El marcador oculto
Toda contienda deportiva es un destilado de mil historias que se entrelazan con un sinfín de casualidades o coincidencias que forjan la aritmética de las acciones y de las omisiones que son la materia prima del destino humano. Por eso, las iteraciones que las contiendas deportivas generan con las emociones de un país son tan coincidentes como divergentes. El deporte es, y será, un microcosmo del espíritu humano, un reflejo de su sociedad o un condensado ideario particular.
Considero -con especulación amateur- que, de este florido repertorio deportivo, quizás el más incendiario, pasional, efervescente y humano es el futbol. Por eso, más allá de que seamos “apasionados” o no del futbol como deporte, seamos practicantes, o espectadores empedernidos o itinerantes, no podemos dejar de reconocer el vibrante géiser sensitivo que brota de las jugadas futboleras y de las historias que las bordean.
No soy experto del futbol, pero su magnetismo humano siempre me ha parecido digno de admirar. Parte de ese catálogo inconmensurable de historias ligadas al futbol, ya sea de forma indirecta o directa, es la creación del equipo de futbol del “Frente de Liberación Nacional de Argelia” en 1958.
Uno de los conflictos geopolíticos más estudiados en la diplomacia es el de la independencia de Argelia. Este proceso de descolonización no sólo fue el punto de inflexión que provocó el retorno de Charles de Gaulle a la Presidencia del Consejo Francés o parte de los detonantes de la demolición de su Cuarta República y la semilla que permitió que germinara la Quinta República, también es el escenario que utilizó al futbol como instrumento diplomático en un conflicto internacional.
En plena guerra de independencia, un grupo de futbolistas argelinos que destacaban y brillaban en la liga profesional -entre ellos Mekhloufi, Zitouni, Kermali- desertaron de sus clubes y, eludiendo a los rígidos servicios de inteligencia franceses, se unieron a la causa independentista argelina.
Los jóvenes argelinos dejaron la fama. Renunciaron al olimpo del deporte profesional. Desterraron de sus ambiciones la comodidad y el reconocimiento individual para unirse a un equipo subversivo que buscaba ganar la presea más importante: identidad nacional y reconocimiento internacional.
La desaparición de estos futbolistas de los reflectores del futbol francés provocó la irritación no solo de las autoridades francesas, sino también de las instancias internacionales del mundo del futbol. Pero ellos consiguieron, jugada tras jugada, partido tras partido, convertirse en embajadores de la unidad e identidad del pueblo argelino ante los países que los recibían.
Su lucha no fue armada, pero sí fue un desafío narrativo y de diplomacia blanda que contribuyó decisivamente al reconocimiento jurídico y soberano de Argelia en los acuerdos de Evian de 1962.
El futbol no solo es alegría, pasión e intensidad: es también un espejo lúdico de los complejos vericuetos del alma humana. Nos dice mucho de nuestra sociedad, no tanto por las batallas que se libran en la cancha, sino por las que se desdibujan en las periferias de los estadios. El futbol es también un termómetro de la efervescencia nacional.
PAL