Cenprocan, cuna de los guardianes caninos del Ejército
En el Campo Militar de San Miguel de los Jagüeyes, en el Estado de México, hay un lugar donde la disciplina comienza antes del primer ladrido, se trata del Centro de Reproducción Canina del Ejército (CENPROCAN), donde nacen y se forman los perros que algún día custodiarán aeropuertos, recorrerán edificios gubernamentales y buscarán vida entre los escombros.
El centro está bajo la dirección del coronel médico veterinario José Ramón Martínez Sandoval, un especialista con casi veinte años de experiencia, quien señaló a 24 HORAS que cada año, entre estos muros, nacen alrededor de 300 canes de las razas Pastor Belga Malinois y Pastor Alemán. Su temperamento inquieto, su energía constante y su capacidad de concentración los convierten en candidatos naturales para el servicio militar en distintas áreas.
En el proceso de reproducción se sigue un rigor casi quirúrgico, veterinarios observan, miden y esperan el momento exacto para llevar a cabo la monta entre ejemplares seleccionados por sus cualidades. Desde antes de nacer, el destino de estos perros está cuidadosamente trazado.
Cuando la gestación se confirma, las madres reciben una alimentación especial, reforzada con suplementos y multivitamínicos que acompañan el crecimiento de la nueva vida. Días antes del parto, ingresan al área de maternidad, donde el silencio y la vigilancia anuncian al nuevo can que esta por llegar.

Los cachorros pasan sus primeras semanas junto a su madre. Durante dos meses, ese vínculo es también su primer refugio. En ese tiempo completan su esquema de vacunación y se preparan para dar el siguiente paso: el Área de Destete. Ahí, entre hermanos de camada, comienzan a explorar el mundo a través de circuitos con distintas texturas, juegos, mantas y juguetes que despiertan la curiosidad y siembran el instinto de búsqueda, mientras el miedo aprende a no echar raíces.
Aprender a convivir es parte esencial de la formación. Los cachorros se acostumbran a la presencia de otros perros y de personas, porque al final del camino serán entregados a distintas dependencias militares. Ahí continuarán su entrenamiento para convertirse en binomios de búsqueda y rescate, detectores de enervantes o rastreadores de explosivos.
Así, en este rincón del Estado de México, comienza la historia de quienes algún día caminarán al lado del uniforme, atentos, silenciosos y siempre alertas.