Sabino Guisu: creación y renovación

Sabino Guisu: creación y renovación

El hombre, dice Sabino Guisu (Juchitán, 1986), no puede regenerar su materia física, pero sí su forma de concebirse. El ajolote, en cambio, es capaz de reconstituirse físicamente. Ese increíble fenómeno del pequeño anfibio endémico de la cuenca de México es para el artista la metáfora perfecta sobre cierta necesidad del ser humano: “Nosotros sí podemos regenerar el tejido de la conciencia que llevamos dentro, que está más allá de la mente, en el corazón”.

El ajolote ha estado en el centro de la reflexión plástica, poética y cosmológica que el juchiteco ha llevado a cabo en el último lustro y que, como el mismo anfibio, continúa evolucionando. Con motivo de la Semana del Arte, Guisu exhibe “Axolotl Creation”, una selección de pintura, textil, escultura, instalación y cerámica de gran formato, centrada en los temas de creación y renovación, que monta en Maia Contemporary. 

“Se trata de piezas que acompañan y armonizan el contexto de los ajolotes”, explica. La primera aproximación fue una pareja de anfibios humanoides, a la manera de los art toys, de 3.2 metros de altura; después surgió una hembra gestando en posición de flor de loto con la que el artista busca hablar “de la creación de la vida”. Una tercera pieza se refiere al macho, que también tiene una posición meditativa “inspirado en las figuras asiáticas de la tradición mística hinduista, como Buda o Shiva, haciendo mudras con las manos”.

“El macho es el opuesto y el estómago lo tiene completamente retraído hacia dentro en forma de espiral, porque el eje central de la exposición es el espiral, el arquetipo más antiguo y universal por excelencia. Se puede decir que ha existido en todas las partes del mundo, desde la antigüedad, en el arte rupestre y aquí, donde tenemos la greca escalonada, en una versión más sofisticada”. 

Como en toda su obra, Sabino Guisu ha retomado además una tradición familiar, la de alfareros zapotecos (diidxa “lengua nube”). Presenta su primera serie de cerámica, “Altépetl” (“cerro de agua” en náhuatl), nombrada así en alusión a esos espacios comunitarios habitables prehispánicos donde las comunidades florecían. “Mis tíos, bisabuelos se dedicaron a la alfarería. Mi abuelo fue el último que aún se dedicó a ese oficio y cuando era niño íbamos a los talleres y hubo una transmisión directa”.

La alfarería, sin embargo, quedó de lado: “Nunca me había atrevido con la cerámica, pero hace un año exactamente me invitaron a un taller en Suchilquitongo, cerca de Huitzo, llegue con un poco de inseguridad, miedo, pero fue, literal, como cuando uno anda en bicicleta y no se te olvida. Me di cuenta que no se me había olvidado la manipulación del barro y creo que ha sido de las pocas veces que me he sentido tan cómodo y feliz trabajando solo en un taller, horas y horas, días y días, con el apoyo del maestro Honorio Cruz”.

“Nunca había hecho cerámica, es la primera vez, pero la hago monumental. Es una serie que tiene unas formas como totémicas, medio africanas, mexicanas, que tiene un simbolismo marcado, inspirado en los altépetl, que tenían un significado más profundo, mas allá de una ubicación geográfica donde habitaban muchos pueblos de México, muchos pueblos se fundaban en estos lugares”, explica. 

PAL