La última cerveza antes de morir y otros momentos icónicos del duque de Edimburgo cuando se cumplen 5 años de su funeral
Se cumplen 5 años del funeral y entierro del príncipe Felipe, marido de Isabel II y duque de Edimburgo. Desde entonces sus restos reposan en la bóveda real de la Capilla de San Jorge del Castillo de Windsor, la residencia favorita de la realeza británica y de la que tomaron el nombre esta dinastía de origen alemán. El funeral que se celebró el 17 de abril de 2021 fue único: reflejó su personalidad pragmática y fue sumamente solemne a la vez que familiar y con una dramatización de todo contenida, como una buena marcha militar. Este final fue épico, propio de un hombre que fue teniente de la Marina Real británica antes que consorte y todo un visionario en lo que a modernización de la monarquía se refiere. Felipe de Edimburgo fue de los primeros en entender el poder de un buen espéctaculo y después de coronaciones, bodas reales y jubileos, diseñó el único acto en el que sería el verdadero protagonista, el unico al que no entraría caminando detrás de Isabel II, si no en un espectacular Land Rover Defender en verde bronce. Ese final lo tuvo todo: la soledad de la reina, la tristeza del entonces príncipe Carlos, el estoicismo de la princesa Ana, la reaparición el desterrado Andrés, el conflicto entre los príncipes Guillermo y Harry... Lo que no sabríamos es que cinco año después, ese final todavía sería más legendario, al revelarse, una vez muerta Isabel II, que el príncipe Felipe se fue sin despedirse y que su última noche esquivó a las enfermeras para servirse una última cerveza. Este, y otros episodios, hacen de él un personaje real del todo extraordinario.
La melena del vikingo
Felipe de Edimburgó nació príncipe de Grecia y Dinamarca y tuvo una infancia marcada por el exilio de la realeza griega, los recursos limitados y la separación familiar. Su madre terminó en un sanatorio mental, su padre optó por una vida en Mónaco y sus cuatro hermanas mayores se casaron con príncipes alemanes, con lo que eso suponía en la Europa de entreguerras. En ese contexto, para un príncipe europeo sin patria, sin dinero, sin estabilidad y casi sin familia, la Marina Británica se presentó como una vía de ascenso, legimitad y propósito. Las biografías coinciden en que además era naturalmente bueno para esto: tenía resistencia física, era competitivo, buena ténica y liderazgo natural. Vestía el uniforme de gala, medía más de un metro ochenta, era rubio con los ojos azules y tenía 18 años el día que la princesa Elizabeth lo vio por primera vez, ella tenía solo 13 años pero ya era la futura reina del país que él mismo defendería poco después, durante la Segunda Guerra Mundial.
"Qué alto salta". Esta frase es la que recoge una de las biografías que ha contrastado Robert Hardman para confimar la idea extendida de que ella se quedó prendada desde el minuto uno del militar con "melena de vikingo" al que conoció durante una salida oficial con sus padres a la Real Academia Naval de Dartmouth. En este caso, la versión sensacionalista del amor a primera vista es plausible para el citado biógrafo y para la joven princesa. Poco después de ese viaje a Devon, las princesas desaparecerían durante casi seis años. Habría apariciones espontáneas en fotografías de periódicos previamente aprobadas o imágenes del noticiario o se las escucharía alguna vez en la radio. Pero, desde el momento en el que los tanques alemanes entraron en Polonia, se haría referencia a su paradero con términos como "en el país".
El injusto trabajo de no estorbar
Buena parte de los momentos icónicos que dio en príncipe Felipe durante sus 69 años como consorte derivan de la personalidad de un hombre que había sido formado para liderar y se quedó con el papel de acompañar desde el mismo momento que se casó con Isabel II en 1947. Ese choque entre su temperamento y su función formaron parte de su personalidad (con frases míticas como "Mi trabajo es no estorbar") y vio reprimidos muchos de sus deseos, como cuando comenzó a sacarse su licencia de piloto y el Primer Ministro, Winston Churchill, le preguntó si su plan era terminar con la familia real.
Con el tiempo descubrió que su papel se podía redefinir sin llegar a romper. Mientras Isabel II asumía la jefatura del Estado, el príncipe Felipe se encargaba de algo no menos importante, la familia real, la superviviencia de la dinastía y la formación y vida pública de sus cuatro hijos, los príncipes Carlos, Ana, Andrés y Eduardo.
"Carlos es romántico y yo soy pragmático. Eso significa que vemos las cosas de forma distinta”
Con respecto al relación con los hijos, un tema muy complejo en un tiempo en el que la reina tenía que demostrar que la maternidad y el hecho de ser mujer no le impedían ocupar la jefatura del Estado, tanto historiadores como personalidades que han frecuentado a ambos coinciden en que la princesa Ana era la que más se parecía al duque de Edimburgo. Directa y dura, con ella era con la que más tiempo libre pasaba. Sin embargo, el príncipe Carlos tenía una personalidad distinta que el propio duque explicó con un frase que lo dice todo: "Carlos es romántico y yo soy pragmático. Eso significa que vemos las cosas de forma distinta".
A esto se le añade otra capa que complicaba su relación: Carlos era el príncipe de Gales y tenía que ser formado como futuro rey. Tan compleja era la relación entre el actual rey y su padre, que surgió una figura que sirvió de puente, Louis Mountbatten, el tío "Dickie", tío de Felipe de Edimburgo y tío abuelo del príncipe de Gales, que se convirtió en guía del heredero hasta que fue asesinado por el IRA en 1979. Episodios como este, que marcan la vida de una familia que además es símbolo del Estado, demuestran que el apodo de "eterno consorte", que con frecuencia se ha puesto al duque de Edimburgo no encajan del todo con su biografía. Esa descripción es más bien pasiva para un hombre que fue todo lo contrario, ya que a su manera se adaptó a su papel, usó el humor como herramienta política y tuvo una capacidad extraordinaria para sostener a la institución durante casi 70 años.
