El interés europeo ante Irán
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El conflicto iraní, en el que ha de inscribirse el aldabonazo de Emiratos Árabes Unidos, no puede tratarse sólo como asunto que incumbe zanjar a Estados Unidos, aunque haya sido quien inició, junto con Israel, esta fase ofensiva de una contienda que lleva casi medio siglo en el retrovisor estratégico norteamericano y en el imaginario político del régimen de los Ayatolás. Tampoco puede leerse como expediente regional, ni siquiera como problema de desbordamiento del riesgo de proliferación. Lo que hoy se dirime con Teherán afecta a algo más amplio: la relación entre poder, reglas universales, estabilidad de una extensión de la que dependen la energía, el comercio y, en buena medida, la propia consistencia del orden internacional.
Por eso importan los términos del disputado marco de solución. El sumario nuclear sigue siendo central, y con razón. El Organismo Internacional de Energía Atómica continúa sin poder ofrecer garantías concluyentes sobre el carácter exclusivamente pacífico del programa iraní, de modo que nadie serio puede defender que abordarlo no es imprescindible. El dato novedoso es que el nuclear ya no se considera de manera aislada. Washington lo está vinculando expresamente a Ormuz, y no es irrelevante que, en una entrevista para Fox News el pasado lunes, Marco Rubio haya designado el estrecho como "economic nuclear weapon". La fórmula podrá parecer enfática, pero capta bien la lógica prevalente: la aptitud de cerrar o condicionar uno de los destacados chokepoints (estrangulamientos) del planeta se ha erigido en coerción estratégica equiparable, por sus efectos, al arma atómica. Para Europa, ésa es una calificación que no debiera caer en saco roto.
Porque el interés europeo ante Irán no empieza ni acaba en Natanz, ni en Fordow, ni en el uranio enriquecido enterrado o trasladado. Estriba en impedir que la coerción marítima se normalice como instrumento legítimo de poder. Y Ormuz no es un episodio colateral, sino el meollo del enfrentamiento actual. Cuando se pone en cuestión el tránsito en un estrecho por el que pasa una parte sustancial del petróleo y del gas comercializados en el mundo, lo concernido no es sólo el Golfo. Se ven comprometidas las cadenas de suministro, la seguridad energética, los precios y, por último y esencial, el principio mismo de los grandes espacios comunes que no debemos permitir se tornen en rehenes de una estrategia de extorsión.
En este punto, la secuencia desarrollada en Naciones Unidas resulta extraordinariamente elocuente. La presidencia de turno bareiní del Consejo de Seguridad (correspondiente a abril) impulsó una resolución sobre la protección del tráfico comercial en Ormuz. El contenido fue rebajado para hacerlo aceptable, pero aun así Rusia y China lo vetaron el día 7, poniendo como excusa que defender la libertad de los mares en el contexto de la guerra con Irán equivalía a tomar partido. El lunes 27, próxima a entregar el testigo a la siguiente cabecera que ocupará Pekín y renunciada la ambición inicial, Manama celebró un debate de alto nivel sobre seguridad marítima.
En él habló el embajador de la Unión Europea, Stavros Lambrinidis. Su intervención fue caricaturesca de un reflejo muy bruselense: reafirmó principios impecables y, junto a ellos, enhebró un inventario de peligros que culminó en retahíla de contribuciones y dispositivos -IRINI en el Mediterráneo, ASPIDES en el mar Rojo, ATALANTA en el Cuerno de África, las presencias marítimas coordinadas en el Golfo de Guinea o programas varios de capacitación financiados por la Unión-, sin duda todos meritorios en su propio ámbito. Pero, ante una crisis que exige enfocar Ormuz y lo que allí se juega, ese catálogo transmite más bien la ineptitud para jerarquizar que aflige con frecuencia a las instituciones comunitarias. El contraste con Singapur y, en particular, Tokio fue revelador; ambos, simbólicamente, enviaron a ministros a una comparecencia en la que defendieron con claridad sus intereses en el mantenimiento del sistema. Japón, además, alertó sobre las consecuencias que un precedente de esta naturaleza podría tener en el mar de China Meridional, extremo que suscitó una áspera réplica del Imperio del Medio.
