La cara más desconocida de Cayetana de Alba: madre estricta y abuela 'loca' por sus nietos Tana, Luis y Amina
Cuenta Cayetano Martínez de Irujo que su madre “estaba loca con mis mellizos”, sus hijos Luis y Amina. Esta es una de las revelaciones que el duque de Arjona hace en La última duquesa, un homenaje a Cayetana de Alba, que publicará La Esfera de los Libros el 25 de marzo, como tributo a la aristócrata en el centenario de su nacimiento. El libro, que ha escrito en colaboración con Ana Fernández Pardo, no sólo muestra el legado de esta mujer extraordinaria e irrepetible, sino que también ofrece un estudio muy detallado de la vida de la duquesa, de lo que no se conoce, secretos y sorpresas, como sus diferentes facetas como madre y abuela, que ahora ven la luz.
“Mis hijos tienen un grandísimo recuerdo de su abuela, la tienen muy presente. Me alegra profundamente que hayan podido disfrutar de la mejor versión de mi madre. Con ellos nunca hizo gala de su mal genio”, nos confesó el duque de Arjona en la entrevista que concedió a ¡HOLA! recientemente en su finca sevillana de Las Arroyuelas. "Ella era 'Wea' o 'Lala', pero no 'abuela'. Y lo era de sus nietos más pequeños porque decidió ejercer como tal en sus últimos años", relata Cayetano de aquella época en la que sus hijos y su sobrina Tana Rivera vivieron en palacio.
“Los primeros nietos la pillaron todavía muy activa, porque era joven de espíritu, de mentalidad y tardó mucho en ser mayor —continúa el duque de Arjona—. Entonces, al igual que a sus hijos, a excepción de Eugenia, que fue su gran pasión, no les hizo mucho caso. Se empezó a centrar en sus nietos cuando nació Cayetana y después con Luis, que es un calco mío, y Amina. Fue con ellos con los que realmente se proyectó como abuela y creo que los tres tienen mucho de ella. Todo aquello en lo que a nosotros nos educó de forma muy estricta, pues a ellos los deseducó de la misma forma estricta”.
"Disfruto malcriándolos"
A través de las páginas de La última duquesa, descubrimos que junto a sus nietos, Cayetana volvió a ser como una niña. “En los últimos años, la habitación de mi madre en Liria parecía Disneylandia. Todo rosa y lleno de peluches (...). El cuarto de mi madre pasó a ser un cuarto infantil. Era como si tratara, en sus últimos años de vida, de recuperar su infancia perdida. Sus nietos se convirtieron en los cómplices necesarios, en los compañeros de juegos que nunca había tenido”. Y en verdad, la férrea Cayetana, con Tana, Luis y Amina se derretía, como narra su hijo en el libro. “Un día me encontré a los tres saltando en la cama de mi madre y tirando las cosas al suelo. Como es lógico, les reñí: ‘Oye, ¿estáis locos o qué? Parad ya de saltar’. La duquesa, que a nosotros cuando éramos pequeños ni siquiera nos dejaba sentarnos en una silla para no estropearla y nos hacía permanecer de pie en su presencia, me contestó indignada: ‘Haz el favor de dejarlos, que eres un torturador’”. Antes que Cayetano, la duquesa de Alba ya lo contó en sus memorias: "Si como madre no he sido perfecta, como abuela hago lo que me da la gana. Disfruto malcriándolos".
A la aristócrata también le encantaba llevarse a sus tres nietos pequeños a Ibiza en verano. Allí, se iba con ellos a una tienda de juguetes “y les compraba de todo. Dos Nintendos a cada uno, de dos colores distintos, con cinco juegos o los que quisieran. Para ellos, era su plan favorito del mundo. ‘¿No queréis otra?’, decía Lala, dispuesta a regalarles una nueva consola. Y mis hijos, temiendo que yo luego les regañara, respondían prudentes: ‘No, no, de verdad que no queremos más’. Y mi madre continuaba, haciéndose la ofendida: ‘No me queréis nada’, una frase que, por lo visto, debía de repetir con cierta frecuencia porque los tres me la han mencionado en más de una ocasión. Mi madre quería demostrar su amor regalándoles cosas y se disgustaba si no lo aceptaban”.
“Mi hijo Luis recuerda que una vez en Ibiza se le cayó un diente y el Ratoncito Pérez le trajo un billete de cincuenta euros. Yo me enfadé muchísimo con el Ratoncito y le prohibí terminantemente que volviera a hacer algo así. No sabré nunca si, desde ese momento, la duquesa acató mi orden o si los tres se volvieron cómplices en mi contra”, escribe el duque, que también ostenta el título de Conde de Salvatierra.