El 'rey' de la televisión
El príncipe Felipe no creó el concepto de la profesionalidad de la institución, eso que ellos llaman The Firm, pero sí modernizó la estructura interna, impulsó la comunicación pública, presionó para introducir la realeza en la televisión e introdujo dinámicas más corporativas en el funcionamiento de la casa real. La biógrafa Sally Bedell Smith cuenta que fue él quien presionó para abrir la ceremonia al público y llevarla a la televisión (algo a lo que también se negaba Churchill) El éxito fue tal que a lo largo de los años se han seguido retransmitiendo en directo, tanto dentro como fuera del Reino Unido, todas las ceremonias importante que marcan la vida de los Windsor.
Hay que recordar que para la curiosa investidura de Carlos III como príncipe de Gales se llegó a diseñar un plató de televisión dentro del castillo gales de Caernarfon y que el duque de Edimburgo junto a su cuñado, Antony Armstrong-Jones, fotógrafo y cineasta, se aseguraron de que las cámaras pudieran grabar desde todos los ángulos y que esa ceremonia se viera en directo en el Reino Unido y en todos los territorios de la Commonwealth.
La barbacoa, la cerveza y otros placeres
Diana de Gales, los príncipes Guillermo y Harry e incluso biógrafos e historiadores, tarde o temprano, acaban mencionando una barbacoa cuando hablan o escriben del duque de Edimburgo. El príncipe Felipe era el encargado absoluto del fuego y de las parrillas en los veranos de Balmoral y pedía atracar el yate Britannia para poder hacer barbacoas en tierra firme. Sus nietos hablan de salchichas y venado, pero también hay una anécdota de unos espaguetis boloñesa que pasaron por su fuego, al que nadie podía acercarse.
Bien sabido es que su bebida era la cerveza, eso siempre se supo ya que si podía la elegía en contextos oficiales. Lo que ha venido a rematar esa devoción por una bebida muy británica es que en su última noche con vida, la de 8 de abril de 2021, esquivara a las enfermeras para beberse una última pinta. Anécdotas como esta ha hecho que pase a la historia como un hombre de placeres sencillos, casi austeros. Así como la Reina Madre, su suegra, se ha documentado como una gran derrochadora, el duque de Edimburgo parece que se mantuvo con hábitos militares y lujos espartanos casi hasta el final de sus días. A menudo se le ha descrito como frugal, algo que contrasta con la imagen de la monarquía británica, incluso en sus aficiones.
A diferencia de otros miembros de la realeza, el príncipe Felipe no era de acumular coches caros, lo que le gustaba verdaderamente era la mecánica, montar y desmontar piezas y conducir. Un signo de independencia y libertad que también resaltan los que han estudiado su figura. Al marido de Isabel II le gustaba tener sus horarios, sus rutinas, su margen de movimiento y una autonomía personal que trató de mantener hasta el final incluso cuando la prensa británica se escandalizaba al verlo conducir por los terrenos de Windsor con una edad ya avanzada.
Del polo a los coches de caballos para terminar de chófer de los Obama
Felipe de Edimburgo fue el que convirtió el polo en una tradición familiar, después de aprenderlo en Malta tras la Segunda Guerra Mundial, enseñado por su tío Lord Mountbatten. Desde entonces, él impulsó el deporte en Inglaterra, fundó equipos y clubes, y lo transmitió a su hijo, el príncipe Carlos, y a sus dos nietos, los príncipes Guillermo y Harry. Sin embargo, cuando el marido de la reina cumplió los 50 años le aconsejaron una retirada y entonces buscó un deporte que le diera la misma velocidad, técnica y adrenalina sin el impacto físico del anterior. Así nació su relación con el carriage driving, que entonces era una disciplina casi nueva, que él mismo contribuyó a profesionalizar y cuya pasión ha heredado su nieta pequeña, Lady Louise.
Competidor nato, el príncipe Felipe no se conformaba con entrenar en terrenos reales, así que inició una carrera competitiva que duró décadas, incluso en campeonatos internacionales, y lo siguió haciendo hasta que pudo. Uno de los símbolos más emotivos de su funeral, fue precisamente el que su coche, sus caballos, su gorra y sus guantes, todo listo como si fuera a montarse en cualquier momento, contemplaran pasar su cortejo fúnebre.
El príncipe Felipe tuvo accidentes y muchas anécdotas sobre su faceta de conductor, pero ninguna como el día que dejó sin palabras a la delegación estadounidense y a los servicios de seguridad del presidente Barack Obama, cuando a sus 94 años se presentó como el conductor que llevaría al presidente estadounidense y a la primera dama. Sucedió en abril de 2016, durante la visita oficial de los Obama al Reino Unido en la que se inmortalizó al pequeño príncipe George en albornoz, el duque de Edimburgo decidió ponerse él mismo al volante del Range Rover oficial para recoger al matrimonio en el helipuerto de Windsor.
El protocolo había previsto un chófer y un dispositivo de seguridad cerrado, pero el príncipe Felipe apareció conduciendo, impecable y decidido, y los Obama subieron sin dudar: el presidente en el asiento delantero junto a él; Michelle Obama detrás, junto a la reina. El trayecto fue breve, pero se convirtió en una escena icónica: un consorte nonagenario, vital y orgulloso, llevando personalmente al presidente de Estados Unidos desde el Marine One hasta la puerta del Castillo de Windsor. Para la seguridad del presidente fue una sorpresa; para quienes habían tratado a príncipe Felipe, una genialidad y una confirmación de su carácter: independiente, práctico y dueño hasta el final.




















