Una Frederiksen debilitada prefiere el centro frente a la izquierda para gobernar Dinamarca: "No se trata de rojo o azul, sino del futuro"
El dilema que se le presentará a Mette Frederiksen tras las elecciones de este martes en Dinamarca parece un lujo al que pocos políticos pueden aspirar. Aunque muy lejos de la mayoría absoluta, los sondeos auguran una clara victoria socialdemócrata, con lo que la primera ministra podrá elegir entre formar un Gobierno de coalición con la izquierda o uno transversal con el centroderecha, que es la configuración del Ejecutivo tripartito actual y la opción que ella prefiere.
No obstante, las encuestas indican también que los socialdemócratas obtendrán su peor resultado en más de 100 años. Frederiksen, por tanto, vería su posición muy debilitada de cara a las negociaciones con potenciales aliados y quizá también dentro de su propio partido, aunque, en este aspecto, su futuro a largo plazo parece apuntar más hacia un cargo internacional de prestigio, dada la buena reputación de que goza en la escena política global.
La primera ministra adelantó unos meses las elecciones tras la crisis sobre Groenlandia provocada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. El respaldo de la población a la firme gestión de Frederiksen supuso que, por primera vez en mucho tiempo, los socialdemócratas se movieran en los sondeos en torno al 23,5% del voto. Nada muy espectacular, pero desde luego mejor que el desolador 19,2% marcado a finales de 2025. Cabe destacar que, en las legislativas de 2022, obtuvieron un 27,5%, que ya entonces fue el peor resultado en más de un siglo.
El impulso de la crisis groenlandesa, sin embargo, se ha desinflado con rapidez. La media de las últimos encuestas deja al partido de Frederiksen en un decepcionante 20%. Muy por debajo de su resultado de 2022, aunque todavía muy por encima del 12,6% de su más inmediato seguidor, el Partido Popular Socialista (SF), situado más a la izquierda, aunque tampoco demasiado.
Que los socialdemócratas batan récords negativos casi cada vez que se celebran nuevas elecciones en los últimos lustros se debe en gran parte a que el contexto político danés ha cambiado mucho. Más partidos, más fragmentación y más oferta microdiseñada para grupos específicos de electores. Aún así, la pérdida de apoyo sufrida por Frederiksen se debe sobre todo al escepticismo de muchos votantes, especialmente de izquierda, ante un Ejecutivo como el actual, formado por los socialdemócratas con quienes normalmente son sus principales adversarios, los liberales, y con una escisión reciente de estos últimos, los moderados.
"El extraño Gobierno", lo llaman. Frederiksen insiste, pese a todo, en que su opción preferida sigue siendo una coalición transversal. "El próximo Gobierno debe ser capaz de establecer una cooperación amplia", ha declarado. "Para mí es muy importante -por supuesto, dada la experiencia de algunas situaciones bastante críticas- que un Gobierno sea muy capaz de maniobrar en distintas direcciones. ¿Puede hacerlo un Gobierno de izquierda? Quizá".
En Dinamarca, a la izquierda se la conoce tradicionalmente como el bloque rojo y a la derecha, como el azul. Uno de los eslóganes de campaña de los socialdemócratas no deja lugar a dudas sobre la orientación que pretende su líder: "No se trata de rojo o azul, se trata de tu futuro". La propia Frederiksen lo ha dejado meridianamente claro: "No entiendo porque algunos tienen tanto interés en mantener la política de bloques".
"Mi mensaje es claro y transparente", ha señalado. "Para formar una coalición gubernamental tengo dos condiciones innegociables: mantener nuestra estricta política de inmigración y aumentar el gasto de Defensa para reforzar nuestra seguridad. Cuando me convertí en primera ministra en 2022, gastábamos el 1,3% de nuestro PIB en Defensa. Ahora gastamos el 3,5%. Y estoy dispuesta a gastar todavía más si resultase necesario".
En este sentido, pese a que teóricamente son correligionarios, la primera ministra danesa se encuentra en las antípodas del presidente español, Pedro Sánchez. Frederiksen ha endurecido aún más una política de inmigración que ya desde principios de este siglo se ha distinguido reiteradamente como una de las más restrictivas de la UE. Ha aumentado para 2026 el gasto en Defensa al 3,5% del PIB, nueve años antes del plazo establecido por la OTAN para sus miembros (Dinamarca es, proporcionalmente, el país de la Alianza que más apoyo militar brinda a Ucrania desde el plano económico). Finalmente, ha aceptado la invitación de Francia a participar en la ampliación para Europa de su programa estratégico de disuasión nuclear, anunciada por el presidente Emmanuel Macron a principios de este mes.
No es ningún secreto que Frederiksen considera que el resto de formaciones de izquierdas serían socios incómodos para llevar a cabo sus políticas predilectas e intocables. No le resulta innegociable, en cambio, su propia propuesta de introducir un impuesto a las grandes fortunas, elogiada por la izquierda, pero que ha suscitado fuertes críticas entre el empresariado danés.
"En una democracia, la mayoría de las cosas siempre están sujetas a negociación", ha explicado la primera ministra. "En otros elementos concretos no soy inflexible, aunque me importa que la dirección sea la correcta. Y el impuesto sobre las grandes fortunas tiene la ventaja de que corta la parte más alta de una desigualdad que en nuestra sociedad ha crecido demasiado".
Sólo una mayoría de la derecha, difícil pero no imposible, impediría que Frederiksen siga al frente del Gobierno. El problema aquí es que el muy fragmentado bloque azul, lastrado por enemistades personales y vetos mutuos, logre ponerse de acuerdo sobre quién debe ser primer ministro. Según las encuestas, Alianza Liberal (LA, ultraliberal), dirigida por el carismático Alex Vanopslagh, a quien no parece haber afectado su reciente confesión de que consumió cocaína "un par de veces" poco después de ser nombrado líder del partido en 2019, sería la formación más votada con un 11%.
Un resultado así lo convertiría en el candidato obvio, pero el nada carismático Troels Lund Poulsen, ministro de Defensa y líder de los liberales -los clásicos-, sostiene que la mayoría de los partidos del centroderecha lo prefieren a él. Su problema es que los sondeos sólo le otorgan un pobre 8,6%, lo que complica sus ambiciones.
Quedaría incluso por detrás del antiinmigración Partido Popular Danés (DF), del incombustible Morten Messerschmidt, que, tras unos años de travesía del desierto, después de que el resto de formaciones se apropiara de muchas de sus propuestas, podría ascender hasta el 9,5%, a caballo de su nueva exigencia de que "salgan de Dinamarca más musulmanes de los que entran".