Ana Ramírez, veterinaria: "El riesgo de la oruga procesionaria ya no se limita a unos pocos meses"
Es uno de los momentos más temidos del año para quienes pasean a diario con su perro. Ir con mil ojos ya no es suficiente: cualquier bulto sospechoso en el suelo, una hilera que se mueve o incluso una zona de hierba aparentemente limpia puede convertirse en una alarma. La llegada —cada vez más temprana— de la oruga procesionaria vuelve a poner en alerta a los dueños, especialmente por el grave peligro que supone para los perros.
Según explica Ana Ramírez, directora técnica veterinaria de la clínica Kivet, el riesgo ya no se limita a la primavera. El aumento de las temperaturas y la suavización de los inviernos están adelantando la aparición de la procesionaria, haciendo que los casos se detecten incluso en pleno invierno. Y lo más preocupante: no hace falta que el animal muerda la oruga para sufrir daños graves, ya que los pelos urticantes pueden permanecer en el suelo o en el aire y provocar reacciones severas en minutos.
Una amenaza silenciosa, difícil de detectar a simple vista, que convierte muchos paseos cotidianos en una situación de riesgo si no se sabe qué señales vigilar y cómo actuar con rapidez ante la mínima sospecha.
Muchos dueños creen que la procesionaria solo aparece en primavera. ¿Por qué ya estamos viendo casos y qué factores están adelantando su aparición cada año?
Tradicionalmente, asociábamos la oruga procesionaria al inicio de la primavera, pero en los últimos años estamos observando casos cada vez más tempranos, incluso en pleno invierno. El principal factor es el aumento progresivo de las temperaturas y la suavización de los inviernos. La procesionaria es muy sensible al clima: cuando no hay heladas prolongadas, su ciclo biológico se acelera y las orugas descienden antes de los árboles. A esto se suma la adaptación de la especie a entornos urbanos y periurbanos, donde el efecto “isla de calor” favorece aún más su actividad. Por eso hoy debemos hablar de un riesgo que ya no se limita a unos pocos meses concretos.
¿Es necesario que el perro lama o muerda la oruga para que exista peligro, o basta con inhalar los pelos urticantes que quedan en el suelo o en el aire?
No es necesario el contacto directo con la oruga para que exista peligro. Los pelos urticantes que recubren su cuerpo actúan como diminutas agujas cargadas de toxina y pueden desprenderse con facilidad. Estos pelos pueden permanecer en el suelo, en la hierba o incluso ser transportados por el aire. La inhalación o el simple contacto con mucosas —como nariz, ojos o boca— puede desencadenar una reacción grave. Por eso insistimos tanto en que el riesgo no siempre es visible y que el entorno puede seguir siendo peligroso aunque no veamos la oruga.
No es necesario el contacto directo con la oruga para que exista peligro. Los pelos urticantes que recubren su cuerpo actúan como diminutas agujas cargadas de toxina y pueden desprenderse con facilidad.
A veces el contacto no es evidente. ¿Qué señales sutiles —más allá de la inflamación de la lengua— deberían poner al dueño en alerta máxima tras un paseo?
Además de la inflamación lingual, hay signos menos evidentes que deben alertarnos de inmediato. Un aumento repentino de la salivación, sacudidas constantes de la cabeza, frotarse el hocico contra el suelo, inquietud marcada, dolor al tragar o cambios bruscos de comportamiento tras el paseo son señales de alarma. También puede aparecer enrojecimiento en labios, párpados o nariz, e incluso vómitos. Cualquier síntoma agudo y repentino después de estar en zonas con pinos debe considerarse una urgencia veterinaria.
¿Qué parte del cuerpo del perro suele verse afectada primero y por qué la lengua, el hocico o la garganta son tan sensibles a la toxina de la procesionaria?