Tana, su debilidad
En el libro, Cayetano recuerda que cuando su hermana Eugenia iba a ser madre, “la duquesa la presionó para que se quedara en Sevilla el último mes de su embarazo porque quería tener una nieta sevillana como fuera. Y lo logró, porque mi sobrina nació en el hospital Virgen de Fátima de la capital andaluza”. Además, Tana lleva su nombre. “Como decía mi madre: ‘Es un poco gitanilla, como su abuela, porque tiene alma de sevillana’. Comentándolo con mi sobrina, ella me reconoce, sonriendo, que efectivamente mi madre le insistía siempre: ‘Tú te tienes que ir a vivir a Sevilla, ¿eh?’. La verdad es que ambas se parecían mucho y tenían muchas aficiones comunes”.
El flamenco y la tauromaquia eran algunas de las pasiones que la duquesa compartía con su nieta: “Tana bailaba sevillanas en el cuarto de mi madre, que no dudaba en corregir su postura e indicarle cómo debía colocar los brazos. También disfrutaban mucho en los toros. Mi sobrina lamenta que su abuela se haya ido tan pronto porque está convencida de que ahora, que ella también es más adulta, harían mil planes juntas en ‘su’ tierra. Nos pide siempre que le contemos anécdotas y vivencias de ella, para tenerla más presente y conocerla mejor”.
Cayetano desvela también que Tana le ha contado que “en Sevilla le encantaba llevar a sus amigas a las Dueñas y entrar todas juntas en el cuarto de mi madre, que se moría de risa, tumbada en la cama, cuando las veía aparecer. Entonces, mi sobrina le decía: ‘Venga, Wea, háblale en todos los idiomas que sabes’. Y la duquesa presumía diciéndoles cosas en los cinco idiomas que dominaba (español, inglés, francés, italiano y alemán)”. Tana, como afirma su tío, echa especialmente de menos a su abuela materna “en sus cumpleaños porque le encanta celebrarlos y piensa en lo mucho que disfrutaría la duquesa en estas fiestas. Estoy seguro de que allá donde esté, la duquesa celebra bailando todos los logros de su nieta”.
Para muestra de la debilidad que sentía por sus nietos más pequeños, el aristócrata y jinete descubre en La última duquesa que tras Barcelona 92, su madre decidió vender la tiara rusa de platino y brillantes, que había heredado de su abuela, duquesa consorte de Híjar, "para comprarme un caballo de salto, al que bauticé con el nombre de Gigoló”. Tana le hizo una pulserita "con cuentas en forma de bolitas con el nombre de mi madre". A la duquesa le hizo tanta ilusión que no se la quitaba jamás. Y también iba con su pulserita de bolitas a todos los viajes. “En uno a Italia, junto a Alfonso y mi hermana, Eugenia, mi madre se despertó una mañana y no la encontraba. Se volvió loca llamando a todo el mundo para que la ayudaran a buscarla (terminó apareciendo)… Es llamativo que mi madre estuviera dispuesta a desprenderse de la tiara rusa y no fuera capaz de soportar el extravío de una pulserita de bolitas… Las tiaras se pueden adquirir en joyerías; las pulseras de bolitas diseñadas por una nieta, no".
Entre las mil anécdotas de la duquesa con los pequeños de la casa, Cayetano también recuerda con humor una que contó su excuñado Fran Rivera en un programa de televisión y que sucedió durante una Semana Santa cuando su sobrina era todavía muy pequeña. “El torero llegó a recoger a Tana al palacio de Las Dueñas un Miércoles Santo y la encontró vestida de nazareno de los Gitanos y correteando por la casa. ‘Papá, este año salgo en los Gitanos’, le dijo a su padre. ‘Bueno, mi vida, si así lo quieres…’, respondió él, resignado, pero con un ‘as bajo la manga’. ‘¿Dónde prefieres salir: en Triana o en los Gitanos?’, continuó. Mi sobrina contestó: ‘Primero en los Gitanos y luego voy a Triana’. Pero su padre le advirtió, intuyendo lo que iba a suceder a continuación: ‘Es que si sales en los Gitanos, no te da tiempo a llegar a Triana. No te preocupes, ya sales en Triana el año que viene’. Tana se quitó entonces el capirote y le dijo a mi hermana: ‘Mamá, me voy a Triana’. Mi madre reflexionó en alto: ‘Ya sabía yo que la habíamos perdido’. ¿Era o no era dramática la duquesa? Obviamente, salió en Triana para satisfacción de su padre”.
El pelo mojado
“A la duquesa le gustaba que sus nietos bajaran a cenar con ella. Amina y Luis me cuentan que mi madre pedía al servicio que colocaran dos mesitas plegables al lado de su cama. Así cenaban charlando con ella mientras ella permanecía tumbada en la cama. Y siempre les tenía preparadas galletas "moscovitas", que eran sus preferidas, además de un cajón de su mesilla de noche repleto de caramelos y chocolates”. De aquellos encuentros entre la duquesa y los mellizos, Cayetano relata otra curiosidad: “Mi hijo recuerda que mi madre siempre les echaba la bronca por bajar con el pelo mojado. Es que se disgustaba de verdad, convencida de que se iban a enfermar. Luis me confiesa que aún hoy, cada vez que sale de la ducha y está con el pelo mojado, se acuerda de su abuela”.





