Elsa Pataky (49) recuerda su mudanza a Los ángeles en 2004: "Me sentí muy sola, me hice algo más ermitaña"
Mudarse a otro país o ciudad puede ser tanto una decisión perseguida, como una no tan intencionada. A veces sucede que estamos en una zona de confort de la que queremos salir y buscamos novedades y entusiasmo en otro destino; otras, en cambio, aspectos como una oportunidad laboral, una pareja que vive lejos, o incluso algún impulso o dilema emocional nos llevan a tomar un nuevo rumbo y tratar de hacer vida en otro nuevo lugar. Sea la ocasión que sea, puede que, como a Elsa Pataky le sucedió, aparezca el duelo migratorio.
De esa mezcla de ilusión y vacío habló la actriz en el cuarto episodio de la segunda temporada del podcast Todos somos, al recordar su mudanza a Los Ángeles en 2004 para impulsar su carrera. Un cambio buscado, pero no exento de soledad. "Me sentí muy sola", confesó, poniendo palabras a una experiencia que muchos reconocen aunque no siempre se atrevan a nombrar.
En su caso, el reto fue un motor. "A mí los retos me encantan en la vida y para mí era un reto así que dije ‘aquí estoy, aquí me planto hasta que yo decida, hasta que no pueda más’". La decisión implicó crecer deprisa. "Aprendí muchísimo, fue una experiencia de vida increíble y aprendí a vivir sola que siempre había estado acompañada, con gente y arropada por mi familia". De repente, su entorno conocido desapareció.
En ese silencio forzado, la actriz se encontró. "Te ves a ti misma, los momentos contigo misma, piensas y meditas mucho y empiezas a disfrutar de eso". Una soledad que al principio asusta, pero que transforma. “Me hice algo más ermitaña y ahora aprecio mucho los momentos de soledad y de estar tranquila”, reconoció.
Pero ese proceso, como suele suceder a todo el que deja el nido, no estuvo exento de miedo. "Viene de ese pánico de ‘¿y ahora qué?’ ‘ahora qué hago?’". Aun así, la actriz reconoció que no vivió ese duelo de forma especialmente intensa, pese a haberse sentido muy sola. Una vivencia que muestra cómo incluso las migraciones elegidas remueven capas profundas.
Sin embargo, para muchos (sobre todo, a ojos del resto), migrar suele celebrarse como un acto valiente. No obstante, pocas veces se habla de lo que puede llegar a romperse por dentro. Sobre esto, precisamente, habla la psiquiatra Marian Rojas en El Pódcast de Marian Rojas Estapé. En él, la experta en salud mental da nombre ha reflexionado sobre esos momentos de incertidumbre, nostalgia e, incluso, tristeza que aparecen cuando alguien decide atreverse y probar cómo es su vida en un destino nuevo.
Qué es el duelo migratorio
La psiquiatra pone en palabras ese vacío silencioso que acompaña a muchos cambios de localización. Como base, comenta que el duelo migratorio aparece cuando "uno echa de menos y tiene que lidiar con echar de menos". No es un sentimiento puntual ni romántico. Es convivir con la ausencia, porque "hay una parte del corazón que sigue enganchada" al lugar (y todo lo que ello conlleva) que uno que ha dejado.
Como le sucedió a Elsa Pataky, puede que al principio una ilusionada pensando en el motivo por el que lleva a cabo este cambio. En su caso fue para mejorar su trayectoria profesional. Pero, es probable que, al igual que también comentaba ella, con el tiempo aparezca la nostalgia sobre cosas cotidianas que ya no están tan cerca o accesibles como antes.
Ya sea la pausa de media mañana con los compañeros de trabajo, la dificultad para comunicarse con la familia por vivir en otro huso horario, el abrazo de una buena amiga que está a más de 600 kilómetros de distancia, o querer pasar una tarde viendo una película en pareja en lugar de estar agendando momentos para verla online a distancia.
Desde esa herida invisible, Marian Rojas recuerda que "migrar no es solo cambiar de lugar" y que "pertenecer no es solo vivir en un sitio". Es decir, la profesional comenta que el contexto importa y marca profundamente la vivencia emocional: "Cuando migras por elección hay duelo, pero cuando migras por supervivencia, además hay trauma". La incertidumbre se instala y afecta a la identidad, porque "es difícil construir identidad cuando no sabes si te vas a quedar". Según ella, vivir sin saber si habrá continuidad impide sentirse completo en el presente.