Las zonas que se afectan con mayor frecuencia son la lengua, el hocico y la cavidad oral, simplemente porque son las primeras en entrar en contacto cuando el perro olfatea o intenta investigar la oruga. Estas áreas tienen una mucosa muy vascularizada y sensible, lo que facilita una absorción rápida de la toxina. En el caso de la lengua, la inflamación puede ser tan intensa que comprometa la circulación del tejido, llegando incluso a provocar necrosis si no se actúa a tiempo.
¿De cuánto tiempo disponemos realmente desde el contacto hasta que los daños pueden volverse graves o irreversibles si no se actúa?
El margen de actuación es muy limitado. En muchos casos, los efectos comienzan en cuestión de minutos. La inflamación progresa rápidamente y el daño tisular puede volverse grave en pocas horas. Cuanto antes se actúe, mayores serán las probabilidades de evitar lesiones permanentes. Retrasar la atención veterinaria puede suponer complicaciones severas, incluida la pérdida de parte de la lengua o problemas respiratorios serios.
Si sospechamos contacto antes de llegar al veterinario, ¿qué se debe hacer exactamente en casa y qué errores comunes —como frotar la zona— pueden empeorar la situación?
Ante la sospecha de contacto, lo primero es evitar manipular la zona con las manos desnudas y, bajo ningún concepto, frotar. Frotar puede romper más pelos urticantes y agravar la lesión. Si es posible, se puede enjuagar suavemente la zona afectada con abundante agua templada, sin presión, para intentar arrastrar los pelos. No se deben usar productos caseros ni administrar medicación sin indicación veterinaria. Y, por supuesto, hay que acudir de inmediato al centro veterinario.
Lo primero es evitar manipular la zona con las manos desnudas y, bajo ningún concepto, frotar. Frotar puede romper más pelos urticantes y agravar la lesión.
¿Es igual de peligrosa una procesionaria viva que una muerta, o incluso restos de pelos que quedan en el suelo días después?
Sí, el peligro es prácticamente el mismo. La toxina se encuentra en los pelos urticantes, no depende de que la oruga esté viva. Incluso restos que quedan en el suelo días o semanas después pueden seguir siendo altamente irritantes. Esto es especialmente importante porque genera una falsa sensación de seguridad cuando ya no vemos movimiento, pero el riesgo persiste.
¿Todos los perros corren el mismo riesgo o hay edades, comportamientos o tipos de perro especialmente expuestos?
Todos los perros pueden verse afectados, pero hay algunos con mayor riesgo. Los jóvenes y curiosos, así como aquellos con un comportamiento explorador que olfatean o tocan todo durante el paseo, son especialmente vulnerables. También los perros que pasean sueltos en zonas naturales o con jardines con pinos. No es tanto una cuestión de raza como de comportamiento y entorno.
¿Existen realmente collares, repelentes o “vacunas” eficaces contra la procesionaria, o la única prevención efectiva sigue siendo la vigilancia durante el paseo?
Hoy en día no existe ninguna vacuna ni producto que proteja de forma eficaz frente a la procesionaria. Algunos repelentes pueden ayudar de forma muy limitada, pero no ofrecen una protección real. La prevención más efectiva sigue siendo la vigilancia activa durante el paseo, evitar zonas de riesgo en épocas críticas y llevar al perro controlado, especialmente en áreas con pinos o cedros.
Hoy en día no existe ninguna vacuna ni producto que proteja de forma eficaz frente a la procesionaria. Algunos repelentes pueden ayudar de forma muy limitada, pero no ofrecen una protección real.
Muchos creen que el peligro está solo en pinares públicos. ¿Qué deben hacer los dueños de viviendas con pinos o cedros en jardines privados para evitar nidos?
En jardines privados es fundamental revisar regularmente los árboles, sobre todo a finales de otoño e invierno, para detectar los nidos a tiempo. La retirada debe realizarla siempre personal especializado, nunca de forma casera, ya que manipular los nidos sin protección es peligroso. Además, existen tratamientos preventivos autorizados que pueden aplicarse en determinadas épocas del año. Mantener el jardín controlado y evitar que el perro acceda a zonas con riesgo es clave para prevenir accidentes.



