Luis Efraín Villa de León, pedagogo y psicólogo: “Necesitamos escuelas donde los alumnos puedan sentirse vistos, no solo evaluados”

Luis Efraín Villa de León, pedagogo y psicólogo: “Necesitamos escuelas donde los alumnos puedan sentirse vistos, no solo evaluados”

Cuando hablamos de educación emocional o de bienestar de niños y adolescentes, nos centramos, la mayoría de las veces, en cómo hacerlo en casa, en cómo criarlos. Sin embargo, la realidad es que una vez que entran en la escuela infantil, es allí donde pasan la mayor parte del día. Y será así durante todos los años en los que estén escolarizados. Por eso es clave buscar ese bienestar también en el centro escolar, como indica Luis Efraín Villa de León, pedagogo y psicólogo experto en inteligencia y educación emocional y creador del modelo EMORES® (Emocionalmente Responsables), centrado precisamente en eso, en la inteligencia emocional. Ahora, en su libro Escuelas emocionalmente responsables (Ed. Desclée De Brouwer), que acaba de publicar, ha adaptado las bases de ese modelo para poderlas aplicar en los colegios o institutos. Hemos hablado con él acerca de cómo lograrlo, teniendo en cuenta la sobrecarga que ya tienen los profesores, y sus respuestas son tan esclarecedoras como útiles.

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¿Cómo debería ser un centro escolar para ser emocionalmente responsable?

Un centro escolar emocionalmente responsable es aquel que habla de emociones y también las habita, integrándolas en su cultura diaria. Es una escuela donde el respeto es una práctica constante. Es aquella donde el profesorado trata con respeto y dignidad al alumno, pero también a los padres de familia y entre ellos mismos. Porque la educación emocional no puede enseñarse en un ambiente donde el adulto pierde la compostura, descalifica o compite internamente. La coherencia institucional es el verdadero currículo invisible.

Una escuela emocionalmente responsable entiende que el rendimiento académico no está separado del bienestar emocional. Cuando un alumno se siente visto, escuchado y seguro, aprende mejor. Y cuando los padres se sienten incluidos y respetados, se convierten en aliados del proceso educativo.

Como afirmo en Escuelas Emocionalmente Responsables: “La Inteligencia Emocional se transmite a través del ejemplo.” (Capítulo: El rol del educador emocional). No se trata de crear escuelas perfectas, sino escuelas conscientes: conscientes de que cada palabra, cada reacción y cada decisión educa.

Hoy el mundo necesita alumnos competentes en ciencias y tecnología, pero también capaces de desarrollar sus destrezas deportivas y talentos artísticos; formados en letras y pensamiento crítico, y al mismo tiempo capaces de sostener conversaciones sanas y relacionarse de manera equilibrada tanto intrapersonal como interpersonalmente. Una escuela emocionalmente responsable es, en síntesis, aquella que forma personas responsables, empáticas y compasivas, sin descuidar la excelencia académica.

La educación emocional no puede enseñarse en un ambiente donde el adulto pierde la compostura.

Luis Efraín Villa de León, pedagogo y psicólogo experto en inteligencia y educación emocional

En el libro señala que una de las metacompetencias que los alumnos deberían desarrollar es la de la interdependencia, la capacidad para relacionarse de manera efectiva con los demás. ¿Cómo se debería fomentar en el colegio o en el instituto?

La interdependencia se fortalece en la experiencia cotidiana; por ejemplo, no basta con pedir un trabajo en equipo, es necesario acompañar el proceso relacional que ocurre dentro de ese equipo.

Las actividades grupales ofrecen una gran oportunidad pedagógica cuando el docente observa cómo se hablan los alumnos, cómo se escuchan, cómo se respetan, cómo toleran las diferencias, cómo expresan desacuerdos y cómo llegan a acuerdos. En esos momentos se está formando una competencia clave para la vida.

El profesorado no tiene que convertirse en juez del comportamiento, sino en un observador consciente que, al finalizar la actividad, pueda ofrecer retroalimentación constructiva: qué dinámicas favorecieron la colaboración, qué tensiones aparecieron y qué habilidades pueden seguir desarrollando. Esto transforma una tarea académica en un espacio de aprendizaje emocional.

Fomentar la interdependencia significa ofrecer a los alumnos herramientas para convivir, cooperar y resolver diferencias de manera sana, algo que necesitarán tanto como cualquier conocimiento académico.

¿Cómo ayudar en este sentido a los niños que son más tímidos o que presentan dificultades para socializar?

Lo primero es evitar etiquetar de inmediato la timidez como un problema. En muchos casos, la introversión puede formar parte del estilo natural de personalidad del niño. Eso no significa ignorar posibles dificultades, sino distinguir entre un rasgo temperamental y una situación que realmente genere sufrimiento o aislamiento doloroso.

