La verdad después de las fake news
Mario Campos (CDMX, 1975) escribe como si estuviera dando una clase. Plantea un problema, lo vuelve inteligible y ofrece herramientas para encararlo. Esa vocación pedagógica define Batalla por la verdad. Cómo sobrevivir a la era de las fake news (Aguilar, 2026). No es un libro para expertos en comunicación política o plataformas digitales, sino para quienes viven expuestos a la desinformación en sus formas más cotidianas: al rumor que llega al teléfono, al audio alarmista, al titular tramposo, a la propaganda disfrazada de dato. Campos no escribe desde la arrogancia de quien sólo aspira a dialogar con sus pares, sino desde la urgencia cívica de alguien que entiende una vulnerabilidad compartida. Todos podemos creer demasiado pronto. Todos podemos reenviar sin verificar. Todos podemos confundir una emoción intensa con evidencia incontrovertible.
Campos evita la trampa de asumir que las noticias falsas son algo novedoso. Sabe que la mentira, el engaño y la manipulación siempre han acompañado a la vida pública. Lo nuevo son, más bien, las condiciones en las que ese fenómeno se desdobla hoy: un ecosistema informativo dominado por la saturación, la falta de reglas y la monetización de la subjetividad; una cultura más relativista y desconfiada; tecnologías no sólo ubicuas sino capaces de producir y distribuir falsedades de manera inmediata; una política polarizada y más orientada por las narrativas que por los hechos. Las fake news no nacieron con internet, pero internet les dio una escala, una velocidad y un poder que nunca habían tenido.
La desinformación no produce solo confusión. Produce daño. Una voz clonada puede consumar una extorsión. Una imagen pública puede usarse para vender un fraude. Una cara conocida puede servir para manipular afectos, pedir dinero o fabricar intimidad. La inteligencia artificial inaugura un mercado oscuro de pornografía a la carta, de pruebas falsas o campañas de desprestigio. En el plano colectivo, la misma lógica puede contaminar decisiones de salud pública, detonar conflictos internacionales, desacreditar instituciones o provocar levantamientos sociales a partir de información falsa. En pocas palabras, la mentira no solo engaña: cobra, avergüenza, enferma, persigue, violenta.
Con todo, Campos no sucumbe al desamparo. Sin asumir la desinformación como una fuerza invencible, despliega un amplio repertorio de soluciones: periodismo de contextualización y fact-checking, tecnología que combate con sus propias herramientas lo que ella misma hizo posible, plataformas que se asuman como algo más que espacios de neutralidad, legislación que se ponga al día sin convertirse en instrumento de censura, y sobre todo alfabetización digital. Aprender a dudar mejor, a corroborar antes de compartir, a distinguir apariencias de realidades.
Pero el libro tiene la honestidad de ir más lejos. Muchas soluciones asumen ciudadanos que no existen: que acceden a la información correcta y la procesan con calma, que resisten la inercia emocional de las redes, que confían en que la verdad se abre paso sola. Ninguna de esas premisas se sostiene. Insistir en ellas es seguir diagnosticando mal el problema. Porque no es técnico, es político. Tiene que ver con el lugar que nuestras sociedades deciden darle a la verdad.
La democracia supone aprender a convivir en el desacuerdo, la competencia y el conflicto. Pero no puede sobrevivir sin un cierto mundo en común. La verdad no nos salva de pelear, nos salva de olvidar por qué estamos peleando.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg
MAAZ