El trágico destino de Ricardo Ortiz: ¿Cómo pudo un toro sorprender y matar a un maestro de la lidia?
El silencio en los corrales de una plaza de toros suele ser un preludio de vida, de liturgia y de esa tensión contenida antes de que se abran las puertas al albero. Sin embargo, este Viernes Santo, el silencio en La Malagueta se tornó en tragedia de la forma más inesperada y cruel. ¿Cómo es posible que un hombre que ha mirado a los ojos a la muerte en las plazas más importantes del mundo, un torero experto y de dinastía, encuentre su final en la penumbra de los corrales? El destino, a veces tan caprichoso como trágico, ha querido que Ricardo Ortiz, a sus 52 años, entregara su vida en el mismo lugar que lo vio nacer como figura, víctima de una embestida que nadie pudo prever.
Eran pasadas las siete y media de la tarde cuando el sol empezaba a caer sobre Málaga. Ricardo, que tras su retirada seguía vinculado al mundo que amaba trabajando como corralero para la empresa Lances de Futuro, se encontraba realizando las labores habituales de manejo de las reses. Se preparaba todo para la gran cita de este Sábado Santo: la Corrida Picassiana. Nada hacía presagiar que uno de los astados de las ganaderías de Puerto de San Lorenzo o El Pilar, que aguardaban en los chiqueros, terminaría con la vida de un profesional como él.
Accidente marcado por la fatalidad
Según las primeras informaciones, el suceso ocurrió durante las tareas de "enchiqueramiento" y manejo. Al parecer, el animal estaba siendo curado de una pequeña lesión cuando, en un arranque inesperado, sorprendió al torero. La empresa organizadora, dirigida por José María Garzón, confirmaba la noticia poco después con un dolor inmenso: "Ortiz trabajaba en la plaza como corralero y el suceso ocurrió cuando se realizaban trabajos de manejo con los animales y uno de ellos le ha propinado una fuerte cogida que le provocó la muerte".
A pesar de que los servicios de emergencias 112 y los sanitarios del 061 se desplazaron con rapidez al coso malagueño, las heridas, situadas según los primeros indicios cerca del corazón, resultaron fatales. La Policía Nacional ha abierto una investigación, como es preceptivo en estos casos de accidente laboral, para terminar de esclarecer los detalles de un momento que ha dejado en shock a toda la familia taurina.
¿Quién era Ricardo Ortiz?
Hablar de Ricardo Ortiz es hablar de la historia viva del toreo malagueño. Nacido en 1974, llevaba el arte en la sangre. Era hijo del recordado y prestigioso banderillero Manolo Ortiz, y desde muy joven demostró que su camino estaba marcado por el oro y las luces. Formó parte de aquella mítica terna de novilleros malagueños, junto a Juan José Trujillo y Javier Conde, que devolvió la ilusión a la afición local en la década de los noventa.
Fue un torero de una pieza: valiente, pundonoroso y poseedor de un físico imponente que le permitía brillar, al igual que su padre, en el tercio de banderillas. Su alternativa fue de esas que se guardan en la memoria, el 28 de noviembre de 1994 en Quito, Ecuador, con un padrino de excepción, Joselito, y con Juan Cruz como testigo. A lo largo de su carrera, aunque las oportunidades no siempre fueron proporcionales a su entrega, dejó tardes de gloria en su tierra. Inolvidable es su salida a hombros en La Malagueta en el año 2000, compartiendo triunfo nada menos que con José Tomás.
Mundo conmocionado
La noticia ha corrido como la pólvora por los mentideros taurinos, despertando una ola de cariño hacia su familia. Desde Lances de Futuro han querido destacar la calidad humana del fallecido, describiéndolo como "una persona muy querida y respetada en el ámbito taurino". El propio José María Garzón, visiblemente afectado, ha manifestado que "todo el equipo se une al dolor de la familia de Ricardo Ortiz y de la familia taurina malagueña en estos momentos tan difíciles", expresando públicamente su pesar por lo que califican como una "irreparable pérdida".
La vida de Ricardo no estuvo exenta de sombras y dificultades personales, como aquel episodio en 2002 que lo alejó temporalmente del foco público, pero su regreso a los corrales de su plaza demostraba su resiliencia y su necesidad vital de respirar el ambiente del toro. Allí, entre el olor a cal y arena, se sentía en casa. A pesar del dolor, la tradición dicta que el espectáculo debe continuar, aunque este año el paseíllo de Saúl Jiménez Fortes, Juan Ortega y Pablo Aguado tendrá un sabor agridulce. Los tres diestros lidiarán los toros que Ricardo ayudó a desembarcar, en una tarde que servirá como el más sincero de los homenajes.






