La provincia italiana más romántica: colinas, pueblos medievales y el lugar donde descansa san Valentín
Entre suaves y verdes montes y los Apeninos en el horizonte, Umbría compone el paisaje medieval por excelencia. La capital de la región es Perugia, y Terni la segunda. No es de esos lugares que más suenan fuera de Italia, pero sí un destino para dejarse enamorar, porque aquí nació y está enterrado san Valentín. El santo fue un sacerdote del siglo III que se convirtió en obispo de su ciudad a los 21 años y era conocido por dar la bendición en secreto a matrimonios que habían sido prohibidos por el emperador romano de la época. Martirizado en Roma el 14 de febrero del 273 d.C., sus reliquias se guardan en la basílica que lleva su nombre, junto al parque delle Grazie.
Cada año, el domingo más próximo a esta fecha, se celebra en Terni la fiesta de la Promesa, una celebración religiosa en la que parejas de toda Italia (y hasta del mundo entero) llegan hasta aquí para prometerse amor eterno o renovar sus votos ante el altar del santo en un acto muy emotivo.
Más allá del romanticismo, Terni es una ciudad interesante que presume de un notable patrimonio. El paseo por el centro histórico suele comenzar muy cerca del río Nera, que la cruza, en el Corso del Popolo. Aquí se alza Lanza de la Luz, el obelisco de Arnaldo Pomodoro, símbolo de modernidad, que contrasta con el Anfiteatro Romano, construido en el año 32 a. C. El vestigio más destacado de la Interamna romana, erigido por encargo de Fausto Tito Liberale, tenía capacidad para unos 5000 espectadores y, aunque gran parte de su estructura superior se ha perdido, los muros, galerías y gradas que se conservan permiten imaginar los espectáculos que allí se realizaban.
El gran monumento se encuentra en el parque de la Passeggiata, el pulmón verde de la ciudad, por el que los ternani pasean, montan en bicicleta, se encuentran y a veces se enamoran, y al que siempre se puede volver para encontrar descanso.
De épocas pasadas se conservan también las murallas de origen romano y medieval, las puertas de Sant’Angelo y Spoletina, y torres como la dei Castelli o la de Barbarasa, una de las mejor conservadas, que guarda incluso memoria de uno de los episodios más duros de la ciudad: la epidemia de peste del siglo XVII. Para contextualizar la historia de Terni, ningún lugar mejor que el Museo Arqueológico Claudio Giontella, donde las inscripciones, mosaicos y objetos de dan buena cuenta de su pasado.
La vida urbana gira en torno a plazas amplias y animadas, la del Popolo es la plaza histórica, donde se encuentra la elegante catedral de Santa Maria Asunta, varios palacios —el de la noble familia Spada, el del Podestà–, y cafés y tiendas en edificios porticados. En la plaza de Mario Ridolfi se alza el Palazzo Spada –sí también de la misma familia—, que hoy alberga el ayuntamiento. Justo detrás, los callejones se ramifican en un laberinto donde van apareciendo iglesias y palacios, como el Palazzo di Carrara, con su elegante y sobria fachada renacentista, que acoge la biblioteca municipal, discreta por fuera y sorprendente por dentro.
Para ver cómo Terni pasó de ser una ciudad romana y medieval a un centro industrial moderno, y cómo la industria moldeó barrios, arquitectura y vida cotidiana, es necesario salir de las murallas y llegar a la zona entre la piazza Valnerina, la estación de ferrocarril y el Colle di Pentina. Allí, a partir de la segunda mitad del siglo XIX surgieron las industrias más importantes del centro de Italia: la Fábrica de Armas, el Jutificio Centurini y la siderurgia, razón por la cual Terni llegó a ser conocida como “la ciudad del acero”.
Y si Terni conquista a los enamorados con su historia, atención a todo lo que tiene que ver con el paladar, porque la región de la Umbría es rica en vinos elaborados con uva sagrantino, trufa negra y tiene sus propias variedades locales de pasta, como los strozzapretti, conocidos de forma más divertida como estrangulacuras. Para dar buena cuenta de ello, restaurantes como Lillero Trattoria (@lillerotrattoria), Trattoria Umbra u Oste Della Mal’Ora (ostedellamalora.com).
La provincia de Terni es mucho más que la ciudad y sus principales atractivos. Cuenta también con un buen puñado de pueblos medievales y pintorescos que merecen una visita. Entre ellos destaca Orvieto, situado sobre un promontorio de toba volcánica, famosa por su duomo gótico, el Pozzo di San Patrizio y sus calles estrechas llenas de encanto. Pero también Arrone, sobre el río Nera, y Ferentillo, famoso por su fortaleza medieval, su casco antiguo y sus criptas con frescos, muy bien conservadas.
LA NATURALEZA A UN PASO
Terni es también una puerta abierta a la naturaleza. Desde la ciudad se accede fácilmente al valle montañoso de la Valnerina que esconde bosques, gargantas, senderos y las imponentes cascadas de Marmore, uno de los saltos de agua artificiales más altos de Europa que, aunque son un atractivo natural, en realidad fueron construidas por los romanos para desviar el agua del río Velino y evitar inundaciones en la zona. Con 165 metros de altura, son el gran atractivo del Parque Fluviale del Nera.
Conectado con el Nera, el lago Piediluco de origen natural y rodeado de colinas y bosques, es otro escape de la ciudad para paseos y actividades al aire libre. Y a unos 15 kilómetros de Terni, cerca de la localidad de San Gemini, se encuentra la zona arqueológica de Carsulae, situada a lo largo de la histórica vía Flaminia, que conectaba Roma con el norte de Italia. Este yacimiento conserva restos de una ciudad romana del siglo III a.C., incluidos templos, foro, anfiteatro, calzadas y arcos, que permiten imaginar la vida urbana de la época y muestran cómo Carsulae formaba parte de las rutas comerciales y estratégicas de la antigua Roma.







