Las bodas de la realeza y la aristocracia tienen todos los elementos para cautivarnos con sus decoraciones, selectas listas de invitados y, por sobre todas las cosas, el vestido de la novia. Sean creaciones realizadas artesanalmente por algún diseñador ultraconocido o reliquias familiares heredadas de generación en generación, muchos de esos looks nos cuentan parte de su historia de amor y escondencuriosas anécdotas que seguramente te interesará conocer.
Pero no solo los trajes despiertan fascinación. Los escenarios elegidos para dar el 'sí, quiero' —palacios cargados de historia, catedrales monumentales, fincas señoriales entre olivares o cortijos andaluces bañados por la luz del sur— se convierten en un personaje más del enlace. El lugar habla de tradición, de raíces y, en muchos casos, de un vínculo íntimo con la tierra que los novios desean compartir. En este artículo volvemos la mirada hacia Andalucía, una comunidad que hoy celebra su día y que ha sido testigo de algunas de las bodas más inspiradoras de los últimos años.
Lady Charlotte Wellesley, su imponente vestido en un pueblo de Granada
El de Alejandro Santo Domingo y Lady Charlotte Wellesley fue un auténtico cuento de invierno y allí estuvieron el rey Juan Carlos, los Grimaldi y hasta la reina Camilla de Inglaterra para presenciarlo. La localidad de Íllora (Granada) se vistió de gala en mayo de 2016, aunque ninguno de los dos ha nacido allí, pero la novia conoce de cerca este pueblo de casi 10.000 habitantes desde pequeña. Para sellar su amor con el empresario colombiano, solicitó los servicios de una de sus mejores amigas, la diseñadora Emilia Wickstead.
Lady Charlotte escogió un estilismo nupcial bastante abrigado, pero tomando en cuenta los vientos y las bajas temperaturas que casualmente pasaron por Íllora ese sábado resultó muy apropiado. Wickstead, una de las diseñadoras preferidas de Kate Middleton y más mujeres de la realeza británica, realizó para su amiga un vestido blanco con espectacular y pesada caída, dos solapas sobre el escote, las mangas largas y los hombros al descubierto.
Inés Domecq, un vestido español y un tocado con hiedra
En 2008, Javier Martínez de Irujo e Inés Domecq se dieron el 'sí, quiero' en el Convento de Santo Domingo, en Jerez. Fue una de las bodas más esperadas del año, ya que se trataba del primer enlace entre los nietos de la Duquesa de Alba. La novia, además, pertenecía a una de las familias con más solera de la sociedad andaluza; hija de Humberto Domecq Ybarra, conocido jinete, y María Jesús Fernández Govantes. El novio llegó al templo del brazo de su madre y madrina, María de Hohenlohe, que vistió un diseño de Lorenzo Caprile en tonos malvas.
Inés, por su parte, optó por un vestido diseñado por Roberto Diz, quien la ha vestido en innumerables ocasiones y con quien ha lanzado más de una colaboración de moda. Se trataba de un traje de hombros marcados, con escote cuadrado y manga larga muy ajustada. En la zona de la cintura tenía un original bordado geométrico y la falda, de silueta A modificada, culminaba en una cola de tamaño medio. Muy original fue la corona de hiedra y azahar con la que adornó su recogido y culminó su look.
Sol de Medina Orleans-Braganza, guiños al linaje familiar
Los Medinaceli se congregaron el 4 de junio de 2024 en la iglesia de San Esteban, ubicada en el sevillano barrio de San Bartolomé, con motivo de la boda de Sol de Medina Orleans-Braganza, condesa de Ampurias y primogénita de los duques de Segorbe, y el ingeniero Pedro Domínguez-Majón. La novia ocupó decenas de portadas con este look en color amarillo de lo más original, protagonizado por un diseño exclusivo de Victorio & Lucchino que recuerda al estilo decimonónico de La Regencia.
El Sol bordado en la parte frontal del vestido es un homenaje al linaje nobiliario de la casa Medinaceli, aportando un especial sentido a la estética aristocrática de la prenda. La cola del vestido, de aproximadamente tres metros de largo, iba rematada por una puntilla antigua, la misma que adorna su bonita mantilla. Sobre esta, reposó la tiara familiar de diamantes y perlas que tanto Laura Vecino como María de Prado llevaron en sus respectivos enlaces.
Jerez de la Frontera recibió a la aristocracia española e internacional cuando esta fue testigo de la boda de Victoria de Hohenlohe-Lagenburg, duquesa de Medinaceli, con su entonces prometido, el asesor financiero de origen francoargentino Maxime Corneille. Ella, que a sus 27 años es la noble con más títulos de Europa, más de 40, confió en Mercedes López de Carrizosa, directora creativa de T.ba, y su hija, Sol Prado, con quienes mantiene una estrecha relación. De hecho, el padre de esta última es padrino de Bautismo de la joven aristócrata.
El vestido de Victoria se confeccionó en crepé, organza de seda y tul bordado con mangas de gasa de seda. El bordado se diseñó especialmente para ella tomando como referencia los mantos de corte de finales del siglo XVIII y se remató a mano con pedrería de cristales crudos que recuerdan a los reflejos del nácar. El patrón del corpiño se inspiró, asimismo, en un ‘dirndl’, el traje tradicional alemán, uniendo de esta manera los dos mundos de la duquesa. Finalmente, su imponente cola de cuatro metros de largo, era desmontable.