En ese panorama de tensiones, Emiratos Árabes Unidos anunció el martes 28 su salida de la OPEP y la OPEP+ a partir del 1 de mayo. Abu Dabi la explica como medida económica, ligada a su espectacular expansión de capacidad de producción que hoy ronda los 5 millones de barriles por día y a su política de diversificación. Pero sería ingenuo no ver también su dimensión estratégica. En plena guerra con Irán y en un área donde la seguridad y la energía vuelven a entrelazarse, la mudanza emiratí indica que en la región ya se están sacando conclusiones del nuevo entorno. Mientras Europa sigue discurseando, afinando matices y refugiándose en fórmulas equilibradas, en el Golfo se recolocan los actores. Emiratos se mueve. Arabia Saudí mide el alcance del desplazamiento. Y Washington gana margen en una zona donde durante demasiado tiempo se daba por supuesto que todos preferían la ambigüedad.
Ahí aparece, en toda su crudeza, el problema que nos aqueja. Europa sabe perfectamente lo que Ormuz significa. Francia y Gran Bretaña organizaron en abril una conferencia con unos cuarenta países para explorar una misión defensiva de libertad de navegación. Después hubo en Londres conversaciones militares sobre esa eventual operación. Pero, por el momento, no consta que hayan trascendido del papel. Hay lucidez, hay lenguaje, hay reuniones. Carecemos (¿todavía?) de la decisión de convertir esa conciencia en determinación visible traducida en hechos. Y ésa es insuficiencia grave.
Porque, en un mundo caracterizado por la irrupción brutal de los intereses en la diplomacia, la Unión sigue comportándose como si bastara con invocar principios, enumerar riesgos y programas para dar por cumplido el expediente y exonerarse de responsabilidad. No basta. La apertura de los mares no se apuntala con una letanía de referencias a la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS, por sus siglas en inglés), a los cables submarinos, a la piratería, a la flota fantasma rusa y al crimen transnacional. Todo eso cuenta, pero no sustituye la necesidad de priorizar y que lo decidido cuaje en iniciativa. Europa no puede quedarse en palabrería; precisa dejar patente que está dispuesta a defender la apertura de los mares con medios, con presencia y con la voluntad política de, llegado el caso, actuar en consonancia.
No se trata de seguir acríticamente a Washington ni de aplaudir los, a menudo impulsivos -cuando no erráticos- movimientos de Trump. Tampoco de pasar por alto la violencia y los excesos que distinguen el desempeño actual del ejército israelí, incompatibles con los valores que defendemos. Se trata de algo más comprometido: reconocer dónde están nuestros intereses. Y esos intereses no están en una equidistancia biempensante que confunde complejidad con indecisión. Están en un Irán sin arma nuclear, en impedir que revitalice impunemente a sus apoderados en el cinturón de fuego que rodea a Europa, en que Irán no consiga normalizar la coerción sobre Ormuz, ni hacer de la vulnerabilidad marítima del sistema una herramienta estable de chantaje.
Si Europa no extrae consecuencias, otros sí lo harán. Y entonces descubriremos que la ambigüedad -la cierta equidistancia- no manifiestan prudencia, sino impotencia. Ha llegado la hora de dejar de abordar los desafíos como si nombrarlos y analizarlos resultara en exorcismo terapéutico. Frente a Irán, los europeos no están obligados a sumarse a intervenciones ofensivas. Sí tienen el deber de afirmar con actos que la libertad de los mares constituye para ellos un interés existencial y que están dispuestos a defenderlo más allá de la retórica. Ésa sería, por una vez, una forma adulta de operar.