Diferencias con la guerra de junio

Diferencias con la guerra de junio

Si algo se desprende del video de ocho minutos con el que Donald Trump confirmó y justificó en la madrugada de ayer el inicio de una nueva guerra contra Irán es que "será masiva y larga".

Los observadores principales hablan de semanas o meses para empezar a ver el final del túnel que acaba de abrirse y que, según evolucione, puede cambiar radicalmente la geopolítica de Oriente Próximo durante décadas.

En la Casa Blanca y en Israel han estudiado muchos escenarios posibles y, según evolucionen las operaciones, se pasará de uno a otro. En la primera fase estamos asistiendo a ataques selectivos con un número reducido de bajas civiles contra cuarteles, bases, fábricas de armas e instituciones, y contraataques iraníes a objetivos de Israel y a las bases más importantes de los EEUU en la región.

Ambas partes están cumpliendo al pie la letra lo que amenazaron con hacer durante las últimas semanas, mientras aparentaban negociar. El ataque iniciado ayer se ha preparado casi desde el día que terminó la Guerra de los 12 de días de junio.

La primera diferencia con el ataque de junio, iniciado por Israel y al que se sumaron los EEUU 10 días después, es que esta vez Israel y los EEUU lo han hecho perfectamente sincronizados y unidos desde el primer minuto. Una segunda diferencia está en los objetivos: esta vez son mucho más ambiciosos y difíciles de alcanzar.

Acabar con el régimen de Irán, país de más de 90 millones, con más de 600 aeronaves, unos 100 buques, entre ellos seis submarinos, y alrededor de un millón de habitantes militarizados entre fuerzas activas, de reserva y paramilitares, no será tarea fácil. Depender, como volvió a hacer Trump en su mensaje, de una levantamiento o revolución de los iraníes contra sus gobernantes es desconocer el sentimiento real de la mayor parte de la población: muy dividida, muchos millones hartos del régimen, pero atemorizados por la represión y radicalmente en contra de importar la democracia a golpe de bombas y de misiles contra sus ciudades e infraestructuras.

Justificar este ataque como preventivo no es creíble ni siquiera para muchos israelíes y estadounidenses. Irán, de hecho, no había estado tan debilitada desde la revolución de Jomeini.

Una tercera diferencia con la Guerra de los 12 días de junio es la rapidez con la que ha respondido Irán. "Irán ahora no puede volver a mostrar debilidad", explica el profesor Hassan Ahmadian, de la Universidad de Teherán. "En los últimos ocho meses ha mejorado mucho su preparación para protegerse y tiene misiles para meses de ataques al ritmo de las primeras horas, sobre todo misiles de alcance medio".

En cuanto a la posibilidad de movimientos populares como los que precipitaron la caída del sha a finales de los 70, "EEUU e Israel están leyendo mal la opinión pública iraní", añade Ahmadian. "Los mismos que protestaron por la situación económica en enero rechazan masivamente la agresión exterior".

Lo previsible es una escalada por ambas partes si se cumplen las amenazas. Irán confía en forzar, con sus ataques a los vecinos, la movilización regional a favor de una solución diplomática o de un final en tablas. Para Netanyahu y Trump, esto sería una derrota.

Si no se avanza hacia un alto el fuego pactado, Irán ha amenazado reiteradamente con el minado de las aguas del Golfo, el bloqueo del estrecho de Ormuz y muchos más ataques a objetivos e intereses de Israel y de los EEUU. Cuanto más se prolongue la guerra, más riesgo de caos interno y externo, en Irán y en la región. Es el final más probable si atendemos a los precedentes de Afganistán, Irak, Libia y Siria.

A diferencia de Trump, George Bush en 2003 buscó el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU antes de embarcarse en marzo de 2003 en la invasión de Irak. Trump ni lo ha intentado.

Bush pidió y obtuvo autorización del Congreso para la intervención contra Sadam Husein y el Senado la aprobó por 77 votos a favor y 23 en contra. La sombra del 11-S pesaba mucho entonces, pero Trump ni se ha molestado. Es la primera crítica de los demócratas por el ataque de ayer.

Aunque con muchos menos apoyos que su padre en 1991, Bush hijo intervino en Irak hace 23 años con el respaldo de una coalición de 49 países. Trump ha lanzado la nueva ofensiva contra Irán con un solo aliado directo, Israel, aunque los principales países de Oriente Próximo y de Europa con bases estadounidenses están colaborando activa o pasivamente, de buena o de mala gana, en las operaciones estadounidenses.

Difícil saber si Israel ha empujado a Trump o Trump ha empujado a Israel para intentar acabar con el régimen y con el arsenal militar iraní que sobrevivió a la Guerra de 12 días, pero en sus mensajes tras el inicio de los ataques a las 7 de la madrugada del sábado (hora de Madrid) Trump insistió en "eliminar amenazas inminentes" e "impedir la nuclearización de Irán", mientras que el primer ministro Benjamin Netanyahu dejó muy claro que pretende "acabar con el régimen tiránico iraní".

Bush hijo, igual que su padre en la guerra por Kuwait del 91 y Bill Clinton en los 90 en los Balcanes, desplegó fuerzas de tierra. Trump dio a entender que sólo utilizará fuerza aérea. Como explica Michael McFaul en su último libro, Advancing Democracy Abroad, casi todas las guerras de las últimas décadas las ha perdido el que las ha iniciado y ninguna se ha podido ganar sin fuerzas terrestres.

Sólo si dentro del país atacado las potencias agresoras cuentan con aliados locales, como la Alianza del Norte en Afganistán o los rebeldes libios apoyados por la OTAN desde el aire, tiene alguna posibilidad de éxito la intervención, aunque sería incorrecto hablar de éxito en estos dos países, viendo el caos producido tras 20 años de intervención en Afganistán y el vacío de poder que aún existe en Libia desde la intervención exterior en 2011. El mismo caos, con fuerzas terrestres, se produjo en Irak.

En Irán, por sus dimensiones, geografía y potencia militar, operaciones relámpago como la de Venezuela en diciembre para decapitar al régimen parecen condenadas al fracaso, máxime cuando sus dirigentes han aprendido mucho de la guerra de junio. ¿Pero cómo definen Netanyahu y Trump un cambio de régimen en Teherán? Si les basta con sustituir al líder religioso Ali Jamenei por alguien más moderado e influenciable, sin grandes cambios en la cúpula -lo que se hizo en Venezuela-, todo es posible.