Algunos niños prefieren momentos de soledad porque ahí se sienten a salvo o porque disfrutan más su propio espacio. Antes de intervenir, conviene comprender qué necesidad están cubriendo con esa conducta: ¿seguridad?, ¿tranquilidad?, ¿control?, ¿recuperación emocional?

Ayudar implica entonces ampliar, no sustituir. No se trata de obligar al niño a ser más extrovertido, sino de mostrarle gradualmente los beneficios de la interacción: conocer personas, ganar amigos, compartir intereses, aprender a colaborar. Es, en cierto sentido, ayudarle a “cambiar” algunos momentos de aislamiento por experiencias de convivencia segura, manteniendo siempre espacios personales que también necesita.

En la práctica escolar esto puede trabajarse mediante interacciones progresivas —primero en parejas, luego en pequeños grupos—, asignando roles claros y ofreciendo acompañamiento del docente como observador sensible del proceso relacional.

También es fundamental psicoeducar al grupo. Cuando los alumnos comprenden que existen distintos estilos de personalidad —más introvertidos o más extrovertidos— y que ambos son válidos, disminuyen las etiquetas. No se trata de dividir entre “sociales” y “antisociales”, sino de entender que todos podemos aprender a interactuar mejor cuando el entorno es seguro y empático.

Ayudar, en definitiva, no significa cambiar la esencia del niño, sino ampliar su repertorio relacional para que pueda sentirse competente tanto en la soledad como en la convivencia.

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La realidad es que, en la mayoría de los casos, pesa más el currículo, la materia que los alumnos deben aprender, que el bienestar emocional. Sabiendo la presión académica y laboral al profesorado para llegar a todo, ¿cómo compaginar ambas necesidades? ¿Qué debería cambiar al respecto?

Es cierto que en muchos centros educativos el currículo académico ocupa la mayor parte del tiempo y de la presión institucional. Sin embargo, no se trata de elegir entre contenido y bienestar emocional, sino de comprender que uno potencia al otro. Un alumno emocionalmente desregulado difícilmente aprenderá con profundidad. Por eso, más que añadir una nueva carga al profesorado, se trata de integrar la dimensión emocional dentro de lo que ya se hace. La gestión emocional no es una materia adicional; es una forma de enseñar.

Quizás suena exigente, pero el profesorado, sin abandonar su tarea de ayudar a aprender, necesita migrar progresivamente hacia un papel más amplio: gestor emocional, mentor, facilitador del aprendizaje y del desarrollo humano. En la introducción de Escuelas Emocionalmente Responsables señalo que uno de los grandes retos actuales de la educación es comprender que formar implica atender tanto el conocimiento como la persona que aprende.

¿Qué debería cambiar? Primero, la mirada institucional. Las políticas educativas tendrían que reconocer formalmente la educación emocional como parte del currículo, no como un añadido opcional. Segundo, ofrecer formación y herramientas prácticas al profesorado para que pueda integrar la gestión emocional sin sentirse sobrecargado. Y tercero, fomentar culturas escolares donde el bienestar del docente también sea considerado.

No se trata de pedir más al profesor, sino de redefinir el sentido de su labor: enseñar contenidos y, al mismo tiempo, formar personas capaces de sostenerse emocionalmente en un mundo complejo.

Niños felices en el colegio© Getty Images

Se da por hecho que los niños, solo por ser niños, son felices y están bien, pero cada vez hay más depresión y ansiedad infantil y, en no pocas ocasiones, el centro escolar o bien es el origen del sufrimiento o bien lo alimenta. ¿Cómo frenar esto?

Es comprensible que durante mucho tiempo hayamos pensado que la infancia es una etapa naturalmente feliz. Pero los niños también viven presión, miedo al rechazo, comparación constante, conflictos familiares o escolares, y muchas veces no saben cómo expresarlo.

Cuando un centro escolar prioriza únicamente el rendimiento, la competencia o la disciplina sin espacios de escucha, puede, sin intención, convertirse en un lugar que intensifique el malestar. Pero también puede ser todo lo contrario: un entorno protector donde el niño encuentre seguridad y acompañamiento.

Frenar el aumento de ansiedad y depresión infantil empieza por reconocer que el bienestar emocional no es un añadido, es una base. Necesitamos escuelas donde los alumnos puedan sentirse vistos, no solo evaluados; escuchados, no solo corregidos. Implica formar al profesorado en habilidades básicas de detección temprana y contención emocional, promover culturas de respeto real entre alumnos y eliminar prácticas que fomenten la humillación o la comparación.

En Escuelas Emocionalmente Responsables planteo que educar emocionalmente es una forma de prevención. Cuando enseñamos a los niños a identificar lo que sienten y a pedir ayuda, estamos reduciendo el riesgo de que el sufrimiento se silencie. La escuela no tiene que ser un consultorio, pero sí puede ser un lugar donde aprender no signifique soportar en soledad.

