Cuando un detalle lo cambia todo: el vestido de novia clásico, con bordados en plata, de Marta Carnicero en su boda con Pepe Michavila
La temporada de bodas ha arrancado oficialmente. El pasado sábado, 14 de marzo, Sevilla se convirtió en el escenario de dos enlaces muy especiales, el de Myriam Gonzalo y Luis Domecq, un 'sí, quiero' al que asistieron Claudia Osborne y Rosario Domecq junto a su marido, 'El Juli', entre otros; y el de Mercedes Olazábal y Solís con Claudio García de Alvear Fernández, que intercambiaron sus alianzas en la Real Maestranza de la capital andaluza. Pero no fueron los únicos. José Michavila, hijo del exministro José María Michavila, contrajo matrimonio con Marta Carnicero Díez-Chellini en la parroquia de San Jorge, de Madrid.
El novio, abogado y economista especializado en derecho deportivo, llegó a la iglesia del brazo de su abuela materna, Esperanza Romero, la madre de Irene Vázquez, que ejerció de madrina y estaba elegantísima con un vestido gris perla y mantilla negra. Poco después lo hizo la novia acompañada por su padre, Ignacio Carnicero. Y fue en ese momento cuando se desveló el secreto mejor guardado de toda boda: su vestido.
Igual que Mercedes Olazábal y Solís, Marta —que es psicóloga experta en adolescentes— confió el diseño de una prenda tan especial a Cristina Martínez Pardo-Cobián, fundadora de Navascués. Este atelier madrileño, uno de los grandes nombres de la moda nupcial en España, destaca por su maestría al trabajar con tejidos de alta calidad, que combinan con bordados delicados, encajes y ricas texturas. Además, a lo largo de los años, ha firmado los vestidos de novia de personalidades como Belén Corsini, Teresa Urquijo, Carmen Gómez-Acebo, Natalia Santos o Ina Morenés; motivos más que suficientes para que muchas novias confíen en su trabajo.
Su vestido, un diseño clásico con aire medieval, tenía manga larga, escote cuadrado y cintura a la vasca, una de las tendencias nupciales más sofisticadas del momento y, sin duda, una de las más favorecedoras. Se trata de un acabado en pico que enmarca la figura, entre la cintura y la cadera, creando un efecto que estiliza el busto. Se da habitualmente en diseños con corsé o cuerpos rígidos, y también en propuestas de dos piezas que permiten este resultado con mayor facilidad. Sus orígenes se remontan a finales del siglo XVIII y al siglo XIX, cuando se popularizó en toda Europa y se adoptó como parte del código de vestimenta victoriano. Se cree que su nombre procede de las primeras influencias de esta estética beben de las campesinas vascas y del sur de Francia.
Pero quizá el detalle más especial está en los bordados en color plata que enmarcan la cintura. Este tipo de trabajos forman parte del universo creativo de Navascués, donde ocupan un lugar destacado y funcionan casi como un lenguaje propio. Y es que, lejos de ser un mero adorno, aportan historia y carácter a cada diseño.
Sobre su peinado, un recogido trenzado, romántico y favorecedor, Marta llevó una tiara bastante sencilla y un velo de tul que caía desde la parte posterior de la cabeza. A la vista quedaban sus pendientes, de tamaño medio, pegados a la oreja y con un marcado aire vintage.
Su ramo, con predominio de flores blancas y bastante verde —tenía eucalipto y esparraguera, entre otras variedades—, estaba atado con una cinta de la Virgen del Pilar con la bandera de España; un gesto cargado de simbolismo que cada vez más novias incorporan, incluyendo medallas en muchas ocasiones.
Una vez convertidos en marido y mujer, José y Marta se trasladaron con sus invitados al Castillo de Viñuelas, donde tuvo lugar la celebración.





