.

En la ciudad de los ausentes se juega la cohesión. En la del Maidán, la soberanía. En la de los forasteros, los compromisos. El futuro de Ucrania -y el nuestro- dependerá de qué combinación de las tres ciudades modele el porvenir.