Este bonobo que jugaba a la comidita demostró que los monos pueden usar su imaginación para fingir

Este bonobo que jugaba a la comidita demostró que los monos pueden usar su imaginación para fingir

Para confirmar que Kanzi podía distinguir realmente lo real de lo imaginario, los científicos pusieron en marcha un segundo experimento: esta vez había un vaso lleno de jugo real delante de Kanzi y otro vacío pero en el que el investigador había fingido verter algo. Cuando se le preguntó cuál de los dos prefería, Kanzi señaló el vaso con el jugo real en el 77.8% de las pruebas. Si hubiera sido incapaz de distinguir, afirman los investigadores, habría elegido al azar y, por tanto, la distribución estadística habría sido diferente. En cambio, demostró la capacidad de discernir entre el objeto físico y el simulado.

Por último, para comprobar que la capacidad de "simular" no estaba ligada a un diseño experimental específico, en un tercer experimento se sustituyó el jugo por uvas imaginarias: el experimentador simuló tomar una uva de un recipiente vacío y colocarla en uno de los dos recipientes transparentes preparados. Una vez más, uno de los recipientes se vació fingiendo, y el 68.9% de las veces Kanzi identificó correctamente la posición de la uva imaginaria.

Más allá del “aquí y ahora”

2Los datos parecen sugerir que los monos pueden concebir mentalmente cosas que no existen", comenta Amalia Bastos, una de las autoras principales del estudio. Kanzi fue capaz de generar una idea de un objeto y al mismo tiempo saber que no es real'.

Es lo que los científicos llaman representaciones secundarias y para los humanos se convierten en algo "natural" de manejar en torno a los dos años. Cuando los niños juegan a beber de vasos vacíos, sus mentes manejan simultáneamente dos modelos del mundo: la representación primaria es la realidad tangible de la taza vacía, mientras que la representación secundaria es la imaginaria, en la que hay un líquido en la taza que se puede beber. Se trata de un proceso que no es nada obvio porque requiere un nivel de elaboración que impide que la ficción influya en la percepción de la realidad. Y Kanzi demostró que lo hace.

Estos resultados, según los autores de la investigación, sugieren que la imaginación no es exclusiva de los seres humanos, sino que es compartida al menos con nuestros parientes más cercanos. La imaginación, por tanto, tendría sus raíces en un pasado muy lejano, apareciendo por primera vez en el potencial cognitivo de un antepasado común hace 6-9 millones de años, lo que atestigua que no es un accesorio sino una función que nos permite realizar acciones vitales como planificar el futuro, hacer predicciones sobre lo que piensan otros individuos o evaluar posibles alternativas. Vivir, en definitiva, más allá del aquí y ahora.

Según Christopher Krupenye, de Johns Hopkins, se trata de uno de los descubrimientos más significativos en psicología comparada desde que Jane Goodall observara por primera vez a los chimpancés construyendo herramientas. Pruebas que, argumenta, conducen a un cambio en la definición de lo que significa ser humano, de la frontera entre "nosotros" y "ellos".

El fin de una era

Kanzi murió el 18 de marzo de 2025, a la edad de 44 años, posiblemente a consecuencia de un problema cardíaco para el que estaba siendo tratado. Sus últimas horas fueron tranquilas, el personal de la Iniciativa para la Cognición y Conservación de los Simios. Se quedó dormido sin recobrar el conocimiento durante una sesión de acicalamiento, la actividad que realizan los primates para fortalecer las relaciones sociales. Si su existencia nos ha impulsado a ver a los animales bajo una luz diferente (ya no son seres robóticos atados al presente, explica Krupenye, sino criaturas con mentes bellas y complejas, que merecen ser protegidas y respetadas), su desaparición ha sido calificada por los expertos como el fin de una era, la de cierto tipo de investigación en cautividad, cada vez más discutida por razones éticas y frente a la que ahora se prefiere la observación en el hábitat natural.

Artículo originalmente publicado en WIRED Italia. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.