Sin freno, Trump cumple un año de su segundo mandato
A un año de su retorno a la Casa Blanca, Donald Trump ha dejado claro que su segundo mandato no busca continuidad, sino ruptura. Con 80 años casi encima, el presidente estadounidense actúa con una determinación que desborda procedimientos, alianzas y normas que definieron el orden internacional posterior a 1945.
Desde enero de 2025, su gobierno ha impulsado acciones militares, amenazas directas y retiradas abruptas de organismos multilaterales, moviendo el eje de la política global hacia una lógica centrada en la fuerza y el interés inmediato.
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Escalada militar y estrategia de Trump
El arranque de 2026 reafirmó un patrón ya definido: el líder conservador de EU se ha
convertido en el eje casi exclusivo de la política exterior estadounidense. El 3 de enero
ordenó una incursión en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro, con más de cien
muertos, seguida de amenazas contra Irán y de renovadas presiones para anexionar
Groenlandia, pese a tratarse de un territorio vinculado a un aliado de la OTAN.
También insiste en plantear acciones militares en México y Colombia, antes de moderar el tono tras contactos diplomáticos.
Respaldada por asesores como Stephen Miller, esta estrategia abandona las formas tradicionales de la diplomacia y privilegia el uso abierto de la fuerza. Analistas internacionales subrayan que la ruptura no radica en la presión de Washington, sino en la renuncia explícita a justificarla en nombre de principios democráticos.

La presidencia personalizada
En el ámbito interno, el magnate ejerce el poder con la misma lógica disruptiva. Desde su primera mañana en el Despacho Oval en 2025 —cuando indultó a cientos de participantes en el asalto al Capitolio de 2021— el presidente ha gobernado por decreto, ha perseguido adversarios políticos y ha respondido a crisis con despliegues reforzados de seguridad,
como ocurrió en Mineápolis tras la muerte de una mujer a manos de un agente del ICE.
El republicano también ha dado un giro personalista a la institución presidencial. Mandó construir un fastuoso salón de baile de 400 millones de dólares y ha promovido una
narrativa en la que su visión y su “propia moral”, como declaró al New York Times,
funcionan como único límite.
Entre la adhesión y el cansancio
Mientras en el exterior domina la agenda con acciones de alto impacto, en casa enfrenta un desgaste creciente. Encuestas recientes sitúan su aprobación en 36%, muy por debajo del nivel con el que inició su mandato. En estados clave como Pensilvania, votantes que lo apoyaron por expectativas económicas muestran desencanto ante el costo de vida y la falta de resultados tangibles.
Sin embargo, persiste un núcleo conservador que respalda sus decisiones aunque no
admire al líder. Para estos votantes, el rumbo del país importa más que el estilo del
presidente.
Un 2026 decisivo
Las elecciones legislativas de noviembre podrían convertirse en el primer verdadero freno al segundo mandato del magnate republicano. Si los republicanos pierden la Cámara de
Representantes, enfrentará mayores límites a sus decretos y a su política comercial, y será
clave observar cómo reaccionaría ante un revés electoral.
Al mismo tiempo, su atención sigue concentrada en frentes externos —de Venezuela e Irán a Groenlandia, Ucrania y Gaza— más que en las presiones económicas internas, un
desequilibrio con evidente costo político.
Tras doce meses en el poder, el jefe de la Casa Blanca ha alterado el tablero global y las
propias instituciones de Estados Unidos. Falta saber si su impulso continuará o si 2026
marcará el inicio de nuevos contrapesos a una presidencia fuertemente personalista.