El deseo sin cuerpo
Hay una verdad incómoda que el psicoanálisis descubrió hace más de un siglo:
**no necesitamos que algo exista para desearlo**.
Nos basta con su imagen. Con su promesa. Con la sensación de que podría llenarnos.
La inteligencia artificial acaba de convertir esa verdad en negocio.
Deseamos representaciones, no personas Freud observó algo que parece obvio una vez que alguien lo dice: cuando deseamos a alguien, en realidad deseamos la *imagen* que tenemos de esa persona. No el cuerpo real, con sus olores raros y sus malos días, sino la versión que construimos en nuestra cabeza.
Por eso funcionan las fantasías. Por eso la pornografía. Por eso nos enamoramos de personajes de novelas. El cerebro no exige autenticidad —exige intensidad.
La IA entendió esto mejor que nadie y lo llevó al límite: si lo que deseamos es siempre una construcción mental, ¿para qué necesitamos un cuerpo real de base?
El resultado ya existe y tiene nombre: aplicaciones como Replika o Character.AI, donde millones de personas adultas —no teenagers solitarios, sino gente con trabajo, amigos, familia— mantienen relaciones afectivas y eróticas con entidades que saben perfectamente que no existen. Una mujer documentada en prensa internacional lloró cuando la app actualizó su sistema y su "pareja" cambió de personalidad. No lloraba por una persona. Lloraba por la pérdida de un patrón de respuestas. Y el dolor era completamente real.
El objeto perfecto es el objeto que no existe
Lacan —el psicoanalista francés más influyente del siglo XX— decía que el deseo nunca quiere realmente lo que cree querer. Lo que busca es mantenerse vivo, seguir deseando. Por eso la conquista siempre decepciona un poco: porque lo que disfrutábamos era la tensión, no la llegada.
La IA explota exactamente eso.
Lil Miquela es un perfil de Instagram con tres millones de seguidores. Modela ropa de Prada. Habla de sus emociones. Sus seguidores saben que es un personaje generado por computadora. Y la desean de todas formas —precisamente porque es perfecta de una manera en que ninguna persona real puede serlo. Sin días malos. Sin contradicciones. Sin la posibilidad de que te deje.
Lo mismo ocurre en plataformas donde los usuarios pueden generar imágenes eróticas de personas que nunca han existido, ajustando cada detalle con una precisión que ningún encuentro real podría ofrecer. El resultado no es solo una imagen: es la fantasía interior vuelta visible, sin el filtro imperfecto de la realidad.
Borrar la raza, el género, la clase: ¿libertad o trampa?
Aquí aparece la paradoja más seductora de esta tecnología.
La IA puede generar cuerpos que mezclan razas, disuelven el género, ignoran la clase. Puede producir objetos de deseo que ninguna sociedad anterior hubiera podido imaginar. Parece, en ese sentido, una herramienta de liberación: el deseo finalmente libre de los moldes que el poder le impuso.
Pero hay un problema. Que el objeto pueda ser cualquier cosa no nos hace más libres a nosotros. Al contrario: si el objeto se adapta perfectamente a lo que queremos, dejamos de salir de nosotros mismos. Dejamos de encontrarnos con alguien distinto. Solo nos encontramos con nuestro propio deseo, devuelto en alta definición.
No es liberación. Es el narcisismo más sofisticado que hemos construido.
Lo que se pierde
En psicoanálisis existe un concepto clave: **el Otro**. No otra persona cualquiera, sino esa dimensión de alteridad radical alguien que no puedo controlar, que me sorprende, que me contradice, que me obliga a cambiar para poder quererlo.
La IA elimina al Otro. Lo sustituye por un espejo inteligente que aprende exactamente qué devolvernos.
En Japón existe Hikari Nagi, una cantante virtual generada por IA con miles de fans que pagan membresías, le mandan cartas y celebran su cumpleaños. Saben que no existe. Y sin embargo organizan una parte real de su vida emocional alrededor de ella precisamente porque, a diferencia de una persona real, nunca los va a decepcionar de verdad.
Fromm lo diría sin rodeos: una sociedad que aprende a preferir objetos a personas —aunque esos objetos tengan cara humana— es una sociedad que ha mercantilizado hasta el último rincón de su vida interior.
Lo que la IA no puede fabricar
No hay moraleja fácil aquí. El psicoanálisis no condena el deseo —lo estudia. Pero sí señala algo que vale la pena no olvidar: lo que nos forma como personas no es la satisfacción del deseo, sino su fricción. El momento en que el otro no responde como esperábamos. El momento en que tenemos que ceder, o insistir, o soltar. Ese roce incómodo con alguien que no controlamos es, según Freud y Lacan, lo único que nos obliga a crecer.
La IA puede fabricar deseo sin fricción. Puede sostenerlo indefinidamente, perfeccionarlo, borrar todas sus fronteras históricas.
Lo que no puede fabricar es el encuentro.
Y sin encuentro genuino con otro ser humano —impredecible, inconveniente, irreductiblemente distinto— el deseo no nos hace más plenos.
Nos hace más solos, con mejores imágenes.
POR IGNACIO MADRAZO PIÑA
Ignaciomadrazo@yahoo.com
IG: Ignaciomp1969
MAAZ