Cuando un alumno se siente visto, escuchado y seguro, aprende mejor.

Luis Efraín Villa de León, pedagogo y psicólogo experto en inteligencia y educación emocional

¿Una buena educación emocional en el aula podría prevenir más casos de bullying?

Sí, una educación emocional bien implementada puede contribuir de manera significativa a prevenir casos de bullying. No porque elimine automáticamente el conflicto, sino porque transforma la cultura que lo permite. El bullying no surge únicamente de la agresión individual; prospera cuando el grupo normaliza la humillación, el silencio o la indiferencia. Por eso, en Escuelas Emocionalmente Responsables, cuando hablo del trabajo en valores, me refiero a algo más que conceptos declarativos. Valores como respeto, empatía, responsabilidad e interdependencia deben practicarse de manera cotidiana y visible.

Una escuela que educa emocionalmente trabaja al menos en tres niveles preventivos: primero, fortalece la autoestima y la autorregulación, reduciendo la necesidad de imponerse mediante la agresión; segundo, desarrolla la empatía y la conciencia del impacto de las propias acciones: cuando un alumno comprende el daño emocional que puede causar, disminuye la probabilidad de ejercerlo; tercero, empodera a los observadores: muchos casos de bullying se sostienen por el silencio del grupo. Educar emocionalmente implica enseñar a intervenir de forma segura, pedir ayuda y no convertirse en cómplice pasivo.

También es importante que el profesorado conozca indicadores tempranos de posible acoso: cambios bruscos de conducta, aislamiento repentino, miedo a asistir a clases, disminución del rendimiento académico, somatizaciones frecuentes, pérdida de objetos personales o expresiones de baja autoestima. Detectar a tiempo permite intervenir antes de que la situación se cronifique.

A esto se suman estrategias concretas: protocolos claros de actuación, espacios de diálogo restaurativo, seguimiento individual y coordinación con las familias.

Escuelas emocionalmente responsables, de Luis Efraín Villa de León© Desclée De Brouwer

¿Cómo debería ser la educación emocional en casa?

La educación emocional en casa no consiste en largas conversaciones teóricas sobre sentimientos, sino en la forma en que los adultos gestionan los propios. Los hijos aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice. Si en casa los conflictos se resuelven con gritos, silencios prolongados o descalificaciones, ese será el modelo que interioricen. Si se resuelven con diálogo, límites claros y reparación cuando hay errores, ese será el aprendizaje.

Educar emocionalmente en casa implica varias prácticas sencillas pero profundas:

  • Primero, validar la emoción sin validar necesariamente la conducta. Un niño puede estar enojado, pero no puede agredir. Separar emoción de comportamiento es clave.
  • Segundo, enseñar a nombrar lo que se siente. Cuando el niño amplía su vocabulario emocional, amplía también su capacidad de autorregulación.
  • Tercero, establecer límites coherentes y predecibles. La seguridad emocional también se construye con estructura.
  • Cuarto, modelar responsabilidad. Si un adulto se equivoca y sabe pedir disculpas, está enseñando más que cualquier discurso.
  • Y algo esencial: no sobreproteger ni resolver todo por el hijo. La frustración, en dosis saludables, es parte del desarrollo. Lo importante es acompañar sin anular la experiencia.

La educación emocional en casa no busca criar hijos perfectos, sino personas capaces de comprenderse, regularse y relacionarse con respeto.

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¿Cómo cambia o cómo debería cambiar la educación emocional en la infancia cuando el niño llega a la adolescencia?

Sí cambia, y cambia de manera significativa. En la infancia, la educación emocional se centra principalmente en identificar emociones, aprender a nombrarlas y comenzar a regularlas con ayuda del adulto. Es una etapa de acompañamiento cercano y estructura clara.

En la adolescencia, el foco se desplaza hacia la construcción de identidad, la autonomía y la toma de decisiones. El adolescente ya no solo necesita aprender qué siente, sino comprender cómo lo que siente influye en sus elecciones, en sus relaciones y en su proyecto de vida.

También cambia el rol del adulto. En la infancia el adulto guía y contiene de manera más directa; en la adolescencia debe transformarse en un referente confiable, capaz de dialogar, escuchar y sostener límites sin invadir. El exceso de control genera distancia; la ausencia de límites genera desorientación. El equilibrio es clave. Además, en esta etapa se vuelve esencial trabajar temas como presión de grupo, relaciones afectivas, uso responsable de redes sociales, manejo de frustración y construcción de criterio propio.

Podríamos decir que, si en la infancia enseñamos a reconocer emociones, en la adolescencia enseñamos a integrar esas emociones en decisiones responsables. La educación emocional no se reemplaza; madura junto con la persona.