El cuerpo y la mente pagan el precio de esa adaptación constante. Y, aunque existen ventajas positivas como las que comentaba Elsa Pataky (sobre todo la de encontrarse a una misma), los días pesan: "El cerebro cambia con la experiencia, nada es fijo, todo se reorganiza", señala en el episodio. Pero ese cambio no es neutro, sino que, en sus palabras, "requiere una energía cognitiva constante, todo el rato". Por eso, en el día a día, "todo te cuesta mucho más. Memorizar, prestar atención". No es falta de capacidad, es un sistema saturado por el esfuerzo de encajar.
Por qué se produce el duelo migratorio
Si alguna vez has viajado solo, tan solo unos días, y en algún momento has sentido la necesidad de terminar el día tomando algo en un bar con tus amigos, o de comentar lo que acabas de ver con alguien de confianza, entonces has tenido una primera aproximación, y muy ligera, de lo que podría generar este duelo migratorio en una persona. En esos momentos has sentido la falta de compañía, pero una persona que trata de rehacer su vida en otro destino vive esa misma sensación a menudo.
En ese sentido, como señala Marian Rojas, "cuando migras pierdes la casa externa y la única estabilidad real está en tu cuerpo". Lo que aparece entonces no debería sorprendernos: "es un sistema nervioso tratando de adaptarse a lo nuevo" y "es normal que notes cansancio miedo voces interiores, que te cueste lidiar". Nombrarlo ayuda a dejar de vivirlo como un fallo personal.
Lejos de empezar de cero, Marian Rojas insiste en que "cuando alguien migra no llega vacío", sino que llega "con recuerdos, recetas, tradiciones, su manera de ver el mundo". El reto está en "crear un hogar nuevo con eso que traías en tu corazón en tu mente y en tus recuerdos sin soltarlo". No se trata de olvidar, sino de integrar.
Cómo comenzar a crear tu hogar en un nuevo destino
Aunque Elsa Pataky comentó que sabía que siempre podía volver a casa y eso era un respaldo seguro, este caso no es el de todo el mundo. Por eso, construir ese hogar del que habla Marian Rojas es esencial, pero no es algo que ocurra de golpe ni depende solo del lugar. Existen algunas estrategias que puedes seguir para tratar de hacerlo:
- Empieza por el cuerpo. Si la única estabilidad real está ahí, aprender a regularlo es clave: rutinas de sueño, movimiento diario, comidas reconocibles. Se trata de adoptar prácticas que te ayuden a rendir más, de enviar al sistema nervioso el mensaje de que no todo es amenaza.
- Relacionarse con otros. No hace falta una gran red, sino vínculos con nombre propio. Puedes descargarte aplicaciones de personas que quedan para hacer actividades juntas, apuntarte a talleres de alguna actividad que te interese o ir a clases grupales en el gimnasio. La pertenencia no se construye con cantidad, sino con repetición: verse, escribir, compartir silencios. Ahí empieza a diluirse la sensación de ser extranjero todo el tiempo.
- Anclar la vida en pequeños rituales. Ir siempre al mismo café, cocinar una receta de casa los domingos, caminar una ruta conocida. Las rutinas crean previsibilidad, y la previsibilidad genera seguridad. No sustituyen al país que se dejó atrás, pero crean un suelo emocional donde apoyarse mientras todo lo demás cambia.
- Aceptar la dualidad. No elegir entre el lugar de origen y el de destino, sino permitir que convivan. Integrar lo que se fue con lo que se está construyendo es, en sí mismo, una forma de hogar.
Quizá, como concluye la psiquiatra, "el hogar no es un lugar una casa, sino algo más sencillo". Puede ser "que el cuerpo aprenda a calmarse. Un par de personas que te llaman por tu nombre, un lugar donde poco a poco dejas de sentirte extranjero y sientes qué cariño, qué red, qué rutinas". Migrar, al final, es "es aprender a vivir con dos mapas dentro de ti".







