España se implica en una paz segura que Rusia hace imposible
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Han pasado 11 meses desde que el presidente de Francia, Emmanuel Macron, organizara apresuradamente a los líderes europeos en respuesta a las señales de Donald Trump de que podría retirar el apoyo estadounidense a Ucrania, dejando a los europeos vendidos ante el expansionismo de Vladimir Putin. Este martes, Estados Unidos respaldó por primera vez a la amplia coalición de aliados de Ucrania al comprometerse a proporcionar garantías de seguridad que incluirían compromisos vinculantes para apoyar al país si es atacado nuevamente por Rusia.
España anunció que propondrá su ayuda militar para consolidar la paz en Ucrania una vez que se haya negociado allí un alto el fuego. "El Gobierno español propondrá que abramos la puerta a la participación militar en Ucrania", afirmó Sánchez, matizando que discutirá dicha participación con los principales partidos, que en una variedad de temas le son cada vez más esquivos.
Hay un objetivo común, pero compromisos dispares por los costes asimétricos que cada capital percibe. Gran Bretaña y Francia han reiterado que están dispuestas a desplegar tropas en Ucrania tras un acuerdo de paz. España también da el paso, aparentemente. Italia, de momento, no: aunque es un aliado OTAN comprometido, su prioridad histórica es la seguridad en el sur del Mediterráneo ante los desafíos de la migración o el Sahel. Polonia sigue donde estaba: ayuda material a Ucrania, pero las tropas en casa para consolidar disuasión ante lo que venga porque Varsovia se siente primera línea frente a Rusia.
Antes gran parte de la discusión se centraba en las promesas de ayuda militar para las fuerzas de Ucrania, pero ahora la acción se centra en las garantías jurídicamente vinculantes para ayudar a Kiev en caso de un nuevo ataque de Moscú en el futuro: la UE está escarmentada de 2014 y sabe que es posible.
Aunque las noticias sobre el apoyo que Estados Unidos y Europa podrían ofrecer a Ucrania después de la guerra son interesantes, chocan con dos muros que impiden divisar el futuro. Primero, aún estamos lejos del final de la guerra, dado que Rusia no ha mostrado señales de estar dispuesta a dejar de luchar.
En Moscú el factor Trump, que este año podría chocar directamente con la OTAN por Groenlandia, incentiva seguir apostando por guerrear. En segundo lugar, Rusia se ha opuesto reiteradamente al envío de este tipo tropas de países de la OTAN a Ucrania para supervisar el cese de las hostilidades. La UE y Ucrania se ven en el endiablado escenario de elegir entre avanzar en la negociación o forjar una paz que no sea una emboscada.
Kiev aspira a unas garantías de seguridad que ella sola no puede proporcionar, y Moscú no renuncia a unas garantías de inseguridad para Ucrania -ni entrada en la OTAN, ni un ejército grande, ni tampoco tropas de países de la Alianza supervisando la paz sobre el terreno- que impiden cerrar un compromiso.
Los expertos siempre han dudado de la capacidad de Europa para reunir tropas listas para el combate rápidamente. La consecuencia práctica de la cita de París es que la coalición tenderá a una estructura modular: algunos países aportan presencia -tropas- y otros aportan capacidades como información de Inteligencia, logística, formación, policía aérea, seguridad marítima o regeneración militar.
El presidente Vladimir Putin en su tradicional mensaje de Año Nuevo a la nación rusa.EFE
Europa quiere -aunque no sabe si puede- salvaguardar la soberanía de Ucrania a través de capacidades militares reforzadas y un mecanismo sólido para monitorear cualquier eventual alto el fuego. Pero también habría "compromisos vinculantes para apoyar a Ucrania en el caso de un futuro ataque armado por parte de Rusia con el fin de restablecer la paz". Entramos en la difícil cuestión de "las garantías de seguridad" que tendrían esas tropas que encarnan a su vez "las garantías de seguridad para Ucrania".
Aunque no sea necesaria la presencia de tropas estadounidenses sobre el terreno, la disuasión en forma de misiles de mediano alcance y, en última instancia, armas nucleares sigue siendo crucial. Pero la facilidad con la que Putin ha jugado con Trump en los últimos meses y semanas -hace unos días, haciéndole asumir sin más que los ucranianos habían atacado su palacete fortificado en el enclave ruso de Valdai- desata dudas sobre hasta qué punto puede fiarse Ucrania y Europa de la percepción de la realidad de líder norteamericano. No es descabellado -aunque lo parezca- un escenario en el que soldados europeos sean atacados en Ucrania (Rusia ya ha advertido que serían "objetivo legítimo") y el Kremlin asegure que se han bombardeado ellos solos.
MARCO FLEXIBLE
El marco será el carácter voluntario de la participación de los países en una futura fuerza multinacional y el requisito de que se sigan los procedimientos constitucionales de cada país antes de prestar asistencia en caso de un nuevo ataque. En esa coyuntura, España puede permitirse no comprometer tropas a priori, pero sin excluir contribuciones futuras, siempre y cuando haya alto el fuego verificable, una misión definida y, por último- y en el caso de tardosanchismo cada vez más incierto-, un respaldo político en el Parlamento. España arrastra presión por gasto en defensa y algunos roces por su postura, el paso adelante de Sánchez aligera esa carga.
Las fuerzas europeas tendrían dificultades para garantizar la paz en Ucrania sin el apoyo de Estados Unidos. El acuerdo clarifica el papel de EEUU, sin llegar a poner "botas sobre el terreno". En la balanza pone capacidades que Europa no tiene -servicios de Inteligencia y logística-, y se compromete a impulsar desde lejos verificación, aunque sea políticamente, con la credibilidad que para los ojos de Rusia tiene Washington y que no tiene Europa.
La cuestión es qué combinación de garantías, monitorización, regeneración militar ucraniana y fuerza multinacional crea una disuasión creíble.
La amenaza de Trump de apoderarse del territorio danés semiautónomo de Groenlandia es un riesgo para la OTAN. Si ocurriese con Rusia avanzando en Ucrania sería desgraciadamente la tormenta perfecta para la UE. Es otro de los factores que impulsan a los líderes europeos a escribir a toda prisa el capítulo de cómo conservar la paz antes de que EEUU, Ucrania y Rusia hayan avanzado en el de cómo alcanzarla.
