Una patada al cañón

Una patada al cañón

Sol Salama (Madrid, 1986) se convirtió en editora casi por necesidad. Hacía poco que su padre había fallecido y ella estaba cansada de sentir la barrera invisible que se imponía sobre las mujeres. “Venía del mundo de la fotografía, y estaba muy desalentada, muy alicaída de ese mundo, porque en ese momento sentí que había un techo de cristal encima de nosotras, las chicas, completamente intraspasable”.

“No ganábamos los concursos nunca, ni las subvenciones, ni nada, en parte porque ya no nos presentábamos ni siquiera, sabíamos que no las íbamos a ganar, era una pescadilla que se mordía la cola muy frustrante, muy dura”. Fue entonces que buscó otro sentido a su vida e irrumpió, literalmente, en el mundo editorial. Sin ambages, frontalmente y con una declarada posición política.

Ella lo llama “dar una patada al canon”, pero en cuanto nació Editorial Tránsito, en 2018, cobró sentido “intentar mandar un mensaje”, un grito que había germinado en la indignación. Sin ser, en ningún momento, una editorial que publica libros para mujeres sí quiso formar un catálogo de literatura hecha exclusivamente por ellas.  

“Dejé la foto y en verdad tenía sentido, porque a mí lo que más me mueve y lo que más me ha movido desde chica son los libros, la literatura, entonces tenía sentido que dejara la foto y que me atreviese por fin a montar lo que yo quería. Al principio iba a ser una librería y luego con el tiempo tomó la forma de una editorial. Por mi experiencia y mi sensación de disgusto, casi ni lo tuve que pensar”, cuenta.

¿Era necesario un sello exclusivamente feminista?

Me había situado en ese lugar en el que tenía todo el sentido para mí hacer un gesto político con el proyecto. Al principio pensaba que es una cosa pequeña, que no va a cambiar nada en el mundo, pero todo lo pequeño que es político se convierte en algo simbólico y universal, que inspira a otras editoriales, que inspira a mucha gente, con el que las lectoras, los lectores, se sienten identificados. Yo creo que todo lo pequeño, simbólico, tiene mucha repercusión y mucho sentido. Esto partió de un gesto político que venía de una historia personal y de una frustración personal del mundo de la foto, y no podía ser de otra manera.

Llevaba mucho tiempo de frustración acumulado, desde la adolescencia, como todas las mujeres de mi generación, que, a la hora de acercarnos a los catálogos de referencia, era al revés todo, había un porcentaje muy bajito de mujeres y muchos hombres en las listas, en los premios, en el catálogo.

¿Cuáles son las historias que te interesan?

Efectivamente, sí, mujeres, pero no tiene nada que ver con las historias, que no se entienda que es una editorial para que la lean las mujeres, porque lo que publicamos en Tránsito es narrativa, sobre todo ficción, aunque hay algunos títulos que también se van hacia la no ficción, pero sobre todo es narrativa de ficción, literatura contemporánea, de calidad para todos los públicos.

El gesto político está en la editora, pero lo que une todo, el espíritu de la editorial es mi mirada, me gusta mucho llamarla literatura salvaje, es una literatura de carácter fuerte. Empecé la editorial con “La azotea” de Fernanda Trías, ahí como que siento las bases y mando un mensaje: no va a ser nunca una literatura complaciente, ni una literatura fácil, ni una literatura suave, no, es todo lo contrario, son libros que a menudo meten el dedo en la llaga de las heridas, que ahora mismo nos unen a todas en este mundo: las violencias, la desigualdad social, el dinero, la desestabilidad mental.

Es literatura muchas veces incómoda, incluso desde el artefacto literario, muy experimental, me interesan no solo las historias sino también el artefacto literario, que desde el lenguaje haya una propuesta única, fresca, diferente, como por ejemplo el libro de Eugenia Ladra, “Carnada”.

UNA MANERA DE ESTAR EN EL MUNDO

El catálogo de Tránsito ya alcanza unos 60 títulos, publica unas diez novedades al año, y en España tiene a las mexicanas Cristina Rivera Garza con “La cresta de Ilión”, a Jazmina Barrera con “Punto de cruz”, a Sylvia Aguilar Zéleny con “Basura” y a Josefina Vicens con “El libro vacío” y “Los años falsos”.

Pero la propuesta es global y tiene autoras italianas como Alda Merini y Carmen Verde, chilenas como Arelis Uribe, belgas como Caroline Lamarche y Chantal Akerman, francesas como Claire Legendre y Nina Bouraoui, estadounidenses como Lucille Clifton, Myriam Gruba y Heather Christle, colombianas como Lina María Parra Ochoa, Lorena Salazar Masso y Margarita Robayo, canadienses como Maria Campbell y argentinas como Marina Closs y Paula Vázquez.

Salama dice que la literatura hecha por mujeres no es cuestión de moda, el feminismo “es una actitud, es una manera de estar en el mundo, que se tiene que notar y sentir, pero no tiene que ser una etiqueta, las etiquetas nos impedir crecer, también nos sirve para colocarnos en ciertos lugares, pero me da miedo que nos saque las manos y nos impidan crecer. Lo que publico es literatura contemporánea de calidad y me gusta buscar historias y autoras que trasciendan las fronteras de todo tipo, los géneros, que desde el lenguaje hagan propuestas radicales, pero lo feminista tiene que sentirse en mi proyecto, no es algo que defina los libros”.

¿Qué aporta la literatura frente a la violencia contra las mujeres?

Creo que esta literatura despierta la inquietud y el ánimo de saber y de ser activista, sobre todo en la gente joven. Le dan ganas de escribir a gente que tiene que narrar, porque hay que narrar las historias de violencia, no pueden ser silenciadas, es como dar la mano a la gente para que pare con el silencio y narre. No podemos desde los libros terminar con la violencia, pero creo que nos hace estar más preparadas para enfrentar el mundo, , nos hace estar preparadas, nos da claves para evitar el mundo en el que vivimos, nos hace estar más conectadas, más alertas, más preparadas.  

Por Luis Carlos Sánchez

EEZ