Irán se queda sin depósitos para su petróleo
Irán se está quedando sin almacenamiento físico para su petróleo. La prolongación del bloqueo sobre el Estrecho de Ormuz por parte de Estados Unidos, que se superpone al candado iraní en el mismo lugar, le impide a los ayatolás vender su crudo como hacían hace tan sólo unas semanas, aunque fuera a menor ritmo que en tiempo de paz. Eso ha provocado que Teherán esté llenando todos los depósitos a su disposición y tenga que comenzar a tirar del llamado "almacenamiento flotante".
Lo sabemos porque esta misma semana las imágenes de satélite revelaron que el régimen ha devuelto a la vida el petrolero M/T Nasha. Se trata de un cascarón de unos 30 años que Teherán ha vuelto a poner en servicio tras tres décadas cogiendo óxido para almacenar dos millones de barriles en el mar ante la saturación de sus depósitos en tierra, una solución de emergencia, que le hace ganar unas 48 horas, dentro de su estrategia para seguir produciendo pese al bloqueo y las restricciones a la exportación.
Que los iraníes tengan que recurrir a este tipo de petroleros retirados, que necesitan de remolcadores para moverse, significa que ya no cabe un barril más de crudo en sus depósitos de la isla de Jark, la gran terminal iraní para el 90% del petróleo que produce. El M/T Nasha no ha sido la única embarcación, pero es la que ha podido ser identificada.
¿Por qué trata Irán de guardar todo el petróleo que pueda y no detener su producción de crudo? El principal problema si se queda sin capacidad de almacenamiento es que el régimen se verá obligado a parar el bombeo, algo técnicamente delicado y económicamente costoso. Al llenarse todos los tanques en tierra y su almacenamiento flotante, el sistema pierde flexibilidad: no hay dónde colocar el petróleo y la única salida es cerrar pozos, comenzando por los menos productivos, lo que puede afectar a la presión del yacimiento, complicar el reinicio y reducir la eficiencia futura de extracción.
¿Por qué esto es relevante en estos momentos de bloqueo y guerra económica en el Golfo Pérsico? Después de semanas de bombardeos en Irán por parte de Israel y Estados Unidos, el bloqueo que Washington mantiene para estrangular a Teherán busca que el régimen de los ayatolás tenga que volver a la mesa de negociación de Islamabad para aceptar una paz en los términos de Washington, es decir, firmar una derrota. Ahora mismo, con el Estrecho de Ormuz gestionado por su régimen como palanca, la Guardia Revolucionaria no tiene incentivos para considerar un acuerdo que limite su programa nuclear o el de misiles balísticos.
Las instalaciones petrolíferas se enfrentan a una paradoja cuando detienen su producción: la parada no las protege, sino que las expone a nuevos peligros. Sin el flujo continuo de crudo, la corrosión se acelera porque el agua salada y el sulfuro de hidrógeno atacan el metal sin el efecto inhibidor natural del petróleo en movimiento; las parafinas y asfaltenos se solidifican obstruyendo tuberías y válvulas; la presión del yacimiento, que no desaparece, puede provocar migraciones de fluidos no controladas; y el gas asociado sigue generándose y debe quemarse o ventilarse con riesgo de acumulaciones explosivas.
El reinicio tampoco es inmediato: una parada de días permite volver a la normalidad en horas, pero una parada forzada de meses puede requerir entre uno y seis meses para recuperar el ritmo, y si hay daño físico en la infraestructura (como las instalaciones de Ras Laffan, en Qatar, cuya reparación se estima en hasta cinco años) el impacto sobre el suministro global puede ser estructural y no coyuntural. En el caso iraní, donde las sanciones llevan años limitando el acceso a piezas de repuesto occidentales y el mantenimiento es deficiente, una parada prolongada podría generar daños difíciles de revertir: una variable más que Teherán maneja con frialdad en la partida de ajedrez que libra con Washington.
En paralelo, el impacto financiero es inmediato: cada barril no exportado es ingreso perdido, justo en un contexto en el que el país depende del flujo continuo para sostener su economía bajo sanciones. En conjunto, no es sólo un problema logístico, sino una amenaza directa a la capacidad productiva y a la estabilidad económica, que convierte el almacenamiento en un factor crítico en situaciones de bloqueo o restricción del comercio.
La República Islámica tiene suficiente capacidad de almacenamiento sin usar para durar otros 12 a 22 días, comentan los analistas de la empresa satelital Kpler. Aún así, el bloqueo no afectará las ganancias de Irán tan rápido, con el impacto en los ingresos no esperado hasta dentro de unos tres a cuatro meses, afirman en su informe.
El profesor Robert A. Pape, experto en seguridad de la Universidad de Chicago, cree que Trump se prepara para un bloqueo prolongado, pero que Irán no cederá a pesar de todo: "Estados Unidos empuja la economía mundial por un precipicio sin ninguna ganancia estratégica". Danny Citrinowicz, experto en Inteligencia y Defensa, asegura: "Espero que alguien en la sala le haya dicho al presidente Trump lo siguiente: "Señor presidente, un bloqueo no llevará a la rendición de Irán. No renunciarán a sus misiles, a su programa nuclear, a su apoyo a los proxies o a su control sobre Ormuz, incluso si el bloqueo continúa".
Otros expertos creen que Irán acaricia ya la falta de almacenamiento y eso elevará sus costes para mantenerse en la puja con Estados Unidos. El analista geopolítico Shanaka Anslem asegura que "la capacidad de reserva en tierra de la isla de Jark al inicio del bloqueo era de aproximadamente 13 millones de barriles. Sólo los petroleros que los destructores de Estados Unidos no han dejado salir del Golfo Pérsico ya superan esa cifra". Para Anslem, el sector petrolífero iraní "es ya un sistema que ya no tiene el amortiguador